Archivos para 15 septiembre 2014

Mamá, soy pianista en un burdel.


Jacques Séguéla, uno de los grandes entre los grandes de la publicidad mundial, tituló un libro, ya célebre al menos en los que estamos o estuvimos en el ramo, así: “No le digas a mi madre que estoy en Publicidad. Ella cree que soy pianista en un burdel” (Ne dites pas à ma mère que je suis dans la publicité… elle me croit pianiste dans un bordel, Flammarion, 1979).

Séguéla, maestro de campañas políticas y mago del reposicionamiento transversal (vender algo por lo que no es y trasladar un producto o marca a otra categoría para diferenciarlo de la competencia) hizo militancia de su profesión, denostada por estar en el corazón mismo de la influencia que el capitalismo estaba empezando a ejercer sobre los valores, las actitudes y la cultura cotidiana de lo que aún no se sabía que iba a ser el posmodernismo.

La posición de Séguéla hizo que muchas personas buscasen en la publicidad un modo nuevo de expresión y llevaran la cultura audiovisual a cimas de las que no tuvieron más remedio que beber el cine, la naciente industria del video –los hermanos Scott eran realizadores publicitarios, y seguramente sin esta nueva visión no hubiéramos tenido un Blade Runner o un Twin Peaks, por ejemplo– y aun la literatura, el comic y las llamadas Bellas Artes. A menudo, entre finales de los 70 y los primeros 90, las mejores piezas audiovisuales eran spots de publicidad. Y mucha gente estaba orgullosa de pertenecer a ese mundo efervescente, que además contaba con al menos tanto alcohol, drogas y desfase creativo como el rock star system de los 60 y 70.

Digo esto porque ahora, en lugar de decirle a sus madres que militan en un partido político, hay muchas personas que preferirían que creyeran que trabajan de pianistas en un burdel. Las barbaridades, los atropellos y los sinsentidos que una panda de filibusteros desalmados han cometido en nombre de la política ha hecho de ésta una marca sucia, y a los sujetos que la ejercen (colectivos o individuales) en apestados, gente que pertenece a una casta (la palabrita) que los hace o rajás inmisericordes o parias ante sus iguales.

Por culpa de esos desalmados y de los demagogos que han utilizado sus tropelías para poner en cuestión el sistema mismo de la representatividad y de la gestión de las demandas sociales, esconder las siglas es ahora condición sine qua non para presentarse en una acción o colectivo social. Y eso aunque el partido al que una o uno pertenece tenga un historial impoluto en cuanto a corrupción, transparencia o participación abierta y horizontal. Aunque uno o una esté orgullosa de representar a unas siglas que expresan su voluntad transformadora, su deseo de, simplemente, hacer que las cosas vayan mejor y no nos vayamos a la mierda en un alegre y cantarín desfile de consumo ciego y despreocupación por las generaciones futuras.

Quienes creemos en que Equo es un partido imprescindible para transformar la realidad, con alternativas serias, cuantificadas y sólidas al modelo que nos ha puesto perdidos de miseria y polución (de la atmosférica y de la otra); quienes creemos que estamos junto a personas que creemos más o menos lo mismo y queremos construir desde posiciones honestas, contundentes, razonables un presente que haga habitable el futuro; quienes creemos que el sistema tiene que airearse, rellenarse de gente que crea y trabaje… deberíamos estar orgullosos de comportarnos, de hablar y de trabajar en consecuencia.

Que haya momentos tácticos en los que sostener la sigla no sea prioritario, vale. Que haya escenarios en los que la sigla deje paso a la generosidad y al acuerdo, al trabajo en común, también vale. Pero creo que no podemos ni debemos traicionarnos a nosotras y a nosotros mismos el día después, ni en el durante, ni en el antes. Yo, al menos, soy de Equo. Trabajo y trabajaré para Equo. Estoy y estaré en Equo.

Así que, mamá, estés donde estés: milito en un partido político. En Equo. Ecologistas, ya sabes.

Aunque a veces toque en sitios poco recomendables.

El bajo. No el piano.

Eso, encima.

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