Quien tenga oídos para oír, que oiga (Post casi críptico)


En muchas obras de ficción, películas o novelas, el “malo” suele ser el que tiene razón aunque nos pese. Lo único potable de aquel castillo de fuegos artificiales con ínfulas trascendentales que se llamó The Matrix era la, para mí, magnífica descripción que la máquina hace a Neo sobre el carácter vírico de la humanidad respecto del planeta y de sus propios congéneres (lo subtitulo por los culturetas: “doblado pierde mucho”):

I’d like to share a revelation that I’ve had during my time here. It came to me when I tried to classify your species and I realized that you’re not actually mammals. Every mammal on this planet instinctively develops a natural equilibrium with the surrounding environment but you humans do not. You move to an area and you multiply and multiply until every natural resource is consumed and the only way you can survive is to spread to another area. There is another organism on this planet that follows the same pattern. Do you know what it is? A virus. Human beings are a disease, a cancer of this planet. You’re a plague…

“Me gustaría compartir una revelación que he tenido durante mi estancia aquí. Me vino cuando intenté clasificar tu especie y me di cuenta de que en realidad no sois mamíferos. Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio natural con el medio que les rodea, pero vosotros los humanos, no. Vosotros colonizáis una zona y os multiplicáis y seguís multiplicándoos hasta que consumís todos los recursos naturales y la única manera de sobrevivir es colonizando otra zona. Hay otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón. ¿Sabes cuál es? El virus. Los seres humanos sois una enfermedad, un cáncer para este planeta. Sois una plaga…”

Es muy difícil no estar de acuerdo con la máquina y con su descripción del capitalismo salvaje. Prácticas como el fracking, la sobreexplotación de las aguas y su contaminación, las minerías incontroladas, etc. darán siempre la razón al malo de la película con el que, por cierto, suelo estar de acuerdo. Y así me va.

Pero hay una frase que me sobrecogió la primera vez que la oí, cuando todavía era un crío, probablemente en aquellas sesiones continuas de cine. No recuerdo la película concreta, pero sé que la he oído después en películas y en series. Muchas veces. La frase es “¿Estás preparado para conocer la verdad?” con sus variantes “No estás preparado para conocer la verdad” o “no soportarías conocer la verdad”.

En España la verdad está muy mal vista. Pertenece al campo de la realpolitik, o de las conspiranoias, incomoda a periodistas, empresarios y políticos y las maneras elegantes de taparla, embellecerla o hacerla parecer mentira, como la publicidad y el arte se nos han dado siempre muy bien. La verdad es una de las caras de la democracia, de la libertad y del riesgo, y un pueblo tan miedoso –con razón—como el español, en realidad soporta muy mal cualquiera de esas facetas. A los españoles nunca se nos enseñó la belleza del riesgo, sino las ventajas del miedo; ni la indefinición de la democracia, sino lo reconfortante de la seguridad y la tranquilidad, y desde luego jamás hemos dejado que la verdad estropee un buen titular, una buena promesa electoral o un buen anuncio. Y lo dice alguien que ha trabajado en publicidad, que está en un partido político y que dio clases en varias universidades durante más de diez años.

La verdad, además, es enemiga del ego. Y el ego construye una realidad dogmática y ficticia que hace creer a la gente que todo el mundo es, se comporta y piensa como uno mismo o como los que le rodean en su círculo social próximo.  Cuando la verdad ilumina el escenario y uno se da cuenta de que hay cientos, miles y hasta millones de personas diferentes, la reacción suele ser fatal. Como aquella madre en el desfile (“¡mira mi niño, el único del batallón que lleva el paso!”) o el conductor despistado (“Anunciamos que hay un vehículo en la autopista circulando en dirección contraria”; el conductor gritó a la radio: “uno, no… ¡miles!”) todos creemos que vamos en el sentido único, lógico, justificable de la vida, de la opinión y hasta del voto.

A los españoles nos gusta la democracia si sale lo que hemos votado. Si no, nadie se remanga y dice “vale, venga, ¡a trabajar!”. Se va uno a la abstención, se borra del partido o del sindicato, se vuelve a la ficción de su círculo, donde todo el mundo es el mundo conocido, donde su opinión es la válida y la normal, donde la verdad es la que uno se construye entre amigos y familiares, se denuncia tongo ajeno para encubrir el fracaso propio, se buscan culpables porque analizar causas es muy cansado… y se puede topar uno con la verdad.

Y la verdad es que estamos más solos de lo que parece. Que nuestras opiniones son opiniones y no verdades y que nuestro mundo es un mundo muy pequeño comparado con el resto del mundo.

Esa es la puñetera verdad: en democracia se gana o se pierde. En libertad convivimos con otras libertades. En la verdad hay grados y verdades ajenas. E irse del partido o del sindicato o de la asociación o de lo que sea, culpar a los demás o encerrarse en el teclado para gritar e insultar no lo va a arreglar.

La verdad nos hará libres… y nos hará sentirnos solos. Eso es lo que hay que superar. Con los demás, aunque no piensen como nosotros… o precisamente por eso.

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