Archivo para la categoría Uncategorized

Madrid no es Lavapiés.


Cuando se piensan políticas de movilidad y ambientales (aspectos  que en la época en la que estamos y para lo que viene son inseparables) para Madrid se corre el riesgo de ser y pensar como un madrileño. Y pensar como un madrileño es terrible porque para un Madrileño no existe nada más que Madrid. Para ser exactos, el centro de Madrid.

Londres, París y otras capitales entendieron que el desplazamiento de la vivienda respecto de los centros laborales y financieros requería de una red de transporte público rápida, eficaz y disuasoria. Vivir en el centro de París o de Londres, fuera de los barrios degradados que tienen repuntes cíclicos, los precios y las condiciones de calidad de vida para, por ejemplo, niños y ancianos, hacen casi imposible que se pueda vivir y trabajar en el centro si no se pertenece al cuerpo de funcionarios, si no se tiene acceso a un alquiler de renta antigua o si no se ha heredado la vivienda familiar –en condiciones de pagar comunidades y contribuciones que no suelen ser baratas.

Vivir en Madrid es algo raro. Especialmente en el centro histórico y de negocio. Edificios enteros vacíos, inmuebles dedicados a la hostelería en todos los grados de capital, comercios grandes y pequeños, oferta hostelera  y –cada vez menos—sucursales bancarias ocupan un enorme porcentaje del Madrid comprendido dentro del límite de la M-30. Aunque hay habitantes y barrios jóvenes –habitualmente a precios prohibitivos–, lo normal es que las periferias-dormitorio y las localidades que cada vez se acercan más a Madrid sean las que acogen las viviendas de los madrileños.  Es más, se da la circunstancia de que quienes viven fuera trabajan dentro y muchos de los que viven dentro trabajan fuera.

Otras empresas y personas decidieron irse a la periferia por muchas razones. Las empresas, por la cercanía al aeropuerto, a las estaciones de AVE y a las conexiones por carretera “que no tocan Madrid”. Pero también por el precio del metro cuadrado en polígonos y edificios separados del centro de Madrid a veces por menos de seis o siete kilómetros.

Las personas se fueron porque podían optar a mejores viviendas, a más metros cuadrados y a espacios seguros y servicios asequibles para niños, ancianos y su propio ocio. Efectivamente, uno de los pecados capitales de la economía y de la mentalidad española es que pagar un alquiler en el centro de Madrid (entre Lavapiés y Bilbao, por ejemplo) por una vivienda de 70 metros cuadrados no solo representa casi la misma cantidad que se pagaría por la vivienda en propiedad, sino que es múltiplo en un factor de hasta 5 de lo que cuesta un chalet de 200 metros cuadrados con jardín a unos 35 kilómetros de la capital.

Estos y otros factores (por ejemplo factores relacionados con el ocio: locales para artes escénicas, cines, bares y restaurantes de alta gama, museos, galerías de arte, etc.) provocan que el tráfico y el medioambiente madrileño sea víctima del hecho de que la gente entra y sale constantemente de Madrid. Con ello las entradas y salidas se colapsan, los tiempos dedicados al desplazamiento suben en detrimento de la productividad, aumenta el riesgo de accidentes y empobrece la calidad del aire.

Algunas de las medidas más celebradas para paliar las consecuencias de estas locuras sistémicas son el estacionamiento regulado (o SER), los límites de velocidad en las vías de circunvalación y la penalización por entrar en la ciudad a los vehículos más contaminantes (por cierto, recordemos que fueron las autoridades públicas, siempre cómplic… digo… cercanas al criterio de las empresas automovilísticas, las que nos hicieron comprar coches diésel y ahora nos castigan por tenerlos).

Hace poco se declaró la intención, por parte del Ayuntamiento de Madrid, de ampliar el SER, el pagar por aparcar, vaya, a todas las horas del día y todos los días de la semana. Lo cual sería estupendo si viviéramos en Londres o si todos los madrileños y todas las madrileñas viviésemos en Lavapiés, o en Bilbao, o en Sol o, incluso, en el Paseo de Extremadura. Si fuera lo segundo, tendríamos a tiro de sano paseo prácticamente todos los oficios y servicios. En todo caso, dispondríamos de una estupenda red de autobuses, metros, taxis, etc. Que garantizaría nuestra proximidad temporal a nuestros destinos.

Si fuera en Londres, tendríamos una estupenda red de trenes metropolitanos, de Metro y autobuses que, desde el siglo XIX han ido en crecimiento paralelo (y a veces anticipado, cosas de los guiris que van y planifican) de la ciudad. Además, el alcalde y los ediles de distrito saben que Londres no es solo el Pall Mall. Saben que londinenses, por desplazamiento familiar, trabajo u ocio, son todos los que viven en el radio que comprenden las líneas de cercanías que permiten acceder a la City en menos de dos horas. El transporte público londinense es bastante caro, pero tiene algunas ventajas sobre el madrileño: los que trabajan por allí cobran bastante más, por lo que el precio del transporte les es oneroso pero no tanto; el alcance del transporte público es ubicuo, y los tiempos laborales, vitales y hasta de horario de luz están adaptados para una vida laboral hasta cierto punto ordenada, racional y sostenible.

En Madrid tenemos otro criterio, al parecer, porque consideramos que los que vienen de fuera no son realmente madrileños, ya que no viven en Lavapiés o, como mucho, en Moratalaz. No importa que en Madrid vivan los abuelos o los padres. No importa que en Madrid estén los lugares de trabajo. No importa que los cines, los teatros, los restaurantes, los museos y las salas de concierto estén aquí, en Madrid. Vamos a hacer una cosa: que no vengan. Que vayan a los centros comerciales de la periferia. Que en Madrid solo vayan a los lugares de interés o de trabajo los guiris y los madrileños de verdad.

Porque aunque la periferia Este-Sur-Oeste tiene una excelente red de transporte público, esa red cierra a las once si son autobuses y a la una si es metro. Si es tren de cercanías nadie lo sabe, pero acaba pronto. Si son autobuses periféricos… bueno, es casi más barato compartir un helicóptero. Si vives en el eje de la A-1 a lo mejor tienes un autobús cada seis horas. Ninguno más allá de las once de la noche. Y el billete puede costar entre  3,80€ y 5€. Claro que la gente de la sierra pobre, de la Sierra Norte, es poca. Hay poco votante. Y son rarillos.

Nada hablemos de las personas que por motivos laborales o académicos se trasladan a Madrid, a diario, desde Toledo, Guadalajara, Segovia e incluso Ávila o Cuenca. Si quieren cine, que se compren un DVD. Si quieren música, un loro. Y si quieren un teatro, que lo monten en su Casa de la Cultura.

Sé perfectamente que muchos de estos factores no son competencia del Ayuntamiento de Madrid. Pero no son factores que se puedan despejar por las buenas de la planificación y la gestión: al contrario, son factores que hay que tener muy en cuenta y que pueden condicionar el futuro de la ciudad en todos los  aspectos. Hay que tener mucho cuidado a la hora de prohibir entrar o aparcar a las personas que no tienen transporte público acompasado con sus necesidades laborales, vitales ni de ocio. Hay que tener mucho cuidado a la hora de cerrar una ciudad creyendo que la ciudad solo la habitan, la sostienen y la viven los que viven en su centro.

Ya comprendo que para un madrileño es difícil pensar, no ya que existe gente más allá de la M-30, sino que haya vida (inteligente o no) más allá de Las Rozas. Pero creo que la gestión política debe ser equitativa, debe planificar, debe tratar con igualdad a toda la ciudadanía.

Pero por encima de todo, la gestión política de una ciudad como Madrid tiene que ser consciente de que hay madrileños que duermen en Segovia. Y que Madrid no es Lavapiés.

, , , , , , ,

Deja un comentario

La Asociación de la Prensa y algún pecado original.


“Me han publicado una carta al director en El País”. Estas diez palabras, en nuestro entorno giliprogre, eran el equivalente afrodisíaco a “me he entrevistado con Fidel Castro” o “he cenado en la Bodeguiya”. En otros ambientes sería el equivalente a “¿quieres dar una vuelta en mi Ferrari?” o “acabo de volver de la Unión Soviética”. A elegir. A mí me han publicado tres. Pero una de ellas –asómbrense, damas y caballeros—en un domingo. Impresionante.

Las cartas al director eran la punta del pequeño iceberg invisible de todas las personas que querían o queríamos matizar una noticia, una opinión, una información. A veces se usaban para corregir, otras para encomiar, otras para procurar un punto de vista adicional sobre lo que se leía en un diario o en cualquier otro medio escrito. Había incluso “profesionales” de la carta al director, gente con tiempo libre y pluma celosa (de no poder escribir ellos a su vez en el diario o la revista de sus entretelas) que rumiaba y enviaba su opinión de manera constante y que también con cierta regularidad veían publicada su misiva.

Cuando aún era un diario de referencia y prestigio, El País lo leíamos de atrás hacia adelante. Primero, la columna de opinión de la contra. Después la tele, especialmente en la época gloriosa de Antonio Albert, una de las mejores y más afiladas plumas que jamás he leído. Luego, los deportes, después a Joaquín Vidal si eras aficionado a los toros, si no, sociedad, Madrid, Tribuna Libre, los editoriales y, por supuesto, las cartas al director. Solo cuando había algo muy gordo o algo muy cercano se aventuraba uno en las páginas primeras, las de Internacional.

Por supuesto, El País no era el único medio escrito con cartas al director. Hasta los cómics tenían su sección, y los tebeos si se me perdona el guiño. Eso además diferenciaba a estos medios de esa comunicación prescriptora, sin ventanas, autoritaria y de traje que eran los informativos audiovisuales, tanto de radio como de televisión. Y eso aun cuando la radio tenía sus ventanas abiertas a los oyentes, que rara vez tuvo la televisión. Especialmente la buena televisión.

Todo esto, queridos señores de la Asociación de la Prensa de Madrid, es un retrato de un tiempo que no volverá. Ahora, señores de la Asociación de la Prensa de Madrid, sus medios, sus periodistas, sus técnicos, sus redactores, sus fotógrafos, sus becarios, sus mensajeros… todo quisque que tenga que ver con un medio de comunicación y cualquiera que sea su formato, está sometido a las reglas de las redes sociales.

Ahora a un medio o a un periodista o al mismo dios, se le puede zarandear, trolear, discutir, y coger virtualmente de las solapas. Ahora –aunque rechace de lleno el hecho—están ustedes sometidos a lo que estuvimos todos sometidos desde hace mucho tiempo: la agresión, el escrutinio infame de gente sin escrúpulos, a señoritos del tiempo libre que solo saben insultar, perseguir y obrar con zafiedad. Ahora las puertas que les unen con la sociedad (con lo bueno y lo malo de la sociedad) están abiertas de par en par.

Claro que ustedes no son inocentes del todo. Han cometido algunos pecados que deberían considerarse como mortales si existiera una religión sancionadora en su oficio. Enumeraré unos poquitos que, con todo este susto de las nuevas tecnologías, las nuevas redes en la nueva sociedad, les han debido pillar a ustedes de improviso, con la guardia baja:

  1. Han permitido ustedes comparecencias de responsables públicos sin que se les ofrezca la oportunidad de preguntar. Dicho en llano, ruedas de prensa sin preguntas. Lo que, como todos los que trabajamos en esto sabemos, no tiene más nombre que
  2. Como corolario del punto anterior, han dejado ustedes pasar nada menos que el hecho de que el Presidente del Gobierno del Reino “comparezca” –apenas puedo aguantar la risa al pronunciar esa palabra—ante sus medios a través de una pantalla de tv por circuito cerrado.
  3. Han mirado ustedes hacia otro lado, o no se han dado cuenta cabal, cuando los profesionales a los que deberían representar han denunciado acoso político en medios públicos.
  4. También como epítome de lo anterior, parece que no han tenido noticias de la introducción de redacciones paralelas en los medios de comunicación públicos, locales y autonómicos, donde ha gobernado el único partido político de la democracia del 78 procesado (pro-ce-sa-do) por corrupción.
  5. Ignoro, porque no lo he encontrado, cuál ha sido su papel en el proceso de petición de responsabilidades por la muerte del sr. Couso, reportero gráfico muerto en Irak a manos de las fuerzas estadounidenses.
  6. Han dejado ir a periódicos de marca mayor hacia redacciones y titulares propios de las páginas “de tráfico”: “cinco maneras de…”; “lo que no habías imaginado que dijera…”; “el dirigente político más…”, y así caso tras caso.

Podría seguir poniendo ejemplos de cómo no solo se han rendido al imperio de las Relaciones Públicas; cómo han sido apabullados por el dinero de las grandes marcas –que siguen invirtiendo millonadas en soportes que ya saben que no valen para vender su producto, sino para comprar otras cosas–; cómo en lugar de forzar a las redes y a los públicos a seguir su camino de seriedad y rigor se han vendido a la retórica del trolleo, de la sorpresita, de la venta fácil, de la dictadura del Community Manager

Pero es tontería. Verán: ya han perdido ustedes el sitio. Ya vivimos en un mundo en el que todo el mundo insulta a todo el mundo, en el que nadie compra la verdad, sino el relato más rompedor, el que viene en cinco cosas, en lo que no sabías, en la foto más indiscreta o en el tuit más ingenioso. Ahora creen que lo que hacen los trolls podemitas es acoso. Y es posible que lo sea. Pero ¿saben qué? Es el mismo trato que el que dan a Inda, a Paquirrín, a Marhuenda, a Raquel Bollo, a la última estrellita choni o tete de los programas matutinos.

Y como ustedes han sembrado parte de estos polvos, con perdón, no crean que no les va a caer buena parte de estos lodos.

No lo crean ni por un segundo.

P.S. Que esta denuncia la haga Victoria Prego será quizá materia de otro post.

, , , , , , , , ,

Deja un comentario

Los Posgilipollas. (Sátira IV)


Hace mucho tiempo, en una facultad muy lejana, un profesor y yo nos dimos cuenta, durante una de nuestras conversaciones, de que la mejor manera de localizar a un orador o a un pensador de segunda no era ver a quién citaba, sino precisamente determinar a quién omitía. Porque este tipo de personaje o basa su pensamiento en el autor no citado pero quiere parecer original o ese autor tiene el problema de que bien leído desmonta todos los argumentos de nuestro protagonista y, claro, no es plan.

Aquella era una época en que por lo general se usaban convenciones y conceptos establecidos porque funcionaban y no había necesidad de inventar terminología aparentemente nueva y disfrazada de neologismo para nombrar fenómenos, cosas que pasaban, sentimientos, noticias… Por ejemplo, en el colegio algunos sufríamos con los abusones, no sufrimos bullying; muchos supimos de primera mano lo que era un jefe o, en mi caso, una jefa que abusaba de nuestra capacidad, nuestro tiempo muy por encima de lo que nos pagaban, pero no sufríamos mobbing: simplemente trabajábamos para unos hijos de puta explotadores. Y así todo.

Vivíamos en un mundo conceptual algo medieval, en el que había herramientas conceptuales que usábamos porque, como tales herramientas, nos eran útiles –recordemos que /herramienta/ y /útil/ son más o menos sinónimos como sustantivos—e íbamos y las usábamos. Pero hubo un día, a finales de los ochenta, más o menos, en que todo el mundo decidió que eso de usar conceptos para nombrar cosas era una pesadez y que había que innovar, porque la posmodernidad había llegado. Abrazados a autores que no leían bien y no entendían del todo o viceversa, abandonaron todo el aparato conceptual que había deconstruido, criticado y casi derribado el aparato capitalista en sus formas de definición de la realidad, de legitimación del poder y de socialización del statu quo.

En Román paladino: un montón de gilipollas modernetas decidió que iban a inventar la rueda porque las que giraban ya no valían porque no eran nuevas. Las generaciones anteriores habíamos matado a Dios. Estos mataron a Atahualpa Yupanqui. Había que ser moderno y cargarse a Freud, a Piaget, a los estructuralistas y… ¡oh casualidad!… a Marx. La posmodernidad abrazó a Eco porque no llegaba a las consecuencias a las que había llegado Foucault; abrazó a Fukushima porque la lingüística de Greimas y la antropología de Lévi-Strauss eran un engorro; abrazó a Vigotsky porque les ofrecía un salvavidas absolutista frente a las revoluciones en el aula, en la psiquiatría, en las instituciones. Abrazaron a cualquiera que no hubiera leído o que no citase a un autor fantasma marxista, estructuralista y, visto lo visto, casi un profeta. Ahora iremos con él.

La cúspide, la corona, el summum, la repera de la construcción maldita de la realidad posmoderna es ahora el concepto estúpido –y por lo tanto llamado al éxito en nuestra sociedad estúpida—de la posverdad. Con la ventaja añadida de que casi nadie sabe muy bien rellenar el neologismo –seamos benévolos—pero permite a voceros ignaros y periodistas que se creen escritores hablar casi en serio. Voy a darles una noticia: hablar de /posverdad/ es como llamar al destornillador /posdesenroscador/. Veamos cómo funciona la cosa, a ver si así…:

Un poder cualquiera se legitima a través de la normalización de su ejercicio. Esa normalización, es decir, conversión de ciertas conductas y actitudes en normas, exige una transmisión (acordaos de Berger y Luckmann)  discursiva: “Esto se hace así, esto es así, esto se define de este modo”. El discurso legitimador no se limita, de esta manera, a construir un catálogo normativo, sino que va mucho más allá: el catálogo normativo y el discurso legitimador definen, delimitan y naturalizan la realidad. Discurso legitimador, catálogo normativo y realidad definida y naturalizada son Ideología. La ideología es definida así de una manera mucho más densa que un sistema de pensamiento o una ubicación en el espectro político. La ideología es la que hace que definiciones culturales, históricas, convencionales, devengan en ley natural, en verdad no cuestionada y en guía de conducta sobre la que se arma una sociedad en un momento temporal dado.

La ideología, por tanto, hace que tomemos como ley natural lo que no es sino convención artificial. Que tomemos verdades históricas, construidas y que tuvieron un principio y tendrán un fin, como verdades ahistóricas, eternas. Que ordenemos nuestros valores y contravalores en un orden que parece estricto y nacido en la noche de los tiempos cuando la verdad es que se organizaron, como quien dice, ayer por la tarde.

Se pueden poner ejemplos a toneladas, pero elegiré uno que tiene que ver con el sexo: ahora nos parece que los compromisos sexuales entre mayores y menores de edad son abominables. Hace solo dos generaciones, y preguntad si no a los abuelos o a los bisabuelos, no era en absoluto anormal que en un matrimonio él tuviera veinte o veintidós años y ella dieciséis o incluso menos. No nos retrotraigamos al antiguo régimen, donde las bodas entre hombres de casi treinta años y niñas de doce eran normales, al menos entre las clases altas. No siga leyendo quien crea que en este párrafo he defendido la pederastia.

Y ya que estamos con el matrimonio, la justificación de la ideología medieval contra el matrimonio por amor era la siguiente: el amor está muy bien. Y el sexo. Pero el matrimonio es un contrato. Y el contrato no puede basarse en un deseo sexual perecedero, pues al acabar el impulso inicial, la pareja no tendrá otro vínculo que el que egoístamente dictaron sus genitales. Por el contrario, un matrimonio sancionado por las familias y por la sociedad, suponía un compromiso que afectaba a la hacienda, la herencia y aun a la estabilidad de los círculos sociales de los contrayentes. De ahí la famosa frase que los románticos odiamos de “ya nacerá el cariño con el tiempo”.

De modo que ni el amor es eterno ni la interpretación del “hasta que la muerte os separe” se debe leer ahora igual que en el siglo XIV, cuando significaba que era un contrato vitalicio en el que los bienes de dos familias se unían para aumentar el valor patrimonial de las personas que las sucederían. Ahora el amor romántico se está poniendo en crisis desde otros lugares, pero no hace falta que siga.

Todo este armazón que analiza y desmonta las verdades eternas, las medias verdades y las verdades interesadas dictadas por los poderes fueron descritos y convertidos en herramienta por señor que se llamaba Louis Althusser. Especialmente en Lire Le Capital (“Para Leer El Capital”) y Pour Marx (“La Revolución Teórica de Marx”) es el autor al que nadie cita. Entre otras cosas porque con Althusser, ni Gramsci, ni Rosa, ni Lenin. Solo el materialismo histórico llevado al análisis del discurso y del poder. Solo un corte de mangas a quienes construyen las mentiras y luego les dan un nombre no recogido en el diccionario para darle carta de autoridad. No más ocultamientos.

Porque el análisis de la ideología es el análisis de la mentira. De las mentiras. Del aparato de engaño con el que nos someten. Llamar a la mentira posverdad es, ya, tragar con la mentira y el mentiroso. Althusser exige mucho. Mucho más que una lectura que ahora es difícil, oscura. Exige no creer en nada y luchar. Y la lucha es la misma. No va a haber una poslucha.

En resumen: no diga posverdad. Diga, bien alto, que nos mienten.

, , , , , , , ,

Deja un comentario

Ce, Ce, O, O (Sátira III)


Es difícil hacer algunas críticas desde la izquierda porque siempre temes dar coartadas a la derecha. Pero ahora que ya todo es derecha… bueno, ahí va.

Primero, los datos.

Según el Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2016, 1,79 millones de empresas no emplearon ningún asalariado. El 55,3% del total. Además casi otras 900.000 (el 27,7% tenían uno o dos empleados. Es decir, el 83% del tejido empresarial español, al comenzar el año que casi termina, tenía dos o menos asalariados. El 60% de las 1.791909 empresas sin asalariados están en el sector servicios, después vendría el Comercio (21%) y el sector de la Construcción, con un 14,5%. En el sector Industria solo el 4% son empresas sin ningún asalariado.

Los datos completos donde se encuentran estas cifras están a disposición de quien quiera verlas en detalle en: http://www.ine.es/prensa/np984.pdf

Este mapa, fruto de la híper disgregación de los sujetos empresariales inducidos por la cultura del empleo autónomo, del autoempleo y del emprendimiento, es el que describe el panorama laboral de España desde hace ya mucho tiempo.

Estos datos hablan, por debajo de la cifra, de lo que todos conocemos, de un país de autónomos o de microempresas cuya supervivencia en el tiempo tiende a ser corta (la mitad de las empresas con más de 20 años son empresas de más de 20 empleados) y sobre todo cuyas condiciones son extremadamente precarias. La crisis ha golpeado duro a microempresas, a autónomos y a profesionales emprendedores (no digamos ya entre las cohortes de población femenina y joven) y ha contribuido, además a enmascarar no solo situaciones de precariedad y desamparo social, sino cifras de desempleo y situaciones de riesgo extremo. Traducido de la jerga socioeconómica, montones de personas que en 2006 iban de vacaciones a Cancún eran vistas –y siguen siéndolo– por sus convecinos rebuscando en los contenedores de basura y pasando os inviernos sin luz y sin calefacción.

Hace ya seis años nuestro Gabinete hizo un estudio cualitativo sobre los autónomos, y el resultado fue desgarrador a nivel humano, triste en lo económico y absurdo en lo político. Porque lo que esconden también estas cifras es una realidad tan grave que hacemos chistes con ella. Ya se sabe que cuanto peor es el drama que nos afecta, más chistes hacemos, y que en España no hay noche más divertida que una noche de velatorio. Esta realidad es la de personas que no pueden enfermar porque no pueden perder un día de trabajo. Es la realidad de personas que, cuando cobran por su trabajo, lo hacen a precios vigentes hace 25 o 30 años (por ejemplo: los grupos de discusión, entrevistas y encuestas empleados en estudios sociológicos tienen ahora los mismos precios medios que cuando yo empecé a trabajar en el año 1983) y que han tenido que tributar y pagar el Impuesto sobre el Valor Añadido independientemente de que sus clientes hubieran pagado o no, contribuyendo así a financiar al Estado sin tener ninguna contraprestación.

Esto es tanto más doloroso cuando no se tiene, por tanto, derecho a baja laboral remunerada –puesto que depende de uno mismo y por tanto no es posible que un enfermo de baja se pague a sí mismo cuando no puede tener ingresos—ni tampoco a cobertura de desempleo si la actividad cesa por la causa que sea. No hablemos ya de la presión de clientes que demoran más de 200 días los pagos, de los impagos que, al menos en el sector servicios y en el de comercio son regla habitual, de las rebajas constantes de precios o de intercambio de servicios, etc. Añádase al estofado el hecho de que, en un número que sabemos enorme pero indeterminado, en las microempresas, los emprendedores y autónomos cobran como tales, facturando más IVA menos IRPF. Como no se cobra bajo nómina (a ver quién se arriesga), pedir un crédito a un banco o a una financiera del automóvil es pasar por un proceso cuasi inquisitorial cuyo resultado es incierto, como mínimo. No hablemos tampoco de que la cuota, desorbitada, se paga se ingrese o no se ingrese.

Este tejido industrial, este panorama humano, me ha hecho pensar siempre en las casas de madera del medio oeste estadounidense: casas bien hechas, fáciles de construir y de mantener por uno mismo, acogedoras… pero extremadamente vulnerables a tormentas, tornados y otros desastres naturales. La crisis, ese desastre nada natural, se ha llevado por delante, incluso a algunos varias veces, a muchas personas que ahora no tienen ni facturación, ni cobertura, ni amparo de ninguna clase. De Cancún al contenedor o al comedor de Cáritas. De La Moraleja a la Ventilla.

En todo este tiempo de crisis, muchos de los indignados, de los que han luchado por un cambio, de los que no han encontrado respuesta económica en un modelo simplista y desarrollista que no se puede ya reactivar,… en todo este tiempo de desamparo, de angustia, de suicidios ocultados por los medios, de jóvenes y viejos que van quedando fuera del movimiento económico, a quienes ya no rescata un crecimiento de más del 2%… en la calle, en las instituciones, en los medios, en la vida social, en la resistencia y la protesta hay un actor ausente. Un actor que no ha visto o no ha sabido qué hacer con este drama. Un actor que negocia con Renault, con El Corte Inglés, con FCC, con las empresas grandes de todos los sectores, salarios medios, convenios, Prevención de Riesgos Laborales, formación –ya poca porque… bueno, porque…– cuotas de cobertura de desempleo, jubilaciones. Pero que no ve a quienes están solos, o con su hermano, o con su amigo de toda la vida, socio y compañero de furgoneta, de mesa, de barra.

¿Dónde, en el nombre de todas las víctimas, están los sindicatos?

Y, por favor, no me contestéis los sindicalistas concienciados, preocupados, que nunca habéis dejado las luchas. Ni los que habéis sido víctimas de los sindicatos como empresas empleadoras en precario y a pesar de todo creéis en su necesidad y en su lucha.

Son más necesarios que nunca. Pero son los primeros responsables de haber perdido casi todo lo que sus antepasados consiguieron.

Por favor, repensad y volved.

Por favor.

, , , , , , , ,

Deja un comentario

Mea culpa, mea grandissima culpa (Sátira II)


Acabo de ver un celebradísimo programa en el que han vuelto a echarme, a echarnos la culpa a los espectadores nada menos de lo que pasa en la República del Congo. El antiguo Congo Belga perteneció personalmente al rey de Bélgica, que instauró un régimen que hubiera avergonzado a los nazis. Luego fue Zaire. Y luego, para fastidiar a los alumnos de Geografía, la República del Congo. Compramos móviles que utilizan el coltán, definición coloquial de un mineral combinación de columbita, u óxido de niobio con hierro y manganeso, y tantalita, oxido de tántalo (o tantalio que se decía en mi época de EGB) también con hierro y magnesio.

En ese programa se vino a decir (o eso es la sensación que le ha quedado a la gente que ha opinado en redes sociales) que por el hecho de comprar un aparato electrónico uno se hace cómplice de los paramilitares que vigilan las minas que pertenecen a multinacionales y no al país en cuya tierra se han encontrado. Por el hecho de estar escribiendo este artículo en un aparato electrónico, yo soy culpable por omisión o por complicidad de las violaciones y las torturas sexuales que mujeres, niñas y niños sufren en un número indeterminado pero enorme, incluyendo la introducción de objetos punzantes y aun armas en las vaginas o en los orificios anales de las víctimas.

Pero nuestra complicidad culpable no acaba en lo expuesto por este programa. Culpables de la deforestación de las selvas subtropicales son quienes quieren cuidarse con productos derivados de la soja; culpables quienes se alimentan de carne estabulada; culpables quienes se alimentan de verduras cultivadas con métodos industriales; culpables quienes no saben si su fruta o su zanahoria provienen de campos donde Monsanto ha esparcido sus insecticidas o sus semillas patentadas; culpables quienes tienen que ir a su trabajo en automóvil porque no tiene transporte público barato a su alcance; culpable quien viste piel, pero también quien viste piel sintética derivada de combustibles fósiles refinados; culpable quien dona a organizaciones que pueden implantar un neocolonialismo en regiones en conflicto; culpable quien no dona y mira para otro lado… Hay que ver. Y todo bajo la atenta mirada de los verdaderos culpables, encantados de ver cómo se culpabiliza a un niño que quiere una videoconsola y no a quienes financian, comercializan y controlan la defensa privada de minas, campos y ganados.

Está claro que el consumo responsable es un arma poderosa, como se lo demostró Francia a Nestlé hace tantos años. Está claro que nuestra acción de seleccionar el origen y exigir la trazabilidad de los bienes y servicios que consumimos es una fortaleza que, puesta en marcha de manera mayoritaria, sería casi revolucionaria. No podemos dejar de insistir en concienciar y reforzar a la ciudadanía en esa dirección. Pero el pequeño Évole me hubiera ganado si en su programa hubiera dado una lista de los accionistas de las empresas extractoras de coltán en condiciones de esclavitud; de las empresas extractoras, comercializadoras y de logística que sostienen el chiringuito; de los países que amparan a estas empresas y su actividad comercial y bursátil; de las empresas a las que se contrata y subcontrata la mal llamada “seguridad”, empresas de mercenarios y paramilitares que podrían acabar con ejércitos de pequeños países sin bajas, que forman a niños soldados y usan la violación y la tortura sexual (o la permiten y animan) como arma estratégica de división entre las etnias que se disputan el control de las zonas mineras. Mutatis mutandis, podría haber dado la lista de empresas que sí pagan a sus trabajadores un sueldo digno. Que sí utilizan los canales legales de distribución y comercialización, y cuyos beneficios recaen en el país dueño de la materia prima. Querido Jordi: ¿dónde estan los violadores, quienes les pagan, sus diplomáticos corruptos, los gobiernos de sus países de origen, los cómplices –estos sí– del gobierno fantasma congoleño? ¿Dónde los buitres y cómplices de Rwanda y otros países limítrofes? ¿Dónde está China, Europa, Estados Unidos? ¿Dónde nuestra querida, modélica, envidiada Holanda o la pacífica Bélgica?

Pero no. Toda esa gentuza puede respirar tranquila porque ya hemos señalado que el malo es el chaval que quiere un aifon, la abuela que necesita una Tablet con Skype para hablar con su nieto que curra en Irlanda. O el que no se puede permitir un fairfon porque no tiene estatus para ser buen ciudadano, buen ecologista, un no culpable, vaya.

Y cuidadito con lo que tenemos en casa: en Equo el programa ha sido un clamor, pero las decisiones de órganos de gobierno, las votaciones y un montón enorme de la actividad del partido se hace de manera casi exclusiva a través de plataformas de telecomunicaciones electrónicas.

Y luego un  tema que vendrá más adelante en esta serie: ¿y si estamos viendo cuál será nuestro futuro en una sociedad de recortes, de gobiernos de corruptos y payasos de feria, de reformas laborales rayanas (por el momento) en la esclavitud, en una sociedad estrangulada y vigilada por ejércitos privatizados a las órdenes del poder financiero?

Y en todo este paisaje y ante este futuro que ya está aquí, ¿dónde están los sindicatos?

Porque, a lo mejor, de algunas otras cosas que importan sí somos responsables. Continuará.

P.S: Un retrato seco, real, inapelable de esta porquería la tenéis inmejorablemente escrita en el libro de John Le Carré La Canción de los Misioneros. Plaza & Janés, 2007 (creo, aunque el original inglés me parece que es de 2006).

, , , , , , , ,

2 comentarios

La indignación oculta se ha vengado (Sátira I).


Lo que ustedes van a leer de este párrafo en adelante requiere de cierto cuidado conceptual y seguramente un porcentaje nada desdeñable de gente es muy posible que lo malinterprete. Estoy abierto a cualquier aclaración o debate. Va de uno de los factores que creo han sido decisivos en las Elecciones Presidenciales de los Estados Unidos de América y del crecimiento de los llamados populismos en Europa. Para más factores, más sátiras futuras.

La presunta izquierda en la que creemos compartir espacio de transformación y cambio es una lata para mucha gente. La izquierda presunta en la que llevamos entrando y saliendo algunos desde poco antes de la muerte de Franco, en una cama de hospital y a muy avanzada edad, se ha convertido en algo que a mucha gente la harta, le supera o, sencillamente, ha dejado de estar a su alcance.

La presunta izquierda que por ejemplo en España ha dado el poder al único partido procesado en los tribunales de la historia de nuestra Democracia es la misma que acaba de perder frente a alguien que en cualquier otra época histórica mínimamente seria hubiera sido considerado poco menos que un payaso y una curiosidad vecinal. Y las otras presuntas izquierdas en las que estamos, hemos estado o tenemos la tentación de estar no van por mejores caminos. Y es que somos un auténtico incordio. Somos una panda de empollones, pedantes, enamorados de nosotros mismos y tenemos planteamientos dificilísimos de explicar, que necesitan cientos de matices y encima no sabemos debatir. Pero sobre todo, a la gente normal la tenemos harta. En Estados Unidos la gente que ha votado a Trump (teniendo en cuenta que Hillary Clinton es tan de izquierda como lo pueda ser María Dolores de Cospedal, por ejemplo) está muy indignada, solo que ha incubado esa indignación en silencio y callada y minuciosamente, han puesto en la papeleta su pequeña venganza contra la presunta izquierda. Contra nosotros.

Las fuerzas progresistas, la izquierda, los movimientos de transformación, sabían hablar a la gente que antes se llamaba sencilla. Hasta que de esa gente surgimos los listos, las élites del análisis, los empollones del arte, la cultura y el análisis sociopolítico. En el momento en el que para ser de izquierda había que ser titulado o, mejor, doctor en algo, se fue jodiendo el Perú. Y si encima quiere uno ser ecologista, ni te cuento. Igual con una ingeniería no nos llega.

Las presuntas izquierdas hemos ido tejiendo un aparato cuasirreligioso en el que el debate, para empezar, está mediatizado por las formas. Si uno o una quiere hablar normal, emplea el neutro en su expresión oral o escrita y no pone arrobas, equis o directamente habla en femenino ante una audiencia puede ser vilipendiado en privado, en público, en las redes y hasta en una cena de cuñados. Así que ojito con lo que hablas.

En este nuestro ambiente cuasiconventual, mal está si uno se pone corbata o se la quita; sospechosa es una si lleva tacones o no; cautela con las viejas cazadoras que pueden ser de cuero o nada de zapatos de ante o de gamuza azul ni en los viejos vinilos, porque serás crucificado.

Sospechoso cuando no culpable serás de los males que aquejan a los que padecen pobreza energética porque dejas tus electrodomésticos en estánbai, porque has comprado en el súper y te han dado una bolsa de plástico, porque una vez tiraste el chicle en un alcorque, porque aún, miserable descamisado, no te has gastado 25.000€ en un coche híbrido y sigues con tu diésel de 8 años. Tú eres el culpable de la catástrofe ambiental.

¿Qué decir del problema de los refugiados? ¿De los manteros? ¿De las minorías éticas, sexuales, de los muy jóvenes, de los muy viejos? ¿Cuándo te preocupas por ello, miserable chupatintas? ¿Qué es eso de usar la crisis para dejar de pagar a Unicef, ACNUR, Médicos sin Fronteras, Greenpeace…? ¿Hasta cuándo vas a creer que con una sola suscripción y un SMS tienes tu conciencia silenciada?

No digas que no vas en bicicleta porque vives en la Carretera de la Playa. Cómprate una eléctrica.  No digas que comes carne, porque serás el responsable de la deforestación, del cambio climático y del maltrato animal. No comas mucha verdura, porque talan bosques para cultivar la que consumes. No seas ovolácteo porque las granjas de gallinas y vacas son inhumanas. Y ojito con apoyar la energía solar porque nuestros ingenieros te dirán que no es para tanto. Piensa además en la eólica que tantos pajaritos mata. Pero, obviamente, tienes que apoyar las renovables. Ya te diremos cómo.

Esta caricatura al estilo de Juvenal (el original romano, no el epígono que os escribe ahora) nos deja un hombre o a una mujer blanca, casada, que se desloman a trabajar o llevan tres años o más en paro, que dicen tacos ocasionalmente sexistas, que alguna vez  han contado un chiste de mariquitas, que le han dicho a una compañera o a un compañero “qué guapo vienes hoy”,  que han comido carne, que tienen un coche diésel porque les dijeron que contaminaba menos al consumir menos, que no tienen carnet Joven porque no son jóvenes, que no tienen carnet de la 3ª Edad porque no son viejos, que no tienen ingresos suficientes para ser ecologistas, para comer ecológico, para tener un coche eléctrico, que no tienen preguntas difíciles sobre sus vidas, sobre los ladrones que les han robado, sobre la mierda de mundo en que viven y que se dirige a un abismo del que les hacemos sentirse culpables, que van al cine a divertirse, que leen el Marca o el As o el Semana y que a veces ven (¡ah, pecadores horrísonos!)  Sálvame Limón.

Esa gente está indignada. Pero indignada contra nosotros, las élites, que les culpamos de todo, que les decimos que si no entienden nuestras soluciones es porque no leen lo suficiente, que si no acertamos haciendo encuestas les llamamos mentirosos, que antes que ellos están todas las minorías, todas las mayorías, todos los que ni son ni hablan ni viven como ellos.

Pues bien, esta gente, en Estados Unidos ahora, pero seguro que en Europa después (en Italia ya pasó) está muy indignada, tiene un sobre con un voto y es peligrosa. Y nosotros somos tan listos, tan listos, pero tan listos, que cuando la depositen en la urna no vamos a saber por qué.

Qué listos somos.

, , , , , , ,

1 comentario