Archivos para 21 marzo 2012

Palabras, palabras (I)


En 1954, el abogado Joseph N. Welch alcanzó la celebridad –la buena, la de verdad—cuando protagonizó la que sería una de las escenas finales de la llamada “caza de brujas” encabezada por el senador McCarthy. El abogado Welch tenía que defender a un joven abogado de su empresa contra la acusación de haber pertenecido a una asociación de abogados próxima, en opinión de Hoover, de la Comisión presidida por McCarthy y su siniestro adjunto Roy Cohn, al Partido Comunista.

En el punto culminante de su declaración, Welch desarmó al siniestro caza fantasmas:

“[…] Ya se ha pasado usted bastante. ¿Es que no tiene usted sentido de la decencia, señor? ¿A estas alturas ya no le queda sentido de la decencia?” (El momento forma parte de la historia de la televisión: http://www.youtube.com/watch?v=fqQD4dzVkwk)

Welch se negó a seguir declarando y a que lo hiciera su defendido, y la sala donde se celebraba la audiencia de la Comisión estalló en una ovación unánime. Ese fue el principio del fin de la siniestra pareja de inquisidores. Es difícil imaginar que esas palabras, hoy en día, tuvieran el eco, la repercusión, la profundidad y la aceptación que tuvieron en su momento. Tengo la impresión de que ni una sola de las declaraciones de la mayoría de los líderes políticos españoles rebasaría el nivel de decencia exigido por una sociedad, una cultura democrática y una personalidad del tamaño de Welch o de las personas que aplaudieron su intervención a rabiar. Sospecho que muy pocas personas comprenderían, en la actualidad, el alcance de la escena, ni su significado. Quizá ni sus consecuencias: ¿derribar o contribuir a derribar toda una política con un par de frases? ¡Ha!

El mecanismo por el cual una sola palabra, decencia, desmonta un aparato ideoparanóico como el del macartismo lo conocemos en semiología y en análisis cultural desde hace tiempo. Esa palabra, realmente no es una palabra, sino lo que llamamos un paradigma. Lo que algún poeta llamó “palabra preñada”. Esa palabra era un recipiente de todo un discurso (transversal, que atraviesa) sobre la ética democrática; sobre el respeto a la libertad de expresión y de asociación; sobre la profundidad democrática de unos Estados Unidos que aún entonces se sentían la bandera de la libertad mundial y por tanto exigidos por una ética civil.

Todos los que escucharon aquella frase de Welch descodificaron la potencia del paradigma de la decencia. Todos los que aplaudieron compartían ese discurso de fondo exigente, implacable. El paradigma había reventado con un discurso transversal de valor, de puesta en valor, por mejor decir, todo el montaje de aquellos fascistas hasta entonces impunes.

Ahora vivimos tiempos de desfachatez y de impudicia. Todo cuanto era obsceno (en el sentido literal: lo que queda fuera de la escena, lo que el público no puede ni debe ver de la representación) se dice y se hace ahora sin pudor. Y para oponerse a la desvergüenza no existe ningún discurso articulado que pueda demoler con una sola palabra frases como las que eructan las Aguirres, las Cospedales, los Arenas, los Blancos, los Aznares,… no digamos los fascistas de toda laya que disparan su sicalipsis intelectual en los órganos de la extrema derecha, desde El País hasta Libertad (sic) Digital.

Quienes hacemos este diagnóstico somos tan culpables como ellos. No estamos construyendo discurso. Es cierto que no hay tiempo ni medios masivos donde hacerlo. Pero para lograr la alquimia filosofal de Welch tenemos que establecer los discursos transversales, éticos, decentes, demoledores, que preñen nuestra palabra. Posiblemente haya que combatir mientras escribimos y elaboramos ese discurso. Posiblemente haya que volver a nuestros clásicos y reivindicar a los autores prohibidos que los yuppies escondieron en el armario o llevaron a libreros de viejo. Seguramente en nuestro discurso tengamos que hablar de la Tierra, porque el futuro será ecologista o no será.

De modo que a ello. Eso me gustaría que hiciera Equo. Eso me gustaría hacer en Equo.

Nota para cinéfilos: El abogado Welch hizo de Juez en la estupenda Anatomía de un Asesinato, de Otto Preminger. Comentó con humor que aceptó el papel “porque esa era la única manera que tenía de llegar a ser juez”. Sobre el siniestro Roy Cohn, factótum de McCarthy y auténtico hombre fuerte de la Caza de Brujas, hay una excelente película que se llama Ciudadano Roy Cohn, protagonizada por James Woods, que fue nominado al Emmy y al Globo de Oro por ese papel.

Nota para impacientes: en mi opinión, en España nunca ha habido más derecha que la ultraderecha. El papel de conservadores moderados, por razones diversas siempre lo ha ocupado el PSOE.

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