De Madrid, al cielo.


Esta expresión, que pasó como refrán caspo-turístico que reproducía mal una frase hecha del Siglo de Oro –”de Madrid, el cielo”–, es también el título de una película española, una obra maestra,  de los años de hierro. Neorrealismo que esquivaba la censura de la dictadura militar, interpretaciones exquisitas y factura impecable. Cine de reflexión, de movilización, de agitación introspectiva, real. En lo peor de la historia española reciente.

La cultura, después del golpe militar y durante la dictadura, fue un refugio para “los otros” o, como se los llamaba entonces, “los de la cáscara amarga”. Un armario en el que estaban personas de sexualidad diferente a la nazionalcatólica (no es una errata), criptorojillos, bohemias y bohemios, gente desarraigada o arruinada por la guerra, personas de mal vivir, que en vez de una profesión habían decidido vivir del cuento: artistas.

Cuando una madre bien escuchaba que su hija iba a ser artista, de la farándula, etc., rompía a llorar, rezaba novenas con sus amigas del visón y la mantilla, ponía un cirio a San Judas: el despiporre. El padre, más sobrio, primero intentaba quitarle la idea a base de azotes con cinturón por el lado de la hebilla, la apuntaba a Acción Católica o a la Sección Femenina,  después la expulsaba de la casa familiar, en la que hasta Pollardo podía ser apellido de hidalguía más importante que la vocación pintora, escultora (dios no lo quiera) bailarina… de su hija.

Si era el hijo, siendo menos grave, era el segundo de tres o el sexto de siete, el bala perdida, el que nunca estuvo a tiro de sus católicos padres, que hizo la comunión manchándose el traje de marinerito y que tendía a desaparecer a la hora de las hostias. Algunos hasta acababan en el extranjero: ese extranjero donde cundía la anarquía, se vivía sin dios y sin patria y no hablaba nadie en idioma que entendieran cristianos.

El caso es que la gente de las artes y de la cultura eran un mundo aparte, un planeta en sí mismo que las familias bien ignoraban o miraban con desprecio y terror y que las autoridades trataban de aprisionar y amordazar, limitándose a alentar a los “buenos” y acudir a algunos actos protocolarios donde a veces tenían que ver también a los malos”. Si el “malo” o la “mala” tenía éxito internacional había dos opciones: si lo decía abiertamente y estaba en el exilio, se le ignoraba. Así pasaron a ser franceses Miró, Picasso, Buñuel y tantos otros. Si trabajaba en la clandestinidad o era rojillo o rojilla de salón, se le perdonaba por exportar una imagen del Imperio allende las fronteras, sólo hacía falta que se declarase católico o católica. Si sacaba demasiado la cabeza estaba condenado al olvido, a no salir en el NO-DO –lo cual, bien visto, no era tanto castigo—o a los circuitos no comerciales, al arte y ensayo, etc.

El problema es que la muerte del dictador –que no se olvide: en la cama y sin represalia a los que impusieron el único Estado fascista, junto con Portugal y Grecia, armado y financiado contra el bloque comunista por las así llamadas democracias occidentales—trajo una democratización tal en el campo social que hasta niños y niñas bien o se hicieron artistas o se acostaron con artistas. También hubo artistas que ganaron tanta pasta que se convirtieron en familias bien, pero rojillas. Todo lo rojillas que les dejó ser el PSOE y ese PCE eurodescafeinado que abdicó de la República y toleró aquellos polvos, cuyos lodos nos empatanan.

El caso es que de esta historia resulta que la derecha dormida, anestesiada por la falsa izquierda, volvió a toparse, cuando recuperó el poder, con artistas de toda laya protestando por la guerra del incalificable Bush y su rumbero español primero y, luego, por los recortes brutales que tenemos que soportar. Como la derecha española nunca muere (ha sobrevivido más o menos intacta desde el siglo XV) la crisis le ha venido como anillo al dedo para ajustar cuentas con esta gente que, además de vivir del cuento, se ha llevado a sus niñas y niños al huerto, ha embarazado cuerpos y conciencias y ha embarrado una marca España que ellos ven con copla, toros y catedrales, esa marca España que ya definió Machado: de cerrado y sacristía. Esa derecha no quiere arte, cultura ni ciencia. Porque son tres zonas del pensamiento, de la sociedad, del individuo, que la deslegitima siempre. A nada que se ponga una o uno a bailar, a cantar, a actuar, a pensar, a investigar, la derecha se ve retratada, desnuda, decrépita, gris y sin más respuesta que la cerrazón el cilicio y la censura.

Por eso Madrid no se puede perder. Por eso hay que acabar con todo lo que tenga que ver con juntar pensamiento y emoción. Porque si lo hacemos, si pensamos, juzgamos y actuamos, veremos qué lejos queda Madrid del cielo. Que recen. Porque vamos a seguir luchando por el arte, la cultura y la ciencia. Armas que no tolera nada bien.

Yo tengo un hijo artista.

Anuncios

, , , ,

  1. #1 por elena el agosto 3, 2014 - 12:42 am

    Añadiría a tu genial análisis, esa etapa de transición donde las familias de bien dotaban a sus hijos inútiles, ovejas negras en el patrimonio curricular del apellido, del beneplácito de la formación creativa en “agencias de publicidad”. Confundiendo “arte” conciencia (la ausencia de espacio es adrede)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: