Memoscopias


Hace muy poquito nuestro muy siniestro Gobierno subió el tipo impositivo del Impuesto sobre el Valor Añadido del 12% al 21%. Por todas partes se leyeron y escucharon titulares y comentarios que hablaban de una subida del 9%, cuando el tipo impositivo nuevo casi doblaba al antiguo. Digo esto porque en general la lectura de datos popular y mediática suele olvidarse, no ya de las matemáticas, sino de la simple aritmética, de modo que las interpretaciones sobre las encuestas sociales y electorales que corren por ahí se las suelen traer con abalorios. Dejemos aparte el hecho cierto de que las encuestas que se publican no suelen tener mucho que ver con las que realmente se tienen (dicho sea de paso, que Equo no tuviera los recursos económicos para hacer su propia encuesta fue otro handicap serio para la formación).

También existe una tendencia a tratar las encuestas como a los OVNIs, metiendo a una simple herramienta –las encuestas son una de las muchas herramientas que se pueden utilizar para estudiar la realidad social– en el mundo de la creencia, especialmente si sus resultados nos confunden, no están de acuerdo con lo que pensamos o las hace una empresa asociada a intereses financieros, económicos o políticos. En general, la frase “no creo en las encuestas” suele venir, simplemente, de personas que no comprenden ni su estructura, ni su función ni el uso o los usos a los que están destinadas. Podríamos parafrasear la piadosa frase de los teístas: “no importa que tú no creas en las encuestas. Las encuestas creen en ti”.

Vistas desde el punto de vista de quienes las usamos, es creencia común que las empresas o instituciones que hacen encuestas pre-electorales emplean mucho más tiempo en explicar por qué no han dado ni una que en el trabajo de campo, tabulación y análisis de los datos. Normalmente los errores vienen de malas fijaciones de variables (quien vota X compra Y, lee o ve Z) que, a su vez, vienen de la no utilización o de un mal uso de estudios de base de tipo cualitativo para cocinar como se debe. Además, cuando surge un fenómeno “pico”, que se sale de las medias y entra como un ciclón en los gráficos, por ejemplo, ERC o Compromís (sí, y también los alegres muchachos de los círculos), el primer reflejo del estadístico suele ser minimizar o “corregir” a la baja el fenómeno. Recordemos que solo las “israelitas” de la COPE se atrevieron a prever 3 ó 4 escaños. Yo, personalmente, no creí en el fenómeno hasta que me dí contra ello, como muchas y muchos de mis colegas.

Después está el asunto de las encuestas de diagnóstico y las encuestas de pronóstico. Entre procesos electorales, las encuestas que preguntan por la intención de voto y otras variables que se piensan relacionadas suelen ser más diagnósticas. Ofrecen un “corte”, una instantánea del statu quo espacio-temporal en el que está un conjunto social dado sometido a estudio. Cuanto más se acerca uno al momento de los comicios, más prognosis se puede hacer con la herramienta del sondeo, puesto que se está más cerca de lo que la gente quiere que pase que en el momento del diagnóstico entre elecciones.

Parece que para la formación circular el asunto es discursivamente claro: la gente declara que va a votar lo nuevo porque lo viejo no ha funcionado. Lo que quiera hacer o no lo nuevo, su programa, sus intenciones e incluso sus personas dan lo mismo –es clamorosa la ausencia de paridad en sus órganos, en sus fotos y en su imagen pública. Es diferente y me vale. Y contra eso no hay cocina ni Arriola que valga. La dichosa encuesta del CIS va amostrar ese diagnóstico, que probablemente entra en un escenario de prognosis coherente con el momento actual. Y que viene muy bien a los muchachos de Políticas para poder decir lo que se les antoje bajo el paraguas del cambio. Lo hizo Obama y lo hizo el otro modelo en el que se han inspirado: Felipe González en el 82. Líder joven, que habla de manera simple en un mundo ávido de simplicidad, que confunden –confundimos– con inteligibilidad.

Está también jugando de fondo una falsa esperanza: la de que estos de los círculos van a devolvernos al tiempo pasado. Que volveremos al desarrollo, al consumo, a la circulación de la pasta y al trabajo de 8 horas y las vacaciones en las Seychelles. Que nuestros jóvenes volverán a trabajar para comprarse el piso y el coche. Y va a ser que no: después de una crisis tan profunda, el mundo que era ya no será. Que, además, nos acercamos al punto de no retorno de nuestra extinción (el planeta no está en peligro: ha sobrevivido a otras catástrofes en el pasado y seguirá girando hasta que el sol lo engulla en su conversión a gigante roja), con lo que los modelos ecologistas son imprescindibles o no estaremos para verlo. Pero nada de eso importa ahora. Ahora solo importa el “hay que echarlos”.

No hay que hacer muchas más lecturas. Los viejos partidos se hunden. Lo nuevo viene. Una posición inteligente será ponernos junto al foco de luz que ahora ilumina, en los medios y en la calle, al tsunami de la indignación y la petición de novedades. Tenemos que hacernos ver aprovechando que en los márgenes del escenario la luz ilumina ahora también a Equo. Además, como dijo una figura política de relevancia, “Equo es más peligroso que Podemos. Vosotros tenéis un plan”.

Ahora habrá que comunicar ese plan. Que se preparen.

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