Vender el paraíso (en medio del diluvio).


Desde hace tiempo, la ecología, en los países mediterráneos, se ha topado con infinidad de obstáculos para salir adelante. Algunos de esos obstáculos son culturales: la convivencia entre especies, por ejemplo, es difícil de implantar en un país que era agroganadero hace solo dos generaciones y donde la revolución postindustrial llegó sin haber madurado la industrial primera, que a España, como casi todo, llegó muy tarde y de la mano de una derechona que ni entiende el avance tecnológico ni es capaz de concebirlo como fuente de riqueza a largo y medio plazo. Es lógico: en otros países la burguesía reemplazó a la nobleza como clase dominante. En el nuestro, la burguesía y la nobleza tenían lazos estrechos que, tras la rebelión fascista del 36 se hicieron casi invisibles. Hasta un entrenador de fútbol puede llegar a ser marqués. En otros países, el clero dejó de ser un poder fáctico en Estados laicos, burgueses y republicanos. En España aún dictan o tratan de dictar leyes y existe la posibilidad real de convertir el sucedáneo de democracia que tenemos en una teocracia encubierta.

España, además, fue superpotencia y, por tanto, un ente de consumo de recursos naturales voraz. Los conflictos aquí y en ultramar dejaron exhaustas, no solo las arcas comunes, sino las riquezas y los recursos disponibles para entrar en la era de la tecnificación. Tener gobernantes zafios, incultos, bananeros y partidarios del “¡viva la muerte!” o “¡que inventen ellos!” no ayudó –ni ayuda—de  ninguna manera a crear discursos que se nutrieran de una cultura de lo sostenible, de la innovación y de la convivencia con las especies del entorno. Por más que se diga ahora que muchas de las prácticas agroecológicas del pasado son aplicables al presente, tenemos que tener en cuenta que dichas prácticas incluían el desprecio por los animales considerados como pestíferos o amenazas para el ganado, utilización indiscriminada de pesticidas, sobreexplotación hídrica,  etc. No cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si sumamos a todas estas condiciones materiales el que, salvo pequeños paréntesis, España lleva inmersa en crisis económicas –con ligeros y comparativamente breves períodos de mejoría no consolidada (sino que duran lo que duran las “burbujas”)—más o menos desde finales del siglo XV, tenemos a una población que lleva más de cinco siglos considerando un lujo o una marcianada cualquier cosa que signifique riqueza, mejora de la calidad de vida o consolidación económica a medio y largo plazo. La gente de aquí quiere, y es normal, solución a su vida de manera inmediata. Y mucho más ahora, una época en que se están empobreciendo a marchas forzadas capas de población que hace cinco o seis años aún colgaban las fotos de sus viajes a Cancún, Malasia o Nueva York, tenían dos coches y vivían en un chalet del extrarradio.

Decir al conjunto de la población española que una mina a cielo abierto contamina, que una nuclear puede petar y matar a cien mil personas, que los macroedificios de las playas acaban con la riqueza que hizo que se construyeran, que las prospecciones frente a las zonas de valor turístico son un atentado contra su riqueza y su vida futura, que merece la pena rescatar al lobo y al lince (por ejemplo),… es, en la inmensa mayoría de los casos, al menos inútil. Ya es difícil explicar por qué los mecanismos políticos han sucumbido al golpe de estado global financiero. Pero también parece frustrante e inútil hablar a la población mundial del calentamiento global, de la glaciación que se avecinaría, del agotamiento de los combustibles fósiles, o del fin del agua potable en casi la mitad del planeta. La gente quiere trabajo, bienestar, nivel de vida. Las personas quieren vivir bien y ser felices, confiar en que si dan a un interruptor la luz se encenderá, que podrán conducir un coche para viajar a sus anchas, que podrán disfrutar de su ocio y de sus relaciones sociales.

 

La gente no quiere aguafiestas.

 

Por eso la mayoría de las personas, en España, nos hace el mismo caso que los fumadores a las imágenes de las vísceras ahumadas o las encías con piorrea. Ninguno. Eso ya lo vivió Noé antes del diluvio. Y la población sigue riéndose del discurso ecologista apocalíptico. Y es porque no hemos aprendido nada de los mejores comunicadores de la historia (no, Monedero, no sois vosotros): las religiones monoteístas y, en especial, el cristianismo.

Como decía el increíble José María Lapeña, no hay oferta que tenga:

  1. Mejor logo. Simple, fácil de dibujar y transmitir y que admite miles de variantes de forma, tamaño, textura y color. La cruz, la media luna…
  2. Mejor red de comunicación. Además de los libros santos, tienen una red de púlpitos y mihrabs por todo el mundo y llegan a la práctica totalidad de su público potencial de modo presencial. Además, están infiltrados en gobiernos o gobiernan medio mundo.
  3. Mejor endorsement (celebrity que avala el producto). Lo que dicen lo ha dicho dios. Enseñadme una celebrity mayor, con más poder de convicción y, sobre todo, con más poder de castigo si no haces caso.
  4. Mejor wow factor. El hijo del dueño murió voluntariamente para que, por malos que seamos (o malas) podamos arrepentirnos y salvar nuestra alma. Y RESUCITÓ.
  5. Mejor promesa. La inmortalidad. Es insuperable, salvo quizá con el añadido musulmán –sexista—de las huríes.

La ecología política debería aprender, ahora hablando en serio, que debe –debemos—vender el paraíso. La Iglesia Católica entró en crisis en gran medida por centrar su mensaje en las penas del infierno en lugar de en las glorias del paraíso. Cuando la gente vio que el infierno no podía ser peor que la vida que llevaban  decidió fusilar a la clerecía y asaltar los edificios donde cada domingo contemplaban riquezas obscenas administradas por curas gordos y corruptos.

La parte esencial de nuestro discurso y de nuestra lucha es que queremos que las personas sean felices, vivan en armonía con los seres con los que comparte planeta, humanos y no humanos, y no esquilmen los recursos de los que depende su subsistencia. Dicho sea de paso, buscamos de nuevo la equidad y la limitación del consumo cuya consecuencia inmediata sería un mayor respeto por los derechos humanos y una desactivación de gran parte de las causas inmediatas de los conflictos armados.

Es necesario que nuestros mensajes en positivo, que vendan el paraíso en el que creemos, sean claros, contundentes, notorios… y lleven a la gente a profundizar, en un segundo paso, en la parte más compleja de nuestras propuestas. Tenemos que crear equipos comunicativos eficaces y rodearnos de personas expertas para atender a todos los frentes comunicativos., especialmente que tengan y nos dejen claro que tres o cuatro mensajes pertinentes, sencillos (inteligibles, no “simples”) y muy repetidos son más eficaces que explicar el problema del gas esquisto, por ejemplo, en toda su complejidad. Es impepinable que expliquemos de palabra y sobre todo obra que creemos que hay que sacrificar muchos sobreentendidos para empoderar a la mujer en la equidad de las organizaciones, las empresas y la vida cotidiana.

Pero no hace falta indignar más. Las personas ya están indignadas. Necesitan saber (como lo necesitarán quienes han votado a los voceros del apocalipsis circular) qué plan tenemos. Cómo lo financiaremos. Por qué nosotros y nosotras tenemos un plan y otros no. Dónde y por qué ha funcionado… Cuál es nuestra visión de un futuro con personas más felices, con financieros y ladrones más infelices. Un futuro habitable, sostenible, en equidad y real.

Ya hemos avisado del diluvio y tenemos los planos del arca. Llamemos a todas y a todos a subir. Porque ya empezó a llover.

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