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¿Para qué seguir si no hay más que un océano de estupidez? (Apunte sobre el compromiso político)


Il n’y a point d’amour sans un peu d’innocence.

Albert Camus.

(No hay amor sin un poco de inocencia)

 

Hace nada he reencontrado, tras más de 30 años de hueco, a uno de los grandes amores de mi vida. Un amor nada o poco físico, lo que lo hace sospechosamente redondo, envolvente y decisivo, aunque no total, ni finito.

Mientras hablábamos para contarnos la secuencia de nuestras vidas desde que las separamos de un tirón cuando aún éramos apenas jóvenes ella dijo una frase que cuajó mi lectura de la diferencia entre lo que pasó cuando éramos adolescentes y lo que está pasando ahora y la reacción –o, mejor, la no reacción—de nuestros adolescentes y jóvenes de ahora, entre los que se encuentran nuestros hijos respectivos: nous étions innocents; nous croyions.

Nosotros éramos inocentes, nosotros creíamos. La creencia nos sacaba a la calle, a las asambleas, a las manifestaciones, a las coordinadoras de estudiantes, a las asociaciones para conseguir casas de la juventud, polideportivos, locales para ancianos del barrio. La creencia nos hizo negociar y dejar que el cóctel molotov y la devolución de botes de humo fuera sustituida –a regañadientes y en el fondo sabiendo lo que iba a pasar—por aquella izquierda que acabó volviendo a los pasillos enmoquetados, a las corbatas de tonos azules, a los trajes oscuros, a la amnesia.

Nosotros éramos inocentes. Nosotros creíamos. Lo dijo en francés, porque aunque habíamos recuperado la costumbre de cuando éramos críos de hablar cada uno en el idioma del otro, una declaración importante, un abrazo o un paseo la decíamos, lo dábamos o lo recorríamos siempre en nuestro idioma materno. Cuando venía a España, ella se encontraba en un lugar deslavazado, que apenas florecía para irse de juerga, de movida, mientras creía dejar atrás fantasmas en blanco y negro. Se encontraba con gente agresiva que la miraba con ojos depredadores, por extranjera, o con ojos de odio, por francesa, o con incomprensión, porque fumaba y se movía con libertad de la buena, de la que cría gente libre, no de la que la autoriza, como la nuestra.

Yo en ella no veía a la francesa liberada –en palabras de la época, que sustituían a puta, libertina, etc.—sino a una embajadora del mundo con el que algunos habíamos soñado. En ella veía a una república, a la mujer que liaba pitillos de tabaco de pipa, a la mujer que sabía emborracharse porque sabía leer y pintar mundos, porque era igual a los hombres, porque venía de esos planetas satanizados por el franquismo, ignorados por nuestras escuelas, soñados en nuestros viajes de InterRail. Maduramos en la utopía y crecimos en la fe. Ella enseñándome lo que era, yo a veces mostrándole lo que podría ser. Llevábamos, como en la canción, ojo al camino y ojo en lo porvenir. Vimos Alien cuando no era Alien. Paseamos Madrid antes de Tierno y lo medio construimos. Parimos y empujamos la transición de las boîtes a los garitos, de la Gran Vía a Malasaña. Y vimos cómo poco a poco la utopía se convertía en movida; la poesía de la protesta en ripios pop y el mundo nos separó quizá por no haber sabido quedarnos en aquél Madrid, en aquel bar o en aquel cine.

Nos vendieron a los ochenta y nos dejamos comprar. Traficaron con nuestra inercia profesional y social. Y ahora nos reencontramos y miramos a la cara a nuestros sueños de entonces y a nuestros hijos. Y son éstos los que nos enseñan el cadáver de aquéllos. Ellos saben que enterramos el sueño, que no hay inocentes y que las ruedas de la historia van a seguir hacia adelante implacables, mientras contemplamos la estupidez, la avaricia y el sinsentido. Nuestros hijos lo saben, lo viven y nos lo enseñan con esa tranquilidad con la que se toman que mañana ya no es una palabra que trascienda al puro calendario, a la agenda.

Pero ¿qué nos queda sino seguir combatiendo, seguir denunciando, seguir gritando, seguir poniendo en peligro nuestro encaje? Que nuestros hijos nos miren como a idiotas, como a ilusos, como a aquellos dos que fueron al cine aquella vez, cuando fueron a comprar sellos, cuando se abrazaron.

Por más que casi no nos queden ganas, aún nos queda la memoria.

Sigamos.

Merci bien, Françoise.

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El cangrejo educativo. Empieza el curso


Vaya por delante que provengo de familia militar por una parte y, por otra, de maestras y maestros. Maestra fue mi madre, muchas de sus tías, tíos y primas y primos, maestra es mi hermana y dos de mis cuñados. Maestros son amigos y amigas y algunos enemigos también. Yo mismo fui profesor asociado en dos o tres universidades. En la Complutense, durante once años. He realizado investigaciones de base en bastantes temas relacionados con la educación, la formación para el empleo, el abandono, el fracaso escolar, la formación de formadores, la evaluación y el impacto de leyes en las aulas… Además, como padre, he estado del otro lado del aula, de la institución.

Quiero decir con esto que todo lo que el amable lector, la amable lectora, va a leer a continuación está escrito desde el conocimiento y el cariño. Pero también desde un conocimiento profundo y un cariño condicional, propio de quien conoce el percal desde dentro y desde fuera. También está escrito después de muchos borradores, de muchos textos abandonados, de mucha piedad mal entendida.

Todo esto viene al caso de un par de noticias recientes: la de que la Comunidad de Madrid ha multiplicado por 10 las subvenciones a centros privados que discriminan por sexo y una carta chulesca, indigna e indignante de la que algunos docentes están presumiendo y que muchos están divulgando por la red de redes y que reproduzco aquí (no voy a comentar el lamentable uso de las comas del sujeto que ha perpetrado este texto):

“Estimadas familias:

De cara a este curso que estamos a punto de comenzar me gustaría aclarar algo que, al parecer, no quedó bien explicado el año pasado.

Ni Whatsapp es el canal de comunicación oficial con las familias, ni el pasillo de congelados de Mercadona mi lugar favorito para reunirme con ustedes.

Por más que les pueda parecer increíble, yo tengo una vida fuera del colegio que deseo compaginar con mi vida profesional. Por ello, les ruego que concierten una cita a través de la plataforma oficial ofrecida para ello, que, permítanme que les recuerde, no da calambre.

Aprovecho también para recordarles que mi asignatura está valorada del 0 al 10, por lo que se aprueba con, al menos, la mitad, o sea, con un 5. Asimismo, me tomo la libertad de informarles de que toda nota comprendida entre el 0 y el 4,99 es, ¡oh, sorpresa!,  inferior a 5, por lo que supone un suspenso.

Sin otro particular, reciban un afectuoso saludo.

Fdo: (sic) el capullo de inglés”

Aquí tenemos dos polos del profundo deterioro del sistema de educación pública. De un lado, un partido nacionalcatólico que subvenciona ilegalmente a centros donde, desde las mismas condiciones de acceso se viola la Constitución y, por tanto, la legalidad vigente. Como a los de izquierda no nos da por estudiar Derecho seguramente no habrá nadie que se querelle contra este desafuero político, legal y educativo. Los recortes son los más severos de Europa y España ya es el tercer país no solo en pobreza infantil, sino –por la cola—en inversión en educación, investigación y desarrollo.

Venimos, además, de una sucesión ininterrumpida de leyes orgánicas para la educación que ha significado un deterioro de visión política, estratégica y de futuro tan lamentable que muchos lloran por recuperar el espíritu y la letra de la Reforma del 70. Hasta desde el punto de vista anecdótico es percepción popular (acientífica pero creo que precisa) que un librito de texto actual es el resumen del subrayado de la síntesis de los libros de texto de décadas anteriores. El pecado de la mal llamada y peor usada “facilitación”.

Venimos también de una tradición –secular ya a estas alturas—de formación de maestras y maestros, mal llamados docentes, gracias a una carrera corta y de muy baja exigencia o de personas licenciadas que con un simulacro de curso de adaptación, pueden perpetrar clases magistrales con licencia para arruinar vidas en un aula.

El llamado “sistema”, por tanto, crea y reproduce las condiciones objetivas para que nuestra educación sea un desastre, nuestras escuelas e institutos una burla y nuestro futuro como nación, un funeral. Muchas y muchos de los docentes entrevistados a lo largo de los años recuerdan aquello de que si un viajero en el tiempo del siglo XVI viera un hospital moderno, se santiguaría y atribuiría todo lo que ve a una magia divina o diabólica, mientras que se sentiría perfectamente en casa en un aula.

Pero ¿qué tenemos al otro lado? Una tipología de trabajadores en los centros educativos que, a grandes rasgos, consiste en:

  • La víctima perpetua: los padres, los alumnos y el sistema son una malla de conspiración para acabar con su vida y con su salud. Los padres exigen, los alumnos no hacen ni caso, el sistema es sordo. No tiene arreglo. No tiene ni pajolera idea de cómo acabar con la situación, fundamentalmente porque los cursos de formación de formadores que podrían darle herramientas para lidiar con los problemas que le acucian son “una pesadez” o “un aburrimiento” o “no se corresponden con mi realidad profesional” y además son en fin de semana o fuera de las horas lectivas. Ni siquiera se pagan.

 

  • El impermeable: su aula es su castillo, su torre del homenaje, su bunker del Reichstag. Así ha sido antes que él y será cuando él o ella ya no esté. Innovaciones educativas, propuestas de aula abierta, aprendizaje de acompañamiento, reformas didácticas, estructurales, administrativas… todo se estrella y desaparece en la puerta de ese aula estanca, blindada, donde alumnos en silencio copian entre bostezos y siestas unos apuntes al dictado, vigentes ya cuando Cisneros estrenó escuela.

 

 

  • El vago de siete suelas: como en muchos ámbitos modernos, son personas que “están agobiadas de trabajo”, que “no les da el tiempo para tanto como tienen que hacer”, cuya jornada es de 25 horas lectivas de media (18 en Primaria en Cantabria, por ejemplo) y cuyos días festivos pueden alcanzar, en años de ingeniería pontificia favorable, los 211 días no docentes. Y digo no docentes porque esta persona agotada debería trabajar en julio y muchas de las horas no lectivas que pasa en el centro. Pero no lo hace. Es muy probable que, por el contrario, esté en la sección de congelados de Mercadona. Este tipo de docente puede ser la misma persona que el impermeable. Y firme defensor de la escuela pública… en lo que respecta a reivindicaciones laborales.

 

  • El que no se ha enterado, el rebotado: este es quizá el tipo más extendido. Es el que no se enteró de nada cuando eligió carrera. El que resume su quehacer en el colegio o el instituto en la frase, aplaudida tantas veces en las redes: “aquí sus hijos vienen a estudiar, educado se viene de casa”. Bien, permítanme que lo diga de manera suave: si esa es su creencia sobre su trabajo en educación, deje el trabajo. Váyase a casa. Deje de joder la vida a los críos y a las crías y a sus familias, deje de ser cómplice del sistema y encuentre una manera de reciclarse en algo que le sea de provecho. Toda la convivencia con las personas es mucho más que una simple y pura interacción docente. Desde el micro gesto hasta la metodología, desde la manera de andar por los pasillos hasta el coche que se conduce, todo es educación para el alumnado, todo puede ser aprendizaje para el propio docente. Si un docente no quiere ser educador no puede ser docente por definición, porque las dos palabras son sinónimas. Es más: como profesionales estas personas deberían tener recursos que los padres y las madres no tienen –ni tienen por qué tener—para enfrentarse a los problemas de familias, chavales y centro. La tarea educativa es de todos, docentes, familias, centros, administraciones… En fin, ese meme famoso de que se necesita toda una tribu para educar a una criatura que estos cínicos cuelgan luego en sus historias de Facebook. A la escuela no se va a aprender datos, se va precisamente a educarse. Si un maestro republicano escuchase a estos majaderos se le llevarían los demonios. Y no solo viendo lo que cobran por ser autómatas sin corazón que además, ojo, odian su trabajo. Por cierto: si a la escuela hay que ir educado de casa, ¿por qué los deberes? ¿No deberían venir a casa estudiados de la escuela?

 

  • Finalmente, el educador que se lo creyó: esta pobre persona sale de la Facultad, de la Escuela o del Curso de Capacitación consciente de la responsabilidad que asumió cuando decidió ser educador o educadora. Sabe que el futuro la está mirando y llega al centro con ideas, con trabajo. Habla con los padres cuando los padres pueden, trabaja las horas de tutoría donde le pilla, acompaña el aprendizaje con metodologías nuevas, experimenta, discute, aporta… ante la indiferencia o la agresividad de compañeras y compañeros a quienes –y esto lo hemos oído de profesionales en primera persona—estas personas vienen a mover el asiento, a fastidiar sus rutinas, a poner en cuestión. Estas personas se ven ninguneadas cuando no acosadas o directamente marginadas porque quieren trabajar, porque quieren reunir a los equipos, a las jefaturas de estudios, a orientadores, porque van y convoca a cursos de reciclaje, de formación continua, de nuevas tecnologías… porque quieren hacer del centro un ecosistema educativo y no un aparcamiento de menores con lecturas. Poco a poco irán minando su moral, sus ganas de trabajar hasta que unos se cansan, otros adquieren el color ceniciento del maestro funcionario y otros se van a otro trabajo, asqueados, asqueadas de tanto darse contra una pared que empieza desde la misma aula contigua.

 

El respeto por los trabajadores y trabajadoras de la enseñanza ha sido víctima de un sistema de locos como he tratado de explicar al principio. Pero también ha sido dilapidado por los tipejos que acabo de describir. El respeto no es un derecho. Las personas que trabajan en los centros educativos solo tendrán el respeto de los padres y de los alumnos cuando sean educadores. Y eso lo sabemos todos y todas las que hemos pasado por un aula. Alguien cercano, volcado y que trabaja nunca va a perder el respeto de alumnos ni padres aunque es muy probable que tenga problemas con el de sus compañeros.  El respeto se merece, se conquista, se ejerce, tiene que ser mutuo. Tiene que huir de esas actitudes chulescas e intolerables como la de ese “capullo de inglés” que ni siquiera escribe bien en castellano. Porque: ¿cómo explica ese cretino la centésima que va del 4,99 al 5 en una asignatura como Inglés? ¿Así se gana el respeto de unos padres que están asustados, que no pueden conciliar sus horarios laborales con los de los centros, que no entienden por qué sus hijos salen de Primaria con menos cultura general que ellos, que no comprenden por qué el peso de las tareas en casa es mayor que el que se realiza en el aula, haciendo que muchos padres se agobien frente al nivel o el tiempo que no tienen ante la demanda de sus hijos?

Salvar la enseñanza pública, arrebatársela a los nacional-católicos, regenerar el suelo de nuestro futuro investigador, científico y de conocimiento no solo depende de nuestra contestación al sistema, que debe ser rotunda y, sobre todo, mucho más ambiciosa que la pura reivindicación de derechos laborales. Salvar la enseñanza pública significa que los docentes empiecen a asumir que son educadores, que son acompañantes, que su enemigo no son ni los padres ni los chavales, asustados y sin futuro.

La Escuela Pública no es la educación estatal, ni los centros, ni los requisitos académicos o administrativos. La Escuela Pública es la comunidad haciendo su trabajo educativo, de concienciación, de creación de personas críticas, de siembra de actitudes y conocimientos de convivencia, educación para el conflicto y profundización en los saberes.

La guerra siempre es contra los mismos. No les demos más armamento.

P.S.: las nuevas tecnologías en el aula no son introducir el Power Point o la pizarra electrónica para hacer lo mismo y aburrir igual que cuando se usaban los encerados o los retroproyectores. Pero esa es otra historia.

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Madrid no es Lavapiés.


Cuando se piensan políticas de movilidad y ambientales (aspectos  que en la época en la que estamos y para lo que viene son inseparables) para Madrid se corre el riesgo de ser y pensar como un madrileño. Y pensar como un madrileño es terrible porque para un Madrileño no existe nada más que Madrid. Para ser exactos, el centro de Madrid.

Londres, París y otras capitales entendieron que el desplazamiento de la vivienda respecto de los centros laborales y financieros requería de una red de transporte público rápida, eficaz y disuasoria. Vivir en el centro de París o de Londres, fuera de los barrios degradados que tienen repuntes cíclicos, los precios y las condiciones de calidad de vida para, por ejemplo, niños y ancianos, hacen casi imposible que se pueda vivir y trabajar en el centro si no se pertenece al cuerpo de funcionarios, si no se tiene acceso a un alquiler de renta antigua o si no se ha heredado la vivienda familiar –en condiciones de pagar comunidades y contribuciones que no suelen ser baratas.

Vivir en Madrid es algo raro. Especialmente en el centro histórico y de negocio. Edificios enteros vacíos, inmuebles dedicados a la hostelería en todos los grados de capital, comercios grandes y pequeños, oferta hostelera  y –cada vez menos—sucursales bancarias ocupan un enorme porcentaje del Madrid comprendido dentro del límite de la M-30. Aunque hay habitantes y barrios jóvenes –habitualmente a precios prohibitivos–, lo normal es que las periferias-dormitorio y las localidades que cada vez se acercan más a Madrid sean las que acogen las viviendas de los madrileños.  Es más, se da la circunstancia de que quienes viven fuera trabajan dentro y muchos de los que viven dentro trabajan fuera.

Otras empresas y personas decidieron irse a la periferia por muchas razones. Las empresas, por la cercanía al aeropuerto, a las estaciones de AVE y a las conexiones por carretera “que no tocan Madrid”. Pero también por el precio del metro cuadrado en polígonos y edificios separados del centro de Madrid a veces por menos de seis o siete kilómetros.

Las personas se fueron porque podían optar a mejores viviendas, a más metros cuadrados y a espacios seguros y servicios asequibles para niños, ancianos y su propio ocio. Efectivamente, uno de los pecados capitales de la economía y de la mentalidad española es que pagar un alquiler en el centro de Madrid (entre Lavapiés y Bilbao, por ejemplo) por una vivienda de 70 metros cuadrados no solo representa casi la misma cantidad que se pagaría por la vivienda en propiedad, sino que es múltiplo en un factor de hasta 5 de lo que cuesta un chalet de 200 metros cuadrados con jardín a unos 35 kilómetros de la capital.

Estos y otros factores (por ejemplo factores relacionados con el ocio: locales para artes escénicas, cines, bares y restaurantes de alta gama, museos, galerías de arte, etc.) provocan que el tráfico y el medioambiente madrileño sea víctima del hecho de que la gente entra y sale constantemente de Madrid. Con ello las entradas y salidas se colapsan, los tiempos dedicados al desplazamiento suben en detrimento de la productividad, aumenta el riesgo de accidentes y empobrece la calidad del aire.

Algunas de las medidas más celebradas para paliar las consecuencias de estas locuras sistémicas son el estacionamiento regulado (o SER), los límites de velocidad en las vías de circunvalación y la penalización por entrar en la ciudad a los vehículos más contaminantes (por cierto, recordemos que fueron las autoridades públicas, siempre cómplic… digo… cercanas al criterio de las empresas automovilísticas, las que nos hicieron comprar coches diésel y ahora nos castigan por tenerlos).

Hace poco se declaró la intención, por parte del Ayuntamiento de Madrid, de ampliar el SER, el pagar por aparcar, vaya, a todas las horas del día y todos los días de la semana. Lo cual sería estupendo si viviéramos en Londres o si todos los madrileños y todas las madrileñas viviésemos en Lavapiés, o en Bilbao, o en Sol o, incluso, en el Paseo de Extremadura. Si fuera lo segundo, tendríamos a tiro de sano paseo prácticamente todos los oficios y servicios. En todo caso, dispondríamos de una estupenda red de autobuses, metros, taxis, etc. Que garantizaría nuestra proximidad temporal a nuestros destinos.

Si fuera en Londres, tendríamos una estupenda red de trenes metropolitanos, de Metro y autobuses que, desde el siglo XIX han ido en crecimiento paralelo (y a veces anticipado, cosas de los guiris que van y planifican) de la ciudad. Además, el alcalde y los ediles de distrito saben que Londres no es solo el Pall Mall. Saben que londinenses, por desplazamiento familiar, trabajo u ocio, son todos los que viven en el radio que comprenden las líneas de cercanías que permiten acceder a la City en menos de dos horas. El transporte público londinense es bastante caro, pero tiene algunas ventajas sobre el madrileño: los que trabajan por allí cobran bastante más, por lo que el precio del transporte les es oneroso pero no tanto; el alcance del transporte público es ubicuo, y los tiempos laborales, vitales y hasta de horario de luz están adaptados para una vida laboral hasta cierto punto ordenada, racional y sostenible.

En Madrid tenemos otro criterio, al parecer, porque consideramos que los que vienen de fuera no son realmente madrileños, ya que no viven en Lavapiés o, como mucho, en Moratalaz. No importa que en Madrid vivan los abuelos o los padres. No importa que en Madrid estén los lugares de trabajo. No importa que los cines, los teatros, los restaurantes, los museos y las salas de concierto estén aquí, en Madrid. Vamos a hacer una cosa: que no vengan. Que vayan a los centros comerciales de la periferia. Que en Madrid solo vayan a los lugares de interés o de trabajo los guiris y los madrileños de verdad.

Porque aunque la periferia Este-Sur-Oeste tiene una excelente red de transporte público, esa red cierra a las once si son autobuses y a la una si es metro. Si es tren de cercanías nadie lo sabe, pero acaba pronto. Si son autobuses periféricos… bueno, es casi más barato compartir un helicóptero. Si vives en el eje de la A-1 a lo mejor tienes un autobús cada seis horas. Ninguno más allá de las once de la noche. Y el billete puede costar entre  3,80€ y 5€. Claro que la gente de la sierra pobre, de la Sierra Norte, es poca. Hay poco votante. Y son rarillos.

Nada hablemos de las personas que por motivos laborales o académicos se trasladan a Madrid, a diario, desde Toledo, Guadalajara, Segovia e incluso Ávila o Cuenca. Si quieren cine, que se compren un DVD. Si quieren música, un loro. Y si quieren un teatro, que lo monten en su Casa de la Cultura.

Sé perfectamente que muchos de estos factores no son competencia del Ayuntamiento de Madrid. Pero no son factores que se puedan despejar por las buenas de la planificación y la gestión: al contrario, son factores que hay que tener muy en cuenta y que pueden condicionar el futuro de la ciudad en todos los  aspectos. Hay que tener mucho cuidado a la hora de prohibir entrar o aparcar a las personas que no tienen transporte público acompasado con sus necesidades laborales, vitales ni de ocio. Hay que tener mucho cuidado a la hora de cerrar una ciudad creyendo que la ciudad solo la habitan, la sostienen y la viven los que viven en su centro.

Ya comprendo que para un madrileño es difícil pensar, no ya que existe gente más allá de la M-30, sino que haya vida (inteligente o no) más allá de Las Rozas. Pero creo que la gestión política debe ser equitativa, debe planificar, debe tratar con igualdad a toda la ciudadanía.

Pero por encima de todo, la gestión política de una ciudad como Madrid tiene que ser consciente de que hay madrileños que duermen en Segovia. Y que Madrid no es Lavapiés.

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La Asociación de la Prensa y algún pecado original.


“Me han publicado una carta al director en El País”. Estas diez palabras, en nuestro entorno giliprogre, eran el equivalente afrodisíaco a “me he entrevistado con Fidel Castro” o “he cenado en la Bodeguiya”. En otros ambientes sería el equivalente a “¿quieres dar una vuelta en mi Ferrari?” o “acabo de volver de la Unión Soviética”. A elegir. A mí me han publicado tres. Pero una de ellas –asómbrense, damas y caballeros—en un domingo. Impresionante.

Las cartas al director eran la punta del pequeño iceberg invisible de todas las personas que querían o queríamos matizar una noticia, una opinión, una información. A veces se usaban para corregir, otras para encomiar, otras para procurar un punto de vista adicional sobre lo que se leía en un diario o en cualquier otro medio escrito. Había incluso “profesionales” de la carta al director, gente con tiempo libre y pluma celosa (de no poder escribir ellos a su vez en el diario o la revista de sus entretelas) que rumiaba y enviaba su opinión de manera constante y que también con cierta regularidad veían publicada su misiva.

Cuando aún era un diario de referencia y prestigio, El País lo leíamos de atrás hacia adelante. Primero, la columna de opinión de la contra. Después la tele, especialmente en la época gloriosa de Antonio Albert, una de las mejores y más afiladas plumas que jamás he leído. Luego, los deportes, después a Joaquín Vidal si eras aficionado a los toros, si no, sociedad, Madrid, Tribuna Libre, los editoriales y, por supuesto, las cartas al director. Solo cuando había algo muy gordo o algo muy cercano se aventuraba uno en las páginas primeras, las de Internacional.

Por supuesto, El País no era el único medio escrito con cartas al director. Hasta los cómics tenían su sección, y los tebeos si se me perdona el guiño. Eso además diferenciaba a estos medios de esa comunicación prescriptora, sin ventanas, autoritaria y de traje que eran los informativos audiovisuales, tanto de radio como de televisión. Y eso aun cuando la radio tenía sus ventanas abiertas a los oyentes, que rara vez tuvo la televisión. Especialmente la buena televisión.

Todo esto, queridos señores de la Asociación de la Prensa de Madrid, es un retrato de un tiempo que no volverá. Ahora, señores de la Asociación de la Prensa de Madrid, sus medios, sus periodistas, sus técnicos, sus redactores, sus fotógrafos, sus becarios, sus mensajeros… todo quisque que tenga que ver con un medio de comunicación y cualquiera que sea su formato, está sometido a las reglas de las redes sociales.

Ahora a un medio o a un periodista o al mismo dios, se le puede zarandear, trolear, discutir, y coger virtualmente de las solapas. Ahora –aunque rechace de lleno el hecho—están ustedes sometidos a lo que estuvimos todos sometidos desde hace mucho tiempo: la agresión, el escrutinio infame de gente sin escrúpulos, a señoritos del tiempo libre que solo saben insultar, perseguir y obrar con zafiedad. Ahora las puertas que les unen con la sociedad (con lo bueno y lo malo de la sociedad) están abiertas de par en par.

Claro que ustedes no son inocentes del todo. Han cometido algunos pecados que deberían considerarse como mortales si existiera una religión sancionadora en su oficio. Enumeraré unos poquitos que, con todo este susto de las nuevas tecnologías, las nuevas redes en la nueva sociedad, les han debido pillar a ustedes de improviso, con la guardia baja:

  1. Han permitido ustedes comparecencias de responsables públicos sin que se les ofrezca la oportunidad de preguntar. Dicho en llano, ruedas de prensa sin preguntas. Lo que, como todos los que trabajamos en esto sabemos, no tiene más nombre que
  2. Como corolario del punto anterior, han dejado ustedes pasar nada menos que el hecho de que el Presidente del Gobierno del Reino “comparezca” –apenas puedo aguantar la risa al pronunciar esa palabra—ante sus medios a través de una pantalla de tv por circuito cerrado.
  3. Han mirado ustedes hacia otro lado, o no se han dado cuenta cabal, cuando los profesionales a los que deberían representar han denunciado acoso político en medios públicos.
  4. También como epítome de lo anterior, parece que no han tenido noticias de la introducción de redacciones paralelas en los medios de comunicación públicos, locales y autonómicos, donde ha gobernado el único partido político de la democracia del 78 procesado (pro-ce-sa-do) por corrupción.
  5. Ignoro, porque no lo he encontrado, cuál ha sido su papel en el proceso de petición de responsabilidades por la muerte del sr. Couso, reportero gráfico muerto en Irak a manos de las fuerzas estadounidenses.
  6. Han dejado ir a periódicos de marca mayor hacia redacciones y titulares propios de las páginas “de tráfico”: “cinco maneras de…”; “lo que no habías imaginado que dijera…”; “el dirigente político más…”, y así caso tras caso.

Podría seguir poniendo ejemplos de cómo no solo se han rendido al imperio de las Relaciones Públicas; cómo han sido apabullados por el dinero de las grandes marcas –que siguen invirtiendo millonadas en soportes que ya saben que no valen para vender su producto, sino para comprar otras cosas–; cómo en lugar de forzar a las redes y a los públicos a seguir su camino de seriedad y rigor se han vendido a la retórica del trolleo, de la sorpresita, de la venta fácil, de la dictadura del Community Manager

Pero es tontería. Verán: ya han perdido ustedes el sitio. Ya vivimos en un mundo en el que todo el mundo insulta a todo el mundo, en el que nadie compra la verdad, sino el relato más rompedor, el que viene en cinco cosas, en lo que no sabías, en la foto más indiscreta o en el tuit más ingenioso. Ahora creen que lo que hacen los trolls podemitas es acoso. Y es posible que lo sea. Pero ¿saben qué? Es el mismo trato que el que dan a Inda, a Paquirrín, a Marhuenda, a Raquel Bollo, a la última estrellita choni o tete de los programas matutinos.

Y como ustedes han sembrado parte de estos polvos, con perdón, no crean que no les va a caer buena parte de estos lodos.

No lo crean ni por un segundo.

P.S. Que esta denuncia la haga Victoria Prego será quizá materia de otro post.

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Los Posgilipollas. (Sátira IV)


Hace mucho tiempo, en una facultad muy lejana, un profesor y yo nos dimos cuenta, durante una de nuestras conversaciones, de que la mejor manera de localizar a un orador o a un pensador de segunda no era ver a quién citaba, sino precisamente determinar a quién omitía. Porque este tipo de personaje o basa su pensamiento en el autor no citado pero quiere parecer original o ese autor tiene el problema de que bien leído desmonta todos los argumentos de nuestro protagonista y, claro, no es plan.

Aquella era una época en que por lo general se usaban convenciones y conceptos establecidos porque funcionaban y no había necesidad de inventar terminología aparentemente nueva y disfrazada de neologismo para nombrar fenómenos, cosas que pasaban, sentimientos, noticias… Por ejemplo, en el colegio algunos sufríamos con los abusones, no sufrimos bullying; muchos supimos de primera mano lo que era un jefe o, en mi caso, una jefa que abusaba de nuestra capacidad, nuestro tiempo muy por encima de lo que nos pagaban, pero no sufríamos mobbing: simplemente trabajábamos para unos hijos de puta explotadores. Y así todo.

Vivíamos en un mundo conceptual algo medieval, en el que había herramientas conceptuales que usábamos porque, como tales herramientas, nos eran útiles –recordemos que /herramienta/ y /útil/ son más o menos sinónimos como sustantivos—e íbamos y las usábamos. Pero hubo un día, a finales de los ochenta, más o menos, en que todo el mundo decidió que eso de usar conceptos para nombrar cosas era una pesadez y que había que innovar, porque la posmodernidad había llegado. Abrazados a autores que no leían bien y no entendían del todo o viceversa, abandonaron todo el aparato conceptual que había deconstruido, criticado y casi derribado el aparato capitalista en sus formas de definición de la realidad, de legitimación del poder y de socialización del statu quo.

En Román paladino: un montón de gilipollas modernetas decidió que iban a inventar la rueda porque las que giraban ya no valían porque no eran nuevas. Las generaciones anteriores habíamos matado a Dios. Estos mataron a Atahualpa Yupanqui. Había que ser moderno y cargarse a Freud, a Piaget, a los estructuralistas y… ¡oh casualidad!… a Marx. La posmodernidad abrazó a Eco porque no llegaba a las consecuencias a las que había llegado Foucault; abrazó a Fukushima porque la lingüística de Greimas y la antropología de Lévi-Strauss eran un engorro; abrazó a Vigotsky porque les ofrecía un salvavidas absolutista frente a las revoluciones en el aula, en la psiquiatría, en las instituciones. Abrazaron a cualquiera que no hubiera leído o que no citase a un autor fantasma marxista, estructuralista y, visto lo visto, casi un profeta. Ahora iremos con él.

La cúspide, la corona, el summum, la repera de la construcción maldita de la realidad posmoderna es ahora el concepto estúpido –y por lo tanto llamado al éxito en nuestra sociedad estúpida—de la posverdad. Con la ventaja añadida de que casi nadie sabe muy bien rellenar el neologismo –seamos benévolos—pero permite a voceros ignaros y periodistas que se creen escritores hablar casi en serio. Voy a darles una noticia: hablar de /posverdad/ es como llamar al destornillador /posdesenroscador/. Veamos cómo funciona la cosa, a ver si así…:

Un poder cualquiera se legitima a través de la normalización de su ejercicio. Esa normalización, es decir, conversión de ciertas conductas y actitudes en normas, exige una transmisión (acordaos de Berger y Luckmann)  discursiva: “Esto se hace así, esto es así, esto se define de este modo”. El discurso legitimador no se limita, de esta manera, a construir un catálogo normativo, sino que va mucho más allá: el catálogo normativo y el discurso legitimador definen, delimitan y naturalizan la realidad. Discurso legitimador, catálogo normativo y realidad definida y naturalizada son Ideología. La ideología es definida así de una manera mucho más densa que un sistema de pensamiento o una ubicación en el espectro político. La ideología es la que hace que definiciones culturales, históricas, convencionales, devengan en ley natural, en verdad no cuestionada y en guía de conducta sobre la que se arma una sociedad en un momento temporal dado.

La ideología, por tanto, hace que tomemos como ley natural lo que no es sino convención artificial. Que tomemos verdades históricas, construidas y que tuvieron un principio y tendrán un fin, como verdades ahistóricas, eternas. Que ordenemos nuestros valores y contravalores en un orden que parece estricto y nacido en la noche de los tiempos cuando la verdad es que se organizaron, como quien dice, ayer por la tarde.

Se pueden poner ejemplos a toneladas, pero elegiré uno que tiene que ver con el sexo: ahora nos parece que los compromisos sexuales entre mayores y menores de edad son abominables. Hace solo dos generaciones, y preguntad si no a los abuelos o a los bisabuelos, no era en absoluto anormal que en un matrimonio él tuviera veinte o veintidós años y ella dieciséis o incluso menos. No nos retrotraigamos al antiguo régimen, donde las bodas entre hombres de casi treinta años y niñas de doce eran normales, al menos entre las clases altas. No siga leyendo quien crea que en este párrafo he defendido la pederastia.

Y ya que estamos con el matrimonio, la justificación de la ideología medieval contra el matrimonio por amor era la siguiente: el amor está muy bien. Y el sexo. Pero el matrimonio es un contrato. Y el contrato no puede basarse en un deseo sexual perecedero, pues al acabar el impulso inicial, la pareja no tendrá otro vínculo que el que egoístamente dictaron sus genitales. Por el contrario, un matrimonio sancionado por las familias y por la sociedad, suponía un compromiso que afectaba a la hacienda, la herencia y aun a la estabilidad de los círculos sociales de los contrayentes. De ahí la famosa frase que los románticos odiamos de “ya nacerá el cariño con el tiempo”.

De modo que ni el amor es eterno ni la interpretación del “hasta que la muerte os separe” se debe leer ahora igual que en el siglo XIV, cuando significaba que era un contrato vitalicio en el que los bienes de dos familias se unían para aumentar el valor patrimonial de las personas que las sucederían. Ahora el amor romántico se está poniendo en crisis desde otros lugares, pero no hace falta que siga.

Todo este armazón que analiza y desmonta las verdades eternas, las medias verdades y las verdades interesadas dictadas por los poderes fueron descritos y convertidos en herramienta por señor que se llamaba Louis Althusser. Especialmente en Lire Le Capital (“Para Leer El Capital”) y Pour Marx (“La Revolución Teórica de Marx”) es el autor al que nadie cita. Entre otras cosas porque con Althusser, ni Gramsci, ni Rosa, ni Lenin. Solo el materialismo histórico llevado al análisis del discurso y del poder. Solo un corte de mangas a quienes construyen las mentiras y luego les dan un nombre no recogido en el diccionario para darle carta de autoridad. No más ocultamientos.

Porque el análisis de la ideología es el análisis de la mentira. De las mentiras. Del aparato de engaño con el que nos someten. Llamar a la mentira posverdad es, ya, tragar con la mentira y el mentiroso. Althusser exige mucho. Mucho más que una lectura que ahora es difícil, oscura. Exige no creer en nada y luchar. Y la lucha es la misma. No va a haber una poslucha.

En resumen: no diga posverdad. Diga, bien alto, que nos mienten.

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Ce, Ce, O, O (Sátira III)


Es difícil hacer algunas críticas desde la izquierda porque siempre temes dar coartadas a la derecha. Pero ahora que ya todo es derecha… bueno, ahí va.

Primero, los datos.

Según el Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2016, 1,79 millones de empresas no emplearon ningún asalariado. El 55,3% del total. Además casi otras 900.000 (el 27,7% tenían uno o dos empleados. Es decir, el 83% del tejido empresarial español, al comenzar el año que casi termina, tenía dos o menos asalariados. El 60% de las 1.791909 empresas sin asalariados están en el sector servicios, después vendría el Comercio (21%) y el sector de la Construcción, con un 14,5%. En el sector Industria solo el 4% son empresas sin ningún asalariado.

Los datos completos donde se encuentran estas cifras están a disposición de quien quiera verlas en detalle en: http://www.ine.es/prensa/np984.pdf

Este mapa, fruto de la híper disgregación de los sujetos empresariales inducidos por la cultura del empleo autónomo, del autoempleo y del emprendimiento, es el que describe el panorama laboral de España desde hace ya mucho tiempo.

Estos datos hablan, por debajo de la cifra, de lo que todos conocemos, de un país de autónomos o de microempresas cuya supervivencia en el tiempo tiende a ser corta (la mitad de las empresas con más de 20 años son empresas de más de 20 empleados) y sobre todo cuyas condiciones son extremadamente precarias. La crisis ha golpeado duro a microempresas, a autónomos y a profesionales emprendedores (no digamos ya entre las cohortes de población femenina y joven) y ha contribuido, además a enmascarar no solo situaciones de precariedad y desamparo social, sino cifras de desempleo y situaciones de riesgo extremo. Traducido de la jerga socioeconómica, montones de personas que en 2006 iban de vacaciones a Cancún eran vistas –y siguen siéndolo– por sus convecinos rebuscando en los contenedores de basura y pasando os inviernos sin luz y sin calefacción.

Hace ya seis años nuestro Gabinete hizo un estudio cualitativo sobre los autónomos, y el resultado fue desgarrador a nivel humano, triste en lo económico y absurdo en lo político. Porque lo que esconden también estas cifras es una realidad tan grave que hacemos chistes con ella. Ya se sabe que cuanto peor es el drama que nos afecta, más chistes hacemos, y que en España no hay noche más divertida que una noche de velatorio. Esta realidad es la de personas que no pueden enfermar porque no pueden perder un día de trabajo. Es la realidad de personas que, cuando cobran por su trabajo, lo hacen a precios vigentes hace 25 o 30 años (por ejemplo: los grupos de discusión, entrevistas y encuestas empleados en estudios sociológicos tienen ahora los mismos precios medios que cuando yo empecé a trabajar en el año 1983) y que han tenido que tributar y pagar el Impuesto sobre el Valor Añadido independientemente de que sus clientes hubieran pagado o no, contribuyendo así a financiar al Estado sin tener ninguna contraprestación.

Esto es tanto más doloroso cuando no se tiene, por tanto, derecho a baja laboral remunerada –puesto que depende de uno mismo y por tanto no es posible que un enfermo de baja se pague a sí mismo cuando no puede tener ingresos—ni tampoco a cobertura de desempleo si la actividad cesa por la causa que sea. No hablemos ya de la presión de clientes que demoran más de 200 días los pagos, de los impagos que, al menos en el sector servicios y en el de comercio son regla habitual, de las rebajas constantes de precios o de intercambio de servicios, etc. Añádase al estofado el hecho de que, en un número que sabemos enorme pero indeterminado, en las microempresas, los emprendedores y autónomos cobran como tales, facturando más IVA menos IRPF. Como no se cobra bajo nómina (a ver quién se arriesga), pedir un crédito a un banco o a una financiera del automóvil es pasar por un proceso cuasi inquisitorial cuyo resultado es incierto, como mínimo. No hablemos tampoco de que la cuota, desorbitada, se paga se ingrese o no se ingrese.

Este tejido industrial, este panorama humano, me ha hecho pensar siempre en las casas de madera del medio oeste estadounidense: casas bien hechas, fáciles de construir y de mantener por uno mismo, acogedoras… pero extremadamente vulnerables a tormentas, tornados y otros desastres naturales. La crisis, ese desastre nada natural, se ha llevado por delante, incluso a algunos varias veces, a muchas personas que ahora no tienen ni facturación, ni cobertura, ni amparo de ninguna clase. De Cancún al contenedor o al comedor de Cáritas. De La Moraleja a la Ventilla.

En todo este tiempo de crisis, muchos de los indignados, de los que han luchado por un cambio, de los que no han encontrado respuesta económica en un modelo simplista y desarrollista que no se puede ya reactivar,… en todo este tiempo de desamparo, de angustia, de suicidios ocultados por los medios, de jóvenes y viejos que van quedando fuera del movimiento económico, a quienes ya no rescata un crecimiento de más del 2%… en la calle, en las instituciones, en los medios, en la vida social, en la resistencia y la protesta hay un actor ausente. Un actor que no ha visto o no ha sabido qué hacer con este drama. Un actor que negocia con Renault, con El Corte Inglés, con FCC, con las empresas grandes de todos los sectores, salarios medios, convenios, Prevención de Riesgos Laborales, formación –ya poca porque… bueno, porque…– cuotas de cobertura de desempleo, jubilaciones. Pero que no ve a quienes están solos, o con su hermano, o con su amigo de toda la vida, socio y compañero de furgoneta, de mesa, de barra.

¿Dónde, en el nombre de todas las víctimas, están los sindicatos?

Y, por favor, no me contestéis los sindicalistas concienciados, preocupados, que nunca habéis dejado las luchas. Ni los que habéis sido víctimas de los sindicatos como empresas empleadoras en precario y a pesar de todo creéis en su necesidad y en su lucha.

Son más necesarios que nunca. Pero son los primeros responsables de haber perdido casi todo lo que sus antepasados consiguieron.

Por favor, repensad y volved.

Por favor.

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