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Ce, Ce, O, O (Sátira III)


Es difícil hacer algunas críticas desde la izquierda porque siempre temes dar coartadas a la derecha. Pero ahora que ya todo es derecha… bueno, ahí va.

Primero, los datos.

Según el Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2016, 1,79 millones de empresas no emplearon ningún asalariado. El 55,3% del total. Además casi otras 900.000 (el 27,7% tenían uno o dos empleados. Es decir, el 83% del tejido empresarial español, al comenzar el año que casi termina, tenía dos o menos asalariados. El 60% de las 1.791909 empresas sin asalariados están en el sector servicios, después vendría el Comercio (21%) y el sector de la Construcción, con un 14,5%. En el sector Industria solo el 4% son empresas sin ningún asalariado.

Los datos completos donde se encuentran estas cifras están a disposición de quien quiera verlas en detalle en: http://www.ine.es/prensa/np984.pdf

Este mapa, fruto de la híper disgregación de los sujetos empresariales inducidos por la cultura del empleo autónomo, del autoempleo y del emprendimiento, es el que describe el panorama laboral de España desde hace ya mucho tiempo.

Estos datos hablan, por debajo de la cifra, de lo que todos conocemos, de un país de autónomos o de microempresas cuya supervivencia en el tiempo tiende a ser corta (la mitad de las empresas con más de 20 años son empresas de más de 20 empleados) y sobre todo cuyas condiciones son extremadamente precarias. La crisis ha golpeado duro a microempresas, a autónomos y a profesionales emprendedores (no digamos ya entre las cohortes de población femenina y joven) y ha contribuido, además a enmascarar no solo situaciones de precariedad y desamparo social, sino cifras de desempleo y situaciones de riesgo extremo. Traducido de la jerga socioeconómica, montones de personas que en 2006 iban de vacaciones a Cancún eran vistas –y siguen siéndolo– por sus convecinos rebuscando en los contenedores de basura y pasando os inviernos sin luz y sin calefacción.

Hace ya seis años nuestro Gabinete hizo un estudio cualitativo sobre los autónomos, y el resultado fue desgarrador a nivel humano, triste en lo económico y absurdo en lo político. Porque lo que esconden también estas cifras es una realidad tan grave que hacemos chistes con ella. Ya se sabe que cuanto peor es el drama que nos afecta, más chistes hacemos, y que en España no hay noche más divertida que una noche de velatorio. Esta realidad es la de personas que no pueden enfermar porque no pueden perder un día de trabajo. Es la realidad de personas que, cuando cobran por su trabajo, lo hacen a precios vigentes hace 25 o 30 años (por ejemplo: los grupos de discusión, entrevistas y encuestas empleados en estudios sociológicos tienen ahora los mismos precios medios que cuando yo empecé a trabajar en el año 1983) y que han tenido que tributar y pagar el Impuesto sobre el Valor Añadido independientemente de que sus clientes hubieran pagado o no, contribuyendo así a financiar al Estado sin tener ninguna contraprestación.

Esto es tanto más doloroso cuando no se tiene, por tanto, derecho a baja laboral remunerada –puesto que depende de uno mismo y por tanto no es posible que un enfermo de baja se pague a sí mismo cuando no puede tener ingresos—ni tampoco a cobertura de desempleo si la actividad cesa por la causa que sea. No hablemos ya de la presión de clientes que demoran más de 200 días los pagos, de los impagos que, al menos en el sector servicios y en el de comercio son regla habitual, de las rebajas constantes de precios o de intercambio de servicios, etc. Añádase al estofado el hecho de que, en un número que sabemos enorme pero indeterminado, en las microempresas, los emprendedores y autónomos cobran como tales, facturando más IVA menos IRPF. Como no se cobra bajo nómina (a ver quién se arriesga), pedir un crédito a un banco o a una financiera del automóvil es pasar por un proceso cuasi inquisitorial cuyo resultado es incierto, como mínimo. No hablemos tampoco de que la cuota, desorbitada, se paga se ingrese o no se ingrese.

Este tejido industrial, este panorama humano, me ha hecho pensar siempre en las casas de madera del medio oeste estadounidense: casas bien hechas, fáciles de construir y de mantener por uno mismo, acogedoras… pero extremadamente vulnerables a tormentas, tornados y otros desastres naturales. La crisis, ese desastre nada natural, se ha llevado por delante, incluso a algunos varias veces, a muchas personas que ahora no tienen ni facturación, ni cobertura, ni amparo de ninguna clase. De Cancún al contenedor o al comedor de Cáritas. De La Moraleja a la Ventilla.

En todo este tiempo de crisis, muchos de los indignados, de los que han luchado por un cambio, de los que no han encontrado respuesta económica en un modelo simplista y desarrollista que no se puede ya reactivar,… en todo este tiempo de desamparo, de angustia, de suicidios ocultados por los medios, de jóvenes y viejos que van quedando fuera del movimiento económico, a quienes ya no rescata un crecimiento de más del 2%… en la calle, en las instituciones, en los medios, en la vida social, en la resistencia y la protesta hay un actor ausente. Un actor que no ha visto o no ha sabido qué hacer con este drama. Un actor que negocia con Renault, con El Corte Inglés, con FCC, con las empresas grandes de todos los sectores, salarios medios, convenios, Prevención de Riesgos Laborales, formación –ya poca porque… bueno, porque…– cuotas de cobertura de desempleo, jubilaciones. Pero que no ve a quienes están solos, o con su hermano, o con su amigo de toda la vida, socio y compañero de furgoneta, de mesa, de barra.

¿Dónde, en el nombre de todas las víctimas, están los sindicatos?

Y, por favor, no me contestéis los sindicalistas concienciados, preocupados, que nunca habéis dejado las luchas. Ni los que habéis sido víctimas de los sindicatos como empresas empleadoras en precario y a pesar de todo creéis en su necesidad y en su lucha.

Son más necesarios que nunca. Pero son los primeros responsables de haber perdido casi todo lo que sus antepasados consiguieron.

Por favor, repensad y volved.

Por favor.

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Vender el paraíso (en medio del diluvio).


Desde hace tiempo, la ecología, en los países mediterráneos, se ha topado con infinidad de obstáculos para salir adelante. Algunos de esos obstáculos son culturales: la convivencia entre especies, por ejemplo, es difícil de implantar en un país que era agroganadero hace solo dos generaciones y donde la revolución postindustrial llegó sin haber madurado la industrial primera, que a España, como casi todo, llegó muy tarde y de la mano de una derechona que ni entiende el avance tecnológico ni es capaz de concebirlo como fuente de riqueza a largo y medio plazo. Es lógico: en otros países la burguesía reemplazó a la nobleza como clase dominante. En el nuestro, la burguesía y la nobleza tenían lazos estrechos que, tras la rebelión fascista del 36 se hicieron casi invisibles. Hasta un entrenador de fútbol puede llegar a ser marqués. En otros países, el clero dejó de ser un poder fáctico en Estados laicos, burgueses y republicanos. En España aún dictan o tratan de dictar leyes y existe la posibilidad real de convertir el sucedáneo de democracia que tenemos en una teocracia encubierta.

España, además, fue superpotencia y, por tanto, un ente de consumo de recursos naturales voraz. Los conflictos aquí y en ultramar dejaron exhaustas, no solo las arcas comunes, sino las riquezas y los recursos disponibles para entrar en la era de la tecnificación. Tener gobernantes zafios, incultos, bananeros y partidarios del “¡viva la muerte!” o “¡que inventen ellos!” no ayudó –ni ayuda—de  ninguna manera a crear discursos que se nutrieran de una cultura de lo sostenible, de la innovación y de la convivencia con las especies del entorno. Por más que se diga ahora que muchas de las prácticas agroecológicas del pasado son aplicables al presente, tenemos que tener en cuenta que dichas prácticas incluían el desprecio por los animales considerados como pestíferos o amenazas para el ganado, utilización indiscriminada de pesticidas, sobreexplotación hídrica,  etc. No cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si sumamos a todas estas condiciones materiales el que, salvo pequeños paréntesis, España lleva inmersa en crisis económicas –con ligeros y comparativamente breves períodos de mejoría no consolidada (sino que duran lo que duran las “burbujas”)—más o menos desde finales del siglo XV, tenemos a una población que lleva más de cinco siglos considerando un lujo o una marcianada cualquier cosa que signifique riqueza, mejora de la calidad de vida o consolidación económica a medio y largo plazo. La gente de aquí quiere, y es normal, solución a su vida de manera inmediata. Y mucho más ahora, una época en que se están empobreciendo a marchas forzadas capas de población que hace cinco o seis años aún colgaban las fotos de sus viajes a Cancún, Malasia o Nueva York, tenían dos coches y vivían en un chalet del extrarradio.

Decir al conjunto de la población española que una mina a cielo abierto contamina, que una nuclear puede petar y matar a cien mil personas, que los macroedificios de las playas acaban con la riqueza que hizo que se construyeran, que las prospecciones frente a las zonas de valor turístico son un atentado contra su riqueza y su vida futura, que merece la pena rescatar al lobo y al lince (por ejemplo),… es, en la inmensa mayoría de los casos, al menos inútil. Ya es difícil explicar por qué los mecanismos políticos han sucumbido al golpe de estado global financiero. Pero también parece frustrante e inútil hablar a la población mundial del calentamiento global, de la glaciación que se avecinaría, del agotamiento de los combustibles fósiles, o del fin del agua potable en casi la mitad del planeta. La gente quiere trabajo, bienestar, nivel de vida. Las personas quieren vivir bien y ser felices, confiar en que si dan a un interruptor la luz se encenderá, que podrán conducir un coche para viajar a sus anchas, que podrán disfrutar de su ocio y de sus relaciones sociales.

 

La gente no quiere aguafiestas.

 

Por eso la mayoría de las personas, en España, nos hace el mismo caso que los fumadores a las imágenes de las vísceras ahumadas o las encías con piorrea. Ninguno. Eso ya lo vivió Noé antes del diluvio. Y la población sigue riéndose del discurso ecologista apocalíptico. Y es porque no hemos aprendido nada de los mejores comunicadores de la historia (no, Monedero, no sois vosotros): las religiones monoteístas y, en especial, el cristianismo.

Como decía el increíble José María Lapeña, no hay oferta que tenga:

  1. Mejor logo. Simple, fácil de dibujar y transmitir y que admite miles de variantes de forma, tamaño, textura y color. La cruz, la media luna…
  2. Mejor red de comunicación. Además de los libros santos, tienen una red de púlpitos y mihrabs por todo el mundo y llegan a la práctica totalidad de su público potencial de modo presencial. Además, están infiltrados en gobiernos o gobiernan medio mundo.
  3. Mejor endorsement (celebrity que avala el producto). Lo que dicen lo ha dicho dios. Enseñadme una celebrity mayor, con más poder de convicción y, sobre todo, con más poder de castigo si no haces caso.
  4. Mejor wow factor. El hijo del dueño murió voluntariamente para que, por malos que seamos (o malas) podamos arrepentirnos y salvar nuestra alma. Y RESUCITÓ.
  5. Mejor promesa. La inmortalidad. Es insuperable, salvo quizá con el añadido musulmán –sexista—de las huríes.

La ecología política debería aprender, ahora hablando en serio, que debe –debemos—vender el paraíso. La Iglesia Católica entró en crisis en gran medida por centrar su mensaje en las penas del infierno en lugar de en las glorias del paraíso. Cuando la gente vio que el infierno no podía ser peor que la vida que llevaban  decidió fusilar a la clerecía y asaltar los edificios donde cada domingo contemplaban riquezas obscenas administradas por curas gordos y corruptos.

La parte esencial de nuestro discurso y de nuestra lucha es que queremos que las personas sean felices, vivan en armonía con los seres con los que comparte planeta, humanos y no humanos, y no esquilmen los recursos de los que depende su subsistencia. Dicho sea de paso, buscamos de nuevo la equidad y la limitación del consumo cuya consecuencia inmediata sería un mayor respeto por los derechos humanos y una desactivación de gran parte de las causas inmediatas de los conflictos armados.

Es necesario que nuestros mensajes en positivo, que vendan el paraíso en el que creemos, sean claros, contundentes, notorios… y lleven a la gente a profundizar, en un segundo paso, en la parte más compleja de nuestras propuestas. Tenemos que crear equipos comunicativos eficaces y rodearnos de personas expertas para atender a todos los frentes comunicativos., especialmente que tengan y nos dejen claro que tres o cuatro mensajes pertinentes, sencillos (inteligibles, no “simples”) y muy repetidos son más eficaces que explicar el problema del gas esquisto, por ejemplo, en toda su complejidad. Es impepinable que expliquemos de palabra y sobre todo obra que creemos que hay que sacrificar muchos sobreentendidos para empoderar a la mujer en la equidad de las organizaciones, las empresas y la vida cotidiana.

Pero no hace falta indignar más. Las personas ya están indignadas. Necesitan saber (como lo necesitarán quienes han votado a los voceros del apocalipsis circular) qué plan tenemos. Cómo lo financiaremos. Por qué nosotros y nosotras tenemos un plan y otros no. Dónde y por qué ha funcionado… Cuál es nuestra visión de un futuro con personas más felices, con financieros y ladrones más infelices. Un futuro habitable, sostenible, en equidad y real.

Ya hemos avisado del diluvio y tenemos los planos del arca. Llamemos a todas y a todos a subir. Porque ya empezó a llover.

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El Caballero, la Mujer y el Cura (Popurri semioclasta)


1. El otro día, en la radio, el President de la Generalitat de Valencia, cuyo apellido es Fabra –lo digo porque este post va de la importancia de las palabras—explicaba ante el siempre solícito e inofensivo Francino el secreto último de las medidas del Gobierno estatal. El discurso es más o menos el siguiente: “Estamos pidiendo sacrificios a las amas de casa, a los trabajadores [ojito al paradigma de género], a todos los españoles… Pues es normal que los españoles nos pidan también a los responsables públicos y a las Administraciones que compartamos ese sacrificio y también nosotros nos apretemos el cinturón” La idiota o el idiota que lo escucha –incluido ese portero siempre en salida falsa que es Francino, a quien Arenas, a la cara, llamó la semana pasada “Don Carlos”—se traga varias cosas.

La primera, que las Administraciones Públicas y sus responsables tienen y gastan un dinero propio, que es suyo y que pueden administrar a su antojo. En este caso, con el antojo de gastar en misas lo que ahorran en servicios para todos, pongo por caso.

La segunda, la ocultación de que el hecho de que las Administraciones se aprieten el cinturón significa que el ciudadano o la ciudadana se lo tienen que apretar dos veces. Porque el dinero y las prestaciones también son suyas, no del PP ni del gobierno de turno.

Pero cuela. Se llama poder del discurso y ese día ni Francino ni los de la izquierda española fueron a clase.

2. En la nueva publicidad institucional de Bankia hay cuatro mujeres. La primera, una enfermera que ayuda a una mujer no vista a parir un niño. La segunda, una estudiante que entrega a su profesor, un hombre, un trabajo. La tercera, la pareja del dueño de un bar (puede que ella también sea socia); mientras él hace papeles, ella limpia y ordena las mesas. La cuarta, una cantante de ópera o actriz.

Todo lo demás son hombres en posición de liderazgo, de camaradería viril (tan cara a las esencias de nuestro nacional-liberalismo), de petición de cuentas. Enfermera, actriz, alumna, limpiadora, madre.

Mucho más sutil que la mujer que grita ridículamente “¡Vip Expreeeees!” en un gesto triunfante contra las manchas.

Pero cuela. Se llama poder del discurso y lo perfeccionaron Göbbels y su secretario por aquél entonces, Himmler.

3. Cuando un Tribunal Superior bendice un colegio concertado próximo a la Obra en el que se segrega a menores por cuestión de sexo está bendiciendo que paguemos con dinero público la violación de la Constitución, para la que, hasta donde he leído, todos somos iguales.

Cuando la jerarquía católica se opone a la despenalización del aborto, lo que pretende, aunque no lo diga, es que, además de pecado, lo que prescribe sea delito. Lo que implica que mujeres que aborten y profesionales de la medicina que coadyuven vayan a la cárcel y paguen por ese delito.

Cuando la jerarquía católica se manifiesta contra la educación para la ciudadanía, la promoción de la prevención de las ETS mediante el uso de anticonceptivos y la venta sin receta de la llamada “píldora del día después”, lo cifra todo en torno a un “ataque laicista”. Las víctimas, las personas que quieren que su creencia sea ley. Los opresores, quienes queremos que las personas elijan en libertad sus opciones vitales, respetando la creencia de cada cual.

Eso es lo que implica tanta manifestación con sotana, que ya no veremos ahora que maman a los pechos de nuestro ínclito exalcalde madrileño.

Pero cuela. Porque el discurso se arma desde una pretendida ciencia que reflexiona sobre un objeto que ella misma inventa, la teología. Y llevan dos milenios armándolo.

La economía funciona ahora como la teología, porque la derecha no sabe armar discurso sin montar mandamientos, verdades de fe y cleros. Así que ojito, que las teologías suelen traer consigo dogmas, evangelizaciones y hogueras.

Rezad lo que sepáis. Notablemente, eso es lo que dice el tema musical de fondo en el anuncio de Bankia que he mencionado. Lo que, viniendo de una entidad financiera, da un poco de escalofrío paranormal, ¿no?

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Holocaustos


Estoy leyendo una enorme (en todos los sentidos: casi mil páginas) biografía de Heinrich Himmler elaborada por Peter Longerich, editada por RBA, 2009, y bastante mal traducida. Transcribo un parrafito curioso, acerca del diario que la mujer de la bestia nazi escribió sobre un viaje que llevó al matrimonio del Reichführer-SS y su señora a Italia y Libia:
 “El 4 de diciembre [de 1937, Himmler y su mujer, Margarete] volaron a Libia para ver, al día siguiente, los hallazgos arqueológicos de Septis Magna, una ciudad “construida por los romanos con inmensa grandeza, riqueza y excelsitud”, según Margarete se admiraba. “No paro de pensar en una cosa: ¿Por qué los pueblos actuales son tan pobres?”, se pregunta, y ofrece una respuesta: “¡¿Quizá porque ya no hay esclavos?!””

Sigo. En un documental medio francés titulado “Apocalipsis”, que consta de varios episodios, se ofrecían unas imágenes terribles en los que unos prisioneros –probablemente judíos—de la zona llamada por entonces el Gobierno General eran urgidos por sus captores alemanes a bajar de los camiones donde fueron transportados, con una pala en la mano para cavar sus propias fosas antes de la ejecución. En un momento de la espantosa filmación, uno de ellos mira a cámara, aterrado, inerme, mientras sigue corriendo hacia su destino. Ninguno de esos hombres, que corría hacia su final, utilizó su pala como arma contra sus captores. Ninguno de ellos aceleró el fin luchando, seguramente sin armas mentales ni anímicas que les permitieran siquiera pensar en lo que estaba ocurriendo. Quizá se hallaban en una especie de narcosis, de negación de lo que estaba ocurriendo, desprendidos de sí mismos y del gobierno de su yo.

Pero esa perplejidad por ver cómo un pelotón de soldados podía controlar a un montón de prisioneros que nada tenían ya que perder no sólo la tuvimos mi mujer y yo. Laurence Reese, en su imprescindible y desasosegante Auschwitz (Crítica, 2005) ya señalaba que agentes del Servicio Secreto israelí, soldados judíos integrados en unidades armadas aliadas, e incluso supervivientes de los campos de exterminio que escaparon o asesinaron a alguno de sus captores, no podían explicarse la práctica inexistencia de revueltas o protestas entre quienes eran internados en los campos o conducidos a la cima de fosas comunes para esperar su ejecución.

Es evidente que nadie tiene derecho a juzgar esa actitud pasiva de quienes fueron exterminados en masa: nadie puede valorar el estado anímico, emocional, físico, de quienes ya habían sido torturados, hacinados en trenes, condenados al hambre e incluso a las luchas despiadadas por la supervivencia en los guetos atestados de las ciudades ocupadas por los nazis.

Pero quizá hay materia para juzgar, por un lado, a la enorme cantidad de personas que piensan –es un decir—como la adorable matrona de clase media venida a más que era Margarete Himmler. O a nosotros mismos. ¿Por qué no a nosotros mismos?
Estamos siendo sacrificados en el altar de la avaricia con nuestra pala en la mano, mientras seguimos poniendo dinero para salvar a quienes han demostrado que el sistema no funciona, en un círculo vicioso de especulación y codicia que se está llevando físicamente por delante a gente. A personas.

Estamos asistiendo, con la pala en la mano, a la violación de cualquier regla aritmética y de sentido común –no ya económica—cuando se nos dice que para luchar contra el paro ha de ser más fácil y barato fabricar más paro.

Estamos asistiendo al baile de la justicia –y no daré detalles porque no está la cosa para darlos: sé en qué país vivo y quién manda aquí—con nuestra pala en la mano. Viendo cómo unos salen indemnes, otros entran, y una portavoz del CGPJ declara, en público, sin rubor, seguramente sacada de contexto y por culpa de la prensa, que “no todos los imputados son iguales” en referencia a un imputado relacionado con la Casa Real.

Ya tardaban, pero vamos a ver, con nuestra pala en la mano, cómo las mujeres que aborten y los médicos que las asistan volverán a la cárcel, doblando el drama de su decisión, doblando su exposición a la tortura pública, mientras seguimos pagando entre todos visitas –que dejan sus comisiones a quienes saben dónde doblar la rodilla y qué abogados contratar a la salida de misa—de un líder religioso que cree tanto en lo que dice sobre la otra vida que viaja en coche blindado.

Estamos viendo cómo hay colegios sin calefacción, sin medios, sin profesores preparados ni motivados, con nuestra pala en la mano. Ya han detenido a unos estudiantes de un Instituto valenciano por denunciar estas cosas. A otros se les ha castigado por hacer fotos de los alumnos ateridos con mantas y publicarlas en las redes sociales. Y quien dice educación dice sanidad, servicios sociales, ONG,…

Inermes, vemos desfilar soldados a guerras energéticas vendidas como guerras de democracia o religión –cosas que no han pegado nunca bien entre sí—y, pala en mano, nos preocupa la subida de la gasolina, mientras millares, cientos de millares de personas, mueren para que nosotros podamos derrochar luz y gas, especialmente en Navidad, claro está.
Con la pala en la mano vemos a una tertuliana enjoyada decir que “sindicatos y funcionarios defienden sus privilegios mientras los demás trabajamos (sic!!!) de sol a sol”. O a Registradores de la propiedad y personas con decenas de sueldos y cargos decir que “todos tenemos que hacer un esfuerzo”.

Pala en mano, estallamos de ira ante un penalti no pitado, ante una declaración de un entrenador, ante la injusticia de un fuera de juego, mientras miramos sin pestañear lo que ocurre todos los días aquí, a nuestro lado, a personas como nosotros. A veces a nosotros mismos.

Podría poner muchos más ejemplos. Pero de momento, sigamos viviendo en la ficción de que somos Margarete Himmler, que tanta admiración pequeñoburguesa sentía hacia las culturas ricas construidas sobre la esclavitud creyéndose ama, y no pensemos que somos, en realidad, aquellos seres humanos a los que su marido y sus camaradas y esbirros enviaban sin pestañear a la muerte. Pala en mano. Hasta que nos toque.

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