Holocaustos


Estoy leyendo una enorme (en todos los sentidos: casi mil páginas) biografía de Heinrich Himmler elaborada por Peter Longerich, editada por RBA, 2009, y bastante mal traducida. Transcribo un parrafito curioso, acerca del diario que la mujer de la bestia nazi escribió sobre un viaje que llevó al matrimonio del Reichführer-SS y su señora a Italia y Libia:
 “El 4 de diciembre [de 1937, Himmler y su mujer, Margarete] volaron a Libia para ver, al día siguiente, los hallazgos arqueológicos de Septis Magna, una ciudad “construida por los romanos con inmensa grandeza, riqueza y excelsitud”, según Margarete se admiraba. “No paro de pensar en una cosa: ¿Por qué los pueblos actuales son tan pobres?”, se pregunta, y ofrece una respuesta: “¡¿Quizá porque ya no hay esclavos?!””

Sigo. En un documental medio francés titulado “Apocalipsis”, que consta de varios episodios, se ofrecían unas imágenes terribles en los que unos prisioneros –probablemente judíos—de la zona llamada por entonces el Gobierno General eran urgidos por sus captores alemanes a bajar de los camiones donde fueron transportados, con una pala en la mano para cavar sus propias fosas antes de la ejecución. En un momento de la espantosa filmación, uno de ellos mira a cámara, aterrado, inerme, mientras sigue corriendo hacia su destino. Ninguno de esos hombres, que corría hacia su final, utilizó su pala como arma contra sus captores. Ninguno de ellos aceleró el fin luchando, seguramente sin armas mentales ni anímicas que les permitieran siquiera pensar en lo que estaba ocurriendo. Quizá se hallaban en una especie de narcosis, de negación de lo que estaba ocurriendo, desprendidos de sí mismos y del gobierno de su yo.

Pero esa perplejidad por ver cómo un pelotón de soldados podía controlar a un montón de prisioneros que nada tenían ya que perder no sólo la tuvimos mi mujer y yo. Laurence Reese, en su imprescindible y desasosegante Auschwitz (Crítica, 2005) ya señalaba que agentes del Servicio Secreto israelí, soldados judíos integrados en unidades armadas aliadas, e incluso supervivientes de los campos de exterminio que escaparon o asesinaron a alguno de sus captores, no podían explicarse la práctica inexistencia de revueltas o protestas entre quienes eran internados en los campos o conducidos a la cima de fosas comunes para esperar su ejecución.

Es evidente que nadie tiene derecho a juzgar esa actitud pasiva de quienes fueron exterminados en masa: nadie puede valorar el estado anímico, emocional, físico, de quienes ya habían sido torturados, hacinados en trenes, condenados al hambre e incluso a las luchas despiadadas por la supervivencia en los guetos atestados de las ciudades ocupadas por los nazis.

Pero quizá hay materia para juzgar, por un lado, a la enorme cantidad de personas que piensan –es un decir—como la adorable matrona de clase media venida a más que era Margarete Himmler. O a nosotros mismos. ¿Por qué no a nosotros mismos?
Estamos siendo sacrificados en el altar de la avaricia con nuestra pala en la mano, mientras seguimos poniendo dinero para salvar a quienes han demostrado que el sistema no funciona, en un círculo vicioso de especulación y codicia que se está llevando físicamente por delante a gente. A personas.

Estamos asistiendo, con la pala en la mano, a la violación de cualquier regla aritmética y de sentido común –no ya económica—cuando se nos dice que para luchar contra el paro ha de ser más fácil y barato fabricar más paro.

Estamos asistiendo al baile de la justicia –y no daré detalles porque no está la cosa para darlos: sé en qué país vivo y quién manda aquí—con nuestra pala en la mano. Viendo cómo unos salen indemnes, otros entran, y una portavoz del CGPJ declara, en público, sin rubor, seguramente sacada de contexto y por culpa de la prensa, que “no todos los imputados son iguales” en referencia a un imputado relacionado con la Casa Real.

Ya tardaban, pero vamos a ver, con nuestra pala en la mano, cómo las mujeres que aborten y los médicos que las asistan volverán a la cárcel, doblando el drama de su decisión, doblando su exposición a la tortura pública, mientras seguimos pagando entre todos visitas –que dejan sus comisiones a quienes saben dónde doblar la rodilla y qué abogados contratar a la salida de misa—de un líder religioso que cree tanto en lo que dice sobre la otra vida que viaja en coche blindado.

Estamos viendo cómo hay colegios sin calefacción, sin medios, sin profesores preparados ni motivados, con nuestra pala en la mano. Ya han detenido a unos estudiantes de un Instituto valenciano por denunciar estas cosas. A otros se les ha castigado por hacer fotos de los alumnos ateridos con mantas y publicarlas en las redes sociales. Y quien dice educación dice sanidad, servicios sociales, ONG,…

Inermes, vemos desfilar soldados a guerras energéticas vendidas como guerras de democracia o religión –cosas que no han pegado nunca bien entre sí—y, pala en mano, nos preocupa la subida de la gasolina, mientras millares, cientos de millares de personas, mueren para que nosotros podamos derrochar luz y gas, especialmente en Navidad, claro está.
Con la pala en la mano vemos a una tertuliana enjoyada decir que “sindicatos y funcionarios defienden sus privilegios mientras los demás trabajamos (sic!!!) de sol a sol”. O a Registradores de la propiedad y personas con decenas de sueldos y cargos decir que “todos tenemos que hacer un esfuerzo”.

Pala en mano, estallamos de ira ante un penalti no pitado, ante una declaración de un entrenador, ante la injusticia de un fuera de juego, mientras miramos sin pestañear lo que ocurre todos los días aquí, a nuestro lado, a personas como nosotros. A veces a nosotros mismos.

Podría poner muchos más ejemplos. Pero de momento, sigamos viviendo en la ficción de que somos Margarete Himmler, que tanta admiración pequeñoburguesa sentía hacia las culturas ricas construidas sobre la esclavitud creyéndose ama, y no pensemos que somos, en realidad, aquellos seres humanos a los que su marido y sus camaradas y esbirros enviaban sin pestañear a la muerte. Pala en mano. Hasta que nos toque.

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  1. #1 por Ricardo Royo-Villanova el febrero 16, 2012 - 10:13 pm

    Oiga, no dé ideas. Que lo de la esclavitud aún no lo han pensado. Como le lean a usted en la CEOE, acabaremos viendo a don Joan Rosell, diciendo: “La reforma va ne buen camino, pero hay que empezar a plantearse que pagar salarios a los trabajadores perjudica y destroza el derecho a la propiedad privada”.

    Y por cierto, nuestras palas qué son , ¿los sindicatos?

    • #2 por juvenal62 el febrero 17, 2012 - 8:08 am

      Los sindicatos son los soldados infiltrados del SD, sospecho. Siguen pensando que la fuerza laboral son los trabajadores de la Renault, de El Corte Inglés, del metal… Se están dejando para que Esperanza no les eche mucha bronca.

  2. #3 por pintiparada el febrero 16, 2012 - 11:14 pm

    chulo, y terrorífico.

  3. #5 por mariano baratech el febrero 17, 2012 - 6:54 am

    Hoy estás trascendente y duro, socio, me gusta. Continuaría la reflexión desde la psicología social, cómo pudieron machacar física y psíquicamente a los judíos para anularles hasta el extremo de cargar la pala. Y cómo nos llevan más de 3 años machacando medios de comunicación y políticos con el sonsonete de que no hay otra salida a la crisis que recortes y más recortes, haciéndonos sentir culpables por tener empleo (privilegiados), hipoteca, coche, vacaciones (más culpables), y responsables del derroche de la burbuja (no haber comprado piso). En esta línea, muchas de las reivindicaciones del 15M iban por pedir la vuelta a esos años dorados: queremos seguir viviendo y consumiendo como en 2007, queremos un buen trabajo para seguir consumiendo. Es la reivindicación más burguesa de cualquier revolución popular de la historia. Y se entiende, en las dos últimas décadas más de la mitad de los españoles han empezado a disfrutar por primera vez (ni sus padres ni sus tatarabuelos pudieron hacerlo) de la sociedad de consumo, y cuando ya nos habíamos acostumbrado nos lo quitan de repente. Y la vieja izquierda desconectada de dos generaciones de españoles, y esas dos generaciones de españoles viviendo en un mundo virtual del que un día se despiertan viendo que en el mundo real empieza a hacer mucho frío, que no tienen abrigos ni calefacción, y que no entienden nada, pero nada de lo que está pasando.

    • #6 por juvenal62 el febrero 17, 2012 - 8:07 am

      Sabes que estoy de acuerdo contigo. Suscribo punto por punto. Un día de estos me ganaré suficientes enemigos hablando del 15-M…Un abrazote.

  4. #7 por chi kele el febrero 17, 2012 - 9:23 am

    Fuimos burros corriendo detrás de una zanahoria, pero nos la han quitado(será que nunca existió?).
    Ahora, salimos de la cama, ateridos de frío y pensamos que hemos despertado, aún no. Despertar exige mucho más que tomarse un café y salir a manifestarse ó darle al “me gusta”, es tomar conciencia, darse cuenta de cómo somos y del mundo que hemos construido.
    Las palas son nuestros esquemas mentales, sobrados de ignorancia; grabados con letras indelebles en la escuela, desde muy pequeños.
    Eramos el ombligo del mundo y acabamos siendo un juanete en el pie de los poderosos; un poco molestos, sí, pero nada importante.
    Despertar, aquí y ahora.
    Gassho.

    • #8 por juvenal62 el febrero 17, 2012 - 9:26 am

      La zanahoria sí existía. Es más: te la financiaban tasada por encima para que pudieras (pudiéramos) financiar de paso el palo y el abrillantador de las hojas verdes…

  5. #9 por mitxel el febrero 17, 2012 - 10:58 pm

    oigan, yo vengo de asueldo de moscú, pero no sé donde estoy y entonces me es muy difícil obsequiarles con mi atinada opinión.

    • #10 por juvenal62 el febrero 18, 2012 - 8:53 am

      Venga de donde venga, su opinión será aceptada y respondida como corresponde. Gracias.

  6. #11 por Pepe Carrasco el febrero 21, 2012 - 8:32 pm

    Ahora que tan de moda está la Educación Cívica y Constitucional, debería ponerse como libro de texto en todos los colegios e instituos: “Si esto es un hombre” de Primo Levi. Acabo de leerlo y todavía me pregunto por qué nadie me lo recomendó hace años.

    • #12 por juvenal62 el febrero 21, 2012 - 10:47 pm

      Gracias, Pepe. De hecho, es uno de los libros más instructivos y escalofriantes que he leído. Pero hay otros. Los reviso y te cuento. Hay uno (paa ir calentando el asunto) en el que un superviviente del campo de Auschwitz dice que lo que más recuerda es “el aburrimiento”. Tal cual. Y lo bueno es que tiene sentido. Impresionante. Un beso, crack.

    • #13 por juvenal62 el febrero 28, 2012 - 10:29 am

      El libro sobre los recuerdos de Auschwitz en los que el superviviente recuerda, sobre todo, el “aburrimiento”, y que es tan acojonante como el de Levi es “Sin Destino”, de Imre Kertész, Narrativa del Acantilado, Barcelona 2001. El autor estuvo en Auschwitz y Buchenwald…Un besote, Pepe.

  7. #14 por Jhon Wiclyff el febrero 28, 2012 - 10:01 am

    Muy bueno el símil, en los teóricamente años dorados (dorados sólo para algunos currantes de la construcción y los sinvergüenzas de siempre); el personal se creía todo el mundo como la señora Himmler. Yo tenía problemas simplemente por irme a mi puñetera hora de salida, ni más ni menos y era bien puntual al entrar.

    Y en un curro, una babosa repugnante de vez en cuando no dejaba de decirme que ella iba muy rápido y que me pusiese las pilas, cobrado 800 euros y teniendo que utiizar inglés. Me parece que el personal tiene todavía que cambiar mucho sus esquemas mentales. Y con más de 5 millones de parados; y protestando 4 y encima muchos de esos parados los llaman perroflautas.

    Pues nada, a seguir disfrutando de la paz de los cementerios.

    • #15 por juvenal62 el febrero 28, 2012 - 10:26 am

      Sí, pala en mano. La mentalidad esclavista debe ir en las tripas de algunos seres humanos –y me refiero a esclavos tanto como a amos–, muchísimas gracias Wiclyff.

  1. A Sueldo de Moscú: Holocaustos (sobre quiénes pagan la crisis)

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