Archivos para 27 julio 2016

¿Y tú dónde estabas cuando el golpe? (El de ahora)


Los franceses inventaron el audiovisual (moderno), los estadounidenses lo convirtieron en una industria y en un olimpo, pero los británicos son los grandes artesanos, en mi opinión, de lo que vemos en nuestras pantallas. Es dificilísimo encontrar un actor o una actriz británica mala; casi imposible ver un telefilme o una película británica realmente mala (puede ser aburrida o extraña en función de gustos, pero nunca estará mal hecha). Y, además, cuando se ponen a contar la realidad simplemente la cuentan mejor que nadie. Y antes que nadie.

Por ejemplo, House of Cards, la serie estadounidense justamente aclamada en nuestros días, fue antes serie británica. Y además con todas sus características: actuada, con una producción sobria y realista, con pocos episodios y actores y actrices de primerísima fila, curtidos en el crudo e inigualable mundo de la escena shakespeariana y de las escuelas de arte dramático de todas las islas. Para mí, mucho mejor que la estadounidense. Y eso que brilla y habita Robin Whright.

Digo esto porque acabo de ver, con unos años de retraso una serie –de 4 capítulos—británica: Secret State, basada en la novela A Very British Coup, de Chris Mullin. Abro un paréntesis: Chris Mullin hubiera sido Isaías en la época adecuada. Es un analista certero, que cuenta la verdad desnuda y anuncia el mundo que viene. Para mí solo a la altura de LeCarré. La mini serie está protagonizada por un descomunal Gabriel Byrne, a quien muchas de las estrellas contemporáneas no llegan ni a la punta del zapato, y le acompañan en el reparto caras conocidas de otras series como Sherlock, Juego de Tronos, etc. Vedla si no la habéis visto. Es tan buena que ni los distribuidores se han molestado en ponerle un absurdo título en castellano.

Bien, en esa serie se nos cuenta una posible y muy verosímil trama que une a un banco público participado por capital privado, una multinacional petrolera estadounidense y unos políticos corruptos para simplemente gobernar, informar y dictar la política por encima de la voluntad democrática del electorado británico. Con toda la crudeza de la ficción investigada, sólida y verosímil, se nos muestra un retrato de “un golpe a la inglesa” (sería la única traducción posible, aunque setentera del título) que se ha dado en todas partes del mundo: simplemente los grandes bancos, las grandes empresas transnacionales y los burócratas grises y ambiciosos adecuadamente situados en un partido político son nuestra nueva dictadura.

En la ficción de la miniserie hay un retraso, porque no puede haber derrota, de ese golpe de estado operado sin un disparo, sin uniformes; solo con poder, con dinero, con los medios de comunicación y con gabinetes de investigación y de comunicación dopados con dinero de las energéticas. Pero nosotros estamos viviendo el triunfo de ese golpe, no solo en España, sino en toda Europa y, por supuesto, en Gran Bretaña.

Es imposible poner fecha, y lo será en los futuros libros de historia si es que hay un futuro y en él alguien hace historia, a un golpe fraguado desde los años 80, afianzado políticamente en los 90 y disparado en forma de conflicto global armado desde el 11 de septiembre de 2001. Cuando nosotros y nuestros hijos nos pregunten: “¿y tú dónde estabas cuando…?” no podremos responder con precisión, porque este golpe próximo a triunfar ha recorrido casi toda nuestra vida adulta. Sé dónde estaba cuando murió Franco, el 23 de febrero del 81, cuando ganó el PSOE en el 82 (antes o quizá en camino de ser cómplice del golpe), cuando entramos en la Guerra del Golfo, cuando cayeron las Torres Gemelas… Pero no sabría decir dónde estaba cuando empezó el golpe que se nos ha llevado lo público, la decencia, el valor del pensamiento, de la ética, de la razón y de la solidaridad. Estaba aquí, todo el rato. Haciendo otras cosas. Viviendo otra vida.

Es posible que la razón de mi militancia política sea, ahora, al menos poder responder que estaba haciendo algo.

Es decir: algo es algo.

¿No?

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Lecturas de Verano.


Los que crecimos en el mundo del “si no lo leo, no lo creo” no podemos entender del todo este mundo de “si no lo veo, no lo creo”. Por mucho que nos adaptemos, nuestra capacidad crítica, nuestro renegar de lo que se nos presenta en lo audiovisual, la organización misma de nuestra mente es contemporánea, pero no 4.0.

En nuestro mundo de ahora, nadie resiste pensar. No hay tiempo ni espacio para, por poner un ejemplo, largos discursos sobre la igualdad de la mujer. Ni hay debates sobre matices, diferencias, progresos y líneas futuras del feminismo. Hoy es más eficaz presentar el Congreso por la Igualdad de la Mujer en el Ajedrez, indignarse con las portadas de los diarios deportivos que ignoran los éxitos femeninos pero exageran los masculinos, mostrar las estadísticas y las víctimas de la violencia machista que publicar ensayos y análisis sobre estas dimensiones vistas por las mujeres. Este es solo un ejemplo. Pueden ponerse muchos sobre casi cualquier cosa –o punto de programa electoral–: modelo energético, pobreza, diferencia entre ricos y pobres, empleo, neoliberalismo, corrupción… Hoy lo que hay que hacer es, en lugar de explicar el concepto, rodearlo con imágenes, con indicadores, con fotos y videos. Acumulamos atribuciones y pistas en lugar de profundizar, analizar esas fotos, esos videos, el discurso que subyace, que habla por la ideología, que enmascara, desvela o distorsiona. Que construye realidad.

Creo que, por poner otro ejemplo, un síntoma de lo que digo es la vuelta de los “niños negros” a la publicidad recaudatoria de las ONGs y ONGDs. A finales de los setenta y en los ochenta, una reflexión común de estas organizaciones pidió que se acabase, incluso en los medios informativos, con la imagen de los niños desnutridos en situaciones extremas. Se suponía que era un atentado a la dignidad de esos niños, que a veces se utilizaban imágenes fraudulentas, que no ayudaba a reflexionar sobre la sustitución de la “ayuda” y la “caridad” por la solidaridad, que el hambre viene con la guerra, con la desigualdad y la codicia de las dictaduras que Occidente sostiene y alimenta, etc. Ahora no. Dejémonos de líos, si solo tenemos la atención de una persona durante 10 segundos, 140 caracteres o cualquier otro breve lapso de tiempo, no hay lugar para el pensamiento, para la reflexión, para la filosofía. Vuelve a poner al crío etíope –aunque sea para pedir dinero para un programa en Sudán del Sur–; vuelve a poner el charco de sangre; vuelve a la imagen sensacionalista, instantánea. Y déjate de análisis.

En nuestra profesión, la investigación de mercados, ha pasado también. De informes de 30-60 páginas, estructurados como el Tractatus de Wittgenstein (lo siento por los del plan nuevo: tendréis que ir a Wikipedia y no es un artículo fácil) hemos tenido que pasar a un máximo de 20 diapositivas con el menor número de polisílabos como sea posible. Y eso que estamos tratando con gente con másteres y tal. Pero no hay tiempo ni espacio mental para analizar de manera sosegada, multidimensional, incluso creativa (leer siempre lleva a recordar, a hilar, a tejer correspondencias, a suturar espacios vacíos entre realidades, lecturas y disciplinas). Un vistazo a los anuncios actuales y se verán las consecuencias de esta tendencia.

Leer, como vio muy bien el estructuralismo y el pobre y zurrado Heidegger, es desvelar. Como dijo Barthes, leer y analizar lo leído, lo hablado, lo significado, es hacer semioclastia, es montar una revolución por el solo hecho de cuestionar, de preguntar, de mirar a ver si el emperador no estará desnudo. Cuidado: no estoy hablando solo de lecturas de letra impresa o de libros electrónicos. Estoy hablando también de leer en la televisión, en el cine, en el teatro. En la diferencia entre La Clave y La Sexta Noche. En la diferencia entre Love Story y El Diario de Noah. En la necesidad de los productores escénicos de hacer o musicales basados en taquillazos u obras con tres o menos personajes y de una hora de duración, para ahorrar costes y, sobre todo, para no aburrir, para que la gente no tenga que leer escuchando y viendo.

No se trata de que cualquier tiempo pasado sea mejor, sino de que en espacios estrechos, tiempos breves y con códigos limitados, manidos, probados y testados por el marketing no hay manera de hacer clásicos. De construir un análisis atemporal, donde nos veamos a nosotros mismos y nos planteen las eternas preguntas de manera inteligente, nueva, abierta, desnuda. Estamos en la era de los remakes (que en otros tiempos eran despreciados como refritos), de la brevedad, del arte instantáneo y la neurona comodona. Estamos en el tiempo de quitar la Filosofía de las aulas y meter la religión de nuevo. Y es que es más duro, más largo y más revolucionario analizar el concepto de dios y el de la creencia que rezar un Padre Nuestro.

Que a nadie le extrañe que ahora las mujeres estén más fortalecidas y lideren los movimientos asociativos y muchas de las alternativas a la política tradicional en todo el mundo. Que a nadie le extrañe que el verano sea la época con más divorcios. Las mujeres leen en el metro.

Y en la playa.

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Pues a mí me van a perdonar, pero… (Un análisis breve y cualitativo del resultado del 26 de junio)


 

  1. Todo cuanto se discuta debe contextualizarse en el esquema cultural e ideológico de la percepción. La consecución de 71 escaños se está entendiendo de manera mayoritaria y comunicando en muchísimos foros como un fracaso. Los 230.000 votos sin escaño de PACMA, un éxito. O los 85 diputados del PSOE, que sigue celebrando comicios tras comicios los peores resultados de su historia como triunfos épicos, basándose en el muy profundo análisis del “p’ habernos matao”. Quizá será bueno recordar que ningún partido alternativo al PSOE para el electorado de izquierda había rebasado jamás los 21 escaños. Lo pondré en letra: veintiún escaños.
  2. Gran parte de esa percepción procede del hecho (conviene recalcar que esto es un hecho) de que la suma de los resultados de diciembre de Podemos y Unidad Popular-Izquierda Unida no se ha producido en junio. Y esa suma no se ha producido por dos vías, a mi entender:
  • La izquierda urbana no ha respondido a la coalición con entusiasmo. Y las claves para votar a Pablo Iglesias como Presidente del Gobierno del Reino de España no han sido suficientes, mientras que sí lo fueron para votarle como cabeza de la oposición o como pactador con el PSOE. A esto volveré luego.
  • En el caso de las circunscripciones clave para el dichos sorpasso, la gente de IU se quedó en su casa o se fue a la playa. Dichas circunscripciones clave como Salamanca, Ciudad-Real, Palencia o Zamora eran decisivas puesto que la suma de Podemos e IU con un poquito más de esfuerzo hubieran aportado escaños importantes, en ocasiones arrebatados al PSOE pero, sobre todo, arrebatando el tercer escaño (de cuatro o cinco) al Partido Popular. Como digo, en estas circunscripciones el voto ausente es sobre todo el voto IU. Pese a quien pese y convenga más o menos al análisis para futuras relaciones y alianzas.
  1. Pablo Iglesias ha cometido errores tácticos de bulto, cosa muy sorprendente en él y en un equipo que solo ha mirado lo táctico desde sus comienzos. Desde las “manos manchadas de cal” (hipérbole que a muchos nos da igual o consideramos verídica pero que a los votantes indecisos del PSOE ha espantado) hasta el abrazo a Zapatero y la socialdemocracia (reconociendo así el liderazgo discursivo del PSOE y autodestruyendo el discurso lineal y el rumbo táctico de Podemos desde 2014), pasando por un debate en el que Iglesias, que ganó de calle el debate del otoño, salió a empatar y, como pasa siempre, perdió ante un Rajoy al que unos y otros permitieron ganar de calle y casi sin bajarse del puro, la copa y el Marca.
  2. Pablo Iglesias no ha sabido ser candidato a Presidente, aunque sepa encarrilar el discurso indignado, contener el intelectualismo de algún adlátere y dar muy bien en los medios. No se puede estar despatarrado a la Hermida en una tertulia. No se puede ir en mangas de camisa a la Zarzuela, no se puede ir a un debate con el Presidente del Gobierno vestido de camarero (la camisa azul de diciembre, aún…), no se puede “tomar” el Congreso imponiendo formas fuera de protocolo sin medir tiempos ni espacios. Para ser Presidente tiene que votarte gente que no son los tuyos. Y eso no se hace, en la izquierda, pareciendo siempre un enfant terrible sin más fondo que la forma. Estos modos han espantado al posible voto izquierdista del PSOE pero sobre todo, en las “provincias clave” de las que he hablado, ha puesto en fuga a la gente de izquierda ilustrada muy exigente con las formas, muy exigente con los fondos y que pedía un precio muy alto por una coalición que, después de todo, no les encajaba del todo en su esquema.
  3. De ahí que haya que hablar de esta “coalición”. La pongo entre comillas porque Equo, que ya estaba, no cambió prácticamente su estatuto salvo en el beneficio de ver su logo en la papeleta, por un lado; por otro, que la tal coalición no lo fue sino en una forma un poco recatada, un poco en exceso virtuosa, un poco sí pero no. Si a eso sumamos el empeño absurdo, estúpido y contra todo manual (al que de facto se sumó Equo haciendo de su capa un sayo) de hacer campañas separadas… pero juntas en algunos actos… pero no tan juntas en otros… pero sin mencionar a Equo de ninguna de las maneras… Vamos que para mucha gente esto no era ni un matrimonio de conveniencia, casi ni por poderes. En realidad, no ha habido coalición, sino suma de siglas en espera de un milagro aritmético. Y las sumas, en política, solo suman si de verdad hay un contenido detrás de los números, si hay voluntad política de sumar, si hay algo más allá de la escenificación. Digamos de paso que la candidatura de Juan López de Uralde, co-Portavoz de Equo, volvió a ser la más votada de todo el Estado.
  4. Carmena, Colau y en general el pudor: a mí me parece que la gente de izquierda, el electorado de izquierda, de tonto no tiene un pelo. Que Manuela Carmena reniegue de la gente que, como mínimo, ayudó a que sea alcaldesa de Madrid y no haga campaña por la coalición es un mensaje de “huy, huy, huy ¿qué pasa aquí?”. Que Ada Colau sí, pero no, y no cierre la campaña, parecido. Que muchas caras visibles hayan desaparecido o hayan dicho que sí con la boca tan pequeña en los grandes escenarios electorales ha hecho crecer una cierta desmovilización. Percibiéndose estas cositas como detalles significativos. Estas cositas y las cositas de pablo y las cositas de las peleas internas, y las cositas de Llamazares… muchas cositas iban siendo.
  5. Los planificadores de estrategia de Podemos han cometido algunos desmanes, como predeterminar “dónde suma y dónde no suma IU”, dónde había que ningunear a IU en campaña y dónde “usar” su presencia local o de activistas. Se han permitido algunos nombramientos de candidaturas erráticos, y a veces hasta injustificables, pensando en que la suma podría con todo. En algunas circunscripciones, a pie de trinchera, estas cosas han dañado enormemente el trabajo cotidiano de campaña y ha ofendido a muchas personas que, creo y lo creeré, finalmente se quedaron en su casa. Que estos desmanes no se hayan evitado o corregido desde ningún órgano común de la coalición hace patente que, como he dicho, de coalición como trabajo conjunto, nada. Ha sido como esos padres divorciados que siguen visitando a los abuelos con los niños fingiendo que siguen juntos para que a los pobres abuelos no les dé un chungo.
  6. Por lo demás: un PP reforzado por la abstención y con la mejor estrategia de campaña jamás diseñada en España desde el 82: no hacer campaña. Un PSOE celebrando una derrota porque se había ganado al coco de las coletas. Un C’s cuya inflación demoscópica ha vuelto a ser desmesurada y un país en general que prefiere lo corrupto conocido a un cambio que no ve real, que no ve estable y que no ve como una alternativa creíble, educada y abierta, sino prepotente, indocumentada y sectaria.
  7. También creo que la “visibilidad de papeleta” y las dificilísimas relaciones UP-IU con Podemos nos han vuelto a otorgar, en especial en algunos territorios importantes donde tenemos concejales o diputados autonómicos, un papel de agentes del consenso y el acuerdo, de activistas trabajadores y de hombres y mujeres preparados, educados, abiertos y políticamente sólidos que para el futuro y para las próximas convocatorias electorales hay que concretar. En especial para, a partir de ahí, establecer una estrategia de consolidación y liderazgo en las confluencias. Pasemos de ser el “pegamento verde” al “pegamento verde con liderazgo incluido”. Parece que esa, para Equo, es la mejor noticia de estas elecciones pasadas.
  8. Sobre las encuestas: Solo hay un tipo de encuesta fiable, eso ya lo sabemos: las que hace o encarga uno para sí. El resto solo es publicidad pagada o, lo que es peor, incompetencia sin castigo ejercida por personas que están ensuciando, empobreciendo y rebajando la profesión demoscópica. Existe una manera clásica de cocinar resultados de manera fiable: la combinación de las técnicas cualitativas con las cuantitativas. O mejor, la convergencia de técnicas. Está claro que a la ciudadanía en general le divierte mentir ante el teléfono o en una entrevista personal. Es un clásico de las últimas elecciones el sobredimensionamiento de Ciudadanos y Podemos y la enorme cantidad de voto oculto que siempre esconde el voto de misa+colegio electoral del PP. En el segundo caso, gracias a la historia y a la realización de muchos estudios de base en la época de las vacas gordas de la demoscopia, PP y PSOE son relativamente fáciles de cocinar. Pero partidos con poca o reciente implantación son otra cosa: se necesita “acosar” a los números con discurso, llenar de contenido una opción que mueve muchos indecisos o lleva a las urnas a una gran cantidad de abstencionistas. En este caso no se ha hecho. Incluso se ha publicado alguna encuesta de la que nadie tiene noticias entre las empresas que organizan el campo (es decir, los que llaman a las casas o salen a entrevistar a la gente).  Que estas empresas no acierten ni remotamente los resultados y se les siga contratando es la prueba de que el interés no es que acierten. Es obvio que su función es más publicitaria o distorsionadora que técnica. Lo que es una vergüenza para la profesión. Es cierto que muchos pensamos, además, que la cuestión del brexit iba a tener consecuencias  en las urnas. Y así creemos muchos que ha sido. Pero eso no puede explicar la diferencia entre las israelitas de RTVE-FORTA y la realidad final. La única explicación a que las encuestas ni se acerquen al resultado con 115.000 entrevistas es… ¿el fraude?.

En fin, todo para volver a las urnas en año y medio…

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