Luna Nueva


Los medios de comunicación periodística –si es que estas palabras no esconden algún velado oxímoron—han dejado de ser sujetos de investigación, divulgación y análisis de lo que ocurre para convertirse en un corrillo de gente que habla de lo que otros publican. Especialmente en España cuesta ver a un así llamado profesional de la información, que no trabaje en sucesos, acudir a las fuentes, investigar datos, contrastar declaraciones… Es decir, hacer su trabajo.
Debe ser bastante más cómodo que Francino comente lo que dice El País que ha dicho Rubalcaba. O que Pedro J. decida lo que Rajoy quiso decir en una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como un partido de fútbol sin balón. Luego reúnen a cinco tertulianos –que ahora que son ministrables se emplearán más a fondo—y sanseacabó.
Estas y otras razones deben estar en el fundamento de lo que ha ocurrido con la información sobre el PSOE y su XXXVIII Congreso (armado a base de congresillos), en el que se ha santificado al superviviente más recalcitrante de los dos grandes fracasos históricos del así llamado PSOE.
En este caso, toda la prensa y, en especial, la más afecta han vendido un pulso por la toma del poder interno entre dos siameses del último gobierno de la derecha vestida de ex socialdemocracia. Y lo han vendido como una carrera por el liderazgo sin tener en cuenta lo que a mí me parece que estaba ocurriendo: que todo el mundo ha estado pendiente de saber quién era el capitán de un barco embarrancado.
Es como si nada hubiera pasado. Como si Zapatero no hubiera dedicado sus últimos tres años y pico de así llamado gobierno a desmontar, hacer astillas y desintegrar cuanto de conquistas sociales, ideología y cosmovisión de izquierda quedaba en este país en el que se recorta a la ciencia para dárselo a los toros.
Zapatero/Rubalcaba (pobre Zapatero/Chacón: cuando Tomás Gómez anunció su apoyo ya debió saber que todo había terminado para ella) y su PSOE tendrían que ser conscientes de que habrán de pasar a la historia como los enterradores finales de la izquierda española. Entiéndase: como los enterradores finales y los “vaciadores” de la izquierda española.
Porque lo que han hecho estos chicos de las generaciones postfelipistas es vaciar de contenido el discurso de la defensa de lo público; vaciar de contenido la apuesta por el estado laico; vaciar de contenido los valores de la solidaridad y la equidad como fundamento de la defensa de la ciudadanía frente a la avaricia sin fin de la lógica del beneficio eterno; vaciar de contenido significa vaciar de discurso y, por lo tanto, la rendición social, cultural, comunicativa, hablada, frente a la ola de la avaricia que nos ha arrastrado en el tsunami económico en el que todavía estamos ahogándonos.
Esa vaciedad, esa ausencia de discurso, ha dejado inermes a los votantes de izquierda que no confían aún en la alternativa medioambiental y eco-social de Equo y que aún confían menos en la izquierda rancia y decimonónica que representa IU. Pero, más importante aún, deja a la izquierda como si tuviera que elaborar un “nuevo discurso”, lo que es una falacia intolerable. Lo que la izquierda debe tener son los arrestos para defender su discurso de toda la vida: equidad, respeto por el planeta y quienes lo habitan, solidaridad y justicia en igualdad. Es decir: tener los arrestos para ejercer el poder desde la izquierda, no convirtiéndose en la cara compasiva del capitalismo, en palabras del gabinete de G.W. Bush. Porque enfrente hay un PP que sabe ejercer el poder. Que ocupa los medios de comunicación, que deroga leyes de conquista social e igualdad, que coloca estratégicamente a sus cuadros en todas las esferas de influencia, que es capaz de desmontar en un mes lo que se ha construido en treinta años, que desvirtúa la historia, que estrangula a los que menos tienen, cuyo único objetivo es perpetuarse en un poder, precisamente, que considera naturalmente suyo.
Que el PSOE y la prensa no analicen quién es quién y dónde está cada cual es un problema añadido. Que se hable de que no hay ideologías sino técnicas en la solución a la crisis, que se subvierta la democracia y su memoria, que se acabe con los derechos más esenciales en nombre del beceuro de oro y que todo eso se transmita una y otra vez de manera acrítica en los medios hasta convertirse en la verdad de la desaparición de la izquierda es nuestro problema ahora mismo. No la elección de líderes, ni la reconstrucción de un aparato interno. Gato negro o gato blanco… ¿quién defenderá a los ratones?

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