Lecturas de Verano.


Los que crecimos en el mundo del “si no lo leo, no lo creo” no podemos entender del todo este mundo de “si no lo veo, no lo creo”. Por mucho que nos adaptemos, nuestra capacidad crítica, nuestro renegar de lo que se nos presenta en lo audiovisual, la organización misma de nuestra mente es contemporánea, pero no 4.0.

En nuestro mundo de ahora, nadie resiste pensar. No hay tiempo ni espacio para, por poner un ejemplo, largos discursos sobre la igualdad de la mujer. Ni hay debates sobre matices, diferencias, progresos y líneas futuras del feminismo. Hoy es más eficaz presentar el Congreso por la Igualdad de la Mujer en el Ajedrez, indignarse con las portadas de los diarios deportivos que ignoran los éxitos femeninos pero exageran los masculinos, mostrar las estadísticas y las víctimas de la violencia machista que publicar ensayos y análisis sobre estas dimensiones vistas por las mujeres. Este es solo un ejemplo. Pueden ponerse muchos sobre casi cualquier cosa –o punto de programa electoral–: modelo energético, pobreza, diferencia entre ricos y pobres, empleo, neoliberalismo, corrupción… Hoy lo que hay que hacer es, en lugar de explicar el concepto, rodearlo con imágenes, con indicadores, con fotos y videos. Acumulamos atribuciones y pistas en lugar de profundizar, analizar esas fotos, esos videos, el discurso que subyace, que habla por la ideología, que enmascara, desvela o distorsiona. Que construye realidad.

Creo que, por poner otro ejemplo, un síntoma de lo que digo es la vuelta de los “niños negros” a la publicidad recaudatoria de las ONGs y ONGDs. A finales de los setenta y en los ochenta, una reflexión común de estas organizaciones pidió que se acabase, incluso en los medios informativos, con la imagen de los niños desnutridos en situaciones extremas. Se suponía que era un atentado a la dignidad de esos niños, que a veces se utilizaban imágenes fraudulentas, que no ayudaba a reflexionar sobre la sustitución de la “ayuda” y la “caridad” por la solidaridad, que el hambre viene con la guerra, con la desigualdad y la codicia de las dictaduras que Occidente sostiene y alimenta, etc. Ahora no. Dejémonos de líos, si solo tenemos la atención de una persona durante 10 segundos, 140 caracteres o cualquier otro breve lapso de tiempo, no hay lugar para el pensamiento, para la reflexión, para la filosofía. Vuelve a poner al crío etíope –aunque sea para pedir dinero para un programa en Sudán del Sur–; vuelve a poner el charco de sangre; vuelve a la imagen sensacionalista, instantánea. Y déjate de análisis.

En nuestra profesión, la investigación de mercados, ha pasado también. De informes de 30-60 páginas, estructurados como el Tractatus de Wittgenstein (lo siento por los del plan nuevo: tendréis que ir a Wikipedia y no es un artículo fácil) hemos tenido que pasar a un máximo de 20 diapositivas con el menor número de polisílabos como sea posible. Y eso que estamos tratando con gente con másteres y tal. Pero no hay tiempo ni espacio mental para analizar de manera sosegada, multidimensional, incluso creativa (leer siempre lleva a recordar, a hilar, a tejer correspondencias, a suturar espacios vacíos entre realidades, lecturas y disciplinas). Un vistazo a los anuncios actuales y se verán las consecuencias de esta tendencia.

Leer, como vio muy bien el estructuralismo y el pobre y zurrado Heidegger, es desvelar. Como dijo Barthes, leer y analizar lo leído, lo hablado, lo significado, es hacer semioclastia, es montar una revolución por el solo hecho de cuestionar, de preguntar, de mirar a ver si el emperador no estará desnudo. Cuidado: no estoy hablando solo de lecturas de letra impresa o de libros electrónicos. Estoy hablando también de leer en la televisión, en el cine, en el teatro. En la diferencia entre La Clave y La Sexta Noche. En la diferencia entre Love Story y El Diario de Noah. En la necesidad de los productores escénicos de hacer o musicales basados en taquillazos u obras con tres o menos personajes y de una hora de duración, para ahorrar costes y, sobre todo, para no aburrir, para que la gente no tenga que leer escuchando y viendo.

No se trata de que cualquier tiempo pasado sea mejor, sino de que en espacios estrechos, tiempos breves y con códigos limitados, manidos, probados y testados por el marketing no hay manera de hacer clásicos. De construir un análisis atemporal, donde nos veamos a nosotros mismos y nos planteen las eternas preguntas de manera inteligente, nueva, abierta, desnuda. Estamos en la era de los remakes (que en otros tiempos eran despreciados como refritos), de la brevedad, del arte instantáneo y la neurona comodona. Estamos en el tiempo de quitar la Filosofía de las aulas y meter la religión de nuevo. Y es que es más duro, más largo y más revolucionario analizar el concepto de dios y el de la creencia que rezar un Padre Nuestro.

Que a nadie le extrañe que ahora las mujeres estén más fortalecidas y lideren los movimientos asociativos y muchas de las alternativas a la política tradicional en todo el mundo. Que a nadie le extrañe que el verano sea la época con más divorcios. Las mujeres leen en el metro.

Y en la playa.

Anuncios

, , , , , , ,

  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: