Lo Verde empieza en los Pirineos


A menudo se ve a la ecología y al ecologismo como un incordio. Desde los años 70, en el mundo en general se advertía de que nuestro papel como parásitos externos al medio del que nos alimentamos y no como animales adaptados a los recursos de dicho medio nos llevaba a una catástrofe de consecuencias más devastadoras, imprevisibles y apocalípticas que la propia carrera armamentística nuclear. A quienes sostenían esta opinión, se les presentaba en España como el rescoldo de la cultura hippy, que pretendía volver a las cavernas y apartarnos de nuestras queridas y recién estrenadas hamburgueserías, de nuestros nuevos y rutilantes hipermercados, de nuestros –por fin, coches europeos de marcas antes desconocidas…

No importaba nada que los informes que avalaban estas opiniones procediesen de cátedras y departamentos de las mejores universidades del mundo. Tampoco que quienes hacían estas advertencias no fueran –o no se destacaran por ser—drogadictos, melenudos o gentes de mal vivir, sino investigadores e investigadoras reputadas y que ya empezaban a construir y verificar hipótesis muy pesimistas si nuestro grado de consumo de materias primas y elaboradas seguía sin freno alguno.

Esa imagen quedó abolida en la Europa esa que veíamos con ojos de Alfredo Landa, mientras en Europa, mucho más acostumbrada a escuchar a personas procedentes de la ciencia y el pensamiento, empezaron a darse cuenta de que aquello era más serio que la espiritualidad de Pangea y el proteccionismo de especies animales y vegetales. En España, mientras tanto, acabamos hartas y hartos de que todos los documentales sobre animalillos o plantas terminasen diciendo que ésta o aquélla especie estaban en peligro de extinción. Nos enervaba que ninguna historia contada en los documentales tuviera un futuro feliz. Apagábamos la tele o los oídos y a otra cosa. Como con el hambre en el mundo: como no podemos hacer nada, ¿para qué me dan la barrila?

Después, con las reconversiones de los 80 (hechas por ese obediente PSOE que aún se está limpiando la ropa interior después de aflojar el esfínter el 23-F), los ecologistas incordiaban la creación de puestos de trabajo impidiendo explotaciones mineras a cielo abierto –mucho más baratas—o haciendo que una autovía o una línea férrea tuviera veinte kilómetros más de recorrido para permitir que el jabalí, el oso, o cualquier bicho menos importante que el ser humano, tuviera una última oportunidad de sobrevivir en un medio restringido, escaso, agonizante.

Ocurrió Chernóbil. En Europa, los últimos reductos de personas que consideraban el “no, gracias” como una cantinela repelente y obsoleta, supieron que era probable más de la mitad de la población centroeuropea estuviese condenada a morir de cáncer durante al menos un par de generaciones. La maldita nube hizo visible, no sólo el peligro nuclear, sino que hizo de las y los políticos verdes personas a quienes había que escuchar. Sus advertencias ya no eran hipótesis indemostrables, ni se manifestaban desde un estúpido y obsoleto inmovilismo. Afortunadamente para las y los habitantes de España (excepto en parte de Catalunya y Baleares), desgraciadamente para nuestra conciencia ecologista, la nube se detuvo en los Pirineos. Y con ella la comprensión y la conciencia de que había que, al menos, escuchar a esos bichos raros e incordiantes que nos amargaban los documentales, las reconversiones y hasta las vacaciones en lugares remotos donde aún se podían tirar basuras sin que nadie te dijera nada.

Ahora estamos en que lo ecológico es un barniz. La guinda de un programa electoral, de un discurso neoliberal (que, por definición es depredador, carroñero, parasitario, vírico), de cualquier acción u obra pública,… o el obstáculo a una urbanización, a un centro de recreo para depredadores, a un aeropuerto donde sólo aterrizan las caspas del bigotillo fino y las gafas de sol pinochetianas. La ecología, como la astrofísica a largo plazo –que viene a ser lo mismo—en España es una mezcla de chica guapa y aguafiestas (cámbiese el género cuando proceda).

Por eso no se entiende, ni desde las derechas cavernícolas ni desde las izquierdas decimonónicas, que eQuo exista ni deba existir. No se entiende que la gente que busca una manera nueva, creativa y sostenible de acomodarnos a lo que tenemos, de vivir con equidad, templanza y solidaridad, venga a eQuo –o piense votar a eQuo—sin pedir primero el carné de si eQuo es de izquierda o de derecha, si somos chicha o limoná. Desde nuestros parientes más cercanos no sólo somos un incordio, sino que hemos venido a dividir a la familia (que, como todo el mundo sabe, estaba muy bien avenida antes de nuestra llegada). Desde las alturas de los partidos mayoritarios se nos ve como una garrapatilla que algo podrá rascar, pero a ignorar mediática y políticamente.

Lo bueno es que, desde dentro, ese incordio, esas personas que queremos tener un futuro a la medida del ser vivo, nos vemos fuertes y nuevos. Puede que todavía no tengamos un índice de notoriedad muy alto. Pero tenemos un arma política muy potente: somos lo que parecemos. Y creemos que es posible cambiar el juego. Todas, todos, estáis invitados.

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  1. #1 por Hugo Muñoz el julio 28, 2011 - 9:09 am

    Hola Juvenal. Como siempre, tus argumentos, además que convencer, emocionan. He estado leyendo algunos mensajes tuyos sobre el partido ecologista, pero no sabia que era una propuesta en la que estaban metido. Cuando tengas un rato. cuéntame un poco más sobre él, a ver si podemos hacer algo de este territorio tan bonito, pero al mismo tiempo tan fragil y con tanta corrupción urbanístico-depredadora.

    Un abrazo.

    • #2 por juvenal62 el julio 28, 2011 - 9:19 am

      Cuando quieras. De hecho, creo que en las “grandes” islas estamos reuniendo gente. Hablamos. Y muchas gracias, Hugo, de veras.

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