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Equidad.


Una de las cosas que más me preocupan de la ecología política es lo deprisa que se anuncian medidas fiscales para sancionar la no recuperación, la no reutilización y el no reciclaje, es decir: medidas fiscales que sancionen o compensen económicamente la inversión de los poderes públicos parar hace frente al gasto contaminante, los vertidos o la mala separación y gestión de los residuos.

Me preocupa sobre todo porque vivimos en un país donde se ha perdido una de las más grandes (quizá la única) conquistas de la socialdemocracia: la progresividad fiscal. En España la carga fiscal está muy mal repartida; casi se puede decir que está malévolamente repartida. Tras la infame reforma de Montoro, las rentas del capital tributan un 20%, muy por debajo de las rentas más altas del trabajo, cuyo tramo alto llega al 48%. Pero es que además días antes de la moción de censura que  le desalojó del sillón azul, las rentas medias se disponían a sufrir una subida generalizada de impuestos que no afectaría a las grandes fortunas ni a las plusvalías generadas por las SICAV ni por la gran banca.

Esta es la parte visible. La invisible es la increíble cifra generada por los impuestos más insolidarios, injustos y perniciosos para la cohesión social: los impuestos indirectos y las tasas en la sombra. Estos impuestos no son progresivos, sino todo lo contrario. Son impuestos que paga todo el mundo por igual: el rico y el pobre, la mujer trabajadora y la jubilada. Como el peaje de las autovías, la tarifa es la misma para un diésel que para un híbrido, para un SUV o un 4×4 que para un utilitario.

La visión general de este panorama es muy simple: no solo no paga más quien más gana, sino que quienes pagan más son los que están en el medio de todo: los de mediana edad, los de sueldo mediano, los que viven en una casa o piso mediano, los van de vacaciones a un apartamento mediano en un coche de gama media. Y los pobres, claro, como siempre.

En este contexto, los partidos ecologistas han elegido la prisa y no la progresividad en el tiempo y en el dinero para tomar medidas muy necesarias para luchar contra el cambio climático. Quiero decir que la necesidad es innegable, pero las medidas no tienen por qué ir a esa velocidad ni despreciar el tejido fiscal y social del país.

Así, si acaban  los peajes proponemos una tasa por contaminación y mantenimiento de la vía; contra la masificación turística, antes que el cambio de modelo sol/playa/borrachera, proponemos e implantamos la tasa turística; contra la mala gestión de residuos, tasas y multas; contra la movilidad metropolitana mal planificada proponemos un peaje de entrada en las ciudades y la prohibición de circular a vehículos con motor térmico tradicional. Todo eso lo paga todo el mundo sin distinción de ingresos.

Pero hay más: en este tejido fiscal y frente a los problemas ambientales nos comportamos como ricos terratenientes que abren un poquito la mano con sus esclavos. A los millones de personas a los que se (nos) dijo que el diésel era un motor más eficiente, con menor consumo y por tanto que contaminaba menos –y lo dijeron los poderes públicos en santa alianza con los fabricantes del automóvil—les vamos a poner una tasa de circulación, a prohibir que entren en el centro de las ciudades y a… ¡regalarles un abono transporte. Porque, claro, los que tendrán derecho a circular por esas ciudades serán los que se puedan gastar entre treinta y cinco y ciento cuarenta mil euros en un coche eléctrico. O podrán usar el abono transporte gratuito quienes vivan en zonas de alto censo electoral y disfruten de alternativas de transporte público y colectivo que muchas zonas metropolitanas no tienen. Y sobre las bicicletas… pues hay varias cosas: Tomemos el ejemplo de Madrid: en lugar de ponerse en la periferia de las ciudades, fuera del anillo de la m-30 y cerca de aparcamientos e intercambiadores con buenos carriles bici, BiciMarid se hizo –como todo—del centro hacia afuera. Además, Madrid no es Ámsterdam, donde las colinas más altas son los resaltos de reducción de velocidad de la calzada. Y la población Madrileña tiene una media, descontando la población universitaria flotante, de 56 años. Y no precisamente con el cuerpo de Contador.

Pero hay más: pagará más quien más basura genere porque hemos trasladado el principio industrial a la ciudadanía: que pague más quien más contamina. Vale. Es decir, que nuestro millenial de 31 años soltero y profesional liberal (que tiene coche eléctrico de 75.000€, bicicleta eléctrica de 3.000 y vive en un loft de 75 metros cuadrados en el centro) va a pagar mucho, mucho menos que una madre soltera en paro o con empleo precario con tres hijos y una madre a su cargo.

No podemos ser ajenos al cuidado de las personas. No podemos castigar a quien no lo merece. No podemos hacer de la ecología una madrastra vigilante y sancionadora que va a poner las pilas a los de siempre. No podemos ser eco-pijos que se sienten con la capacidad de despreciar la realidad social que está, también, en la base de las prácticas contaminantes. Como ocurre a nivel global, son los pobres (los países y las personas) los que más contaminan. Y no parece que la solución tenga que ser castigar a los pobres (países y ciudadanía) por un pecado global que han generado los que se pueden permitir ser como queremos nosotros que hay que ser.

Más vale que nos pongamos a pensar cómo ser equitativos. Si no es así, yo me bajo.

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Podemos: ¡qué emocionante!


Hace muy poquito, en una reunión informal, una mujer joven, arquitecta, inteligente y entusiasta hacía una reflexión que ahora debe ser muy común y que –con forma diferente—no era la primera vez que oía: “es que eso de [Equo] de reflexionar, argumentar, exponer programa… eso es viejo, del siglo XX. En el siglo XXI se trata de las emociones, de comunicar emociones, de llegar a las tripas, al corazón”. Se refería así, comparando sus actitudes ante la comunicación política con la de Equo, claro está, a la alegre muchachada de los círculos.

La respuesta que di  a esta entusiasta mujer no le gustó nada. Le hice notar que las emociones, en política, se llevan usando mucho tiempo antes del siglo XXI. Y que cuando se ha hecho así, las cosas no han ido precisamente bien. Le hice notar lo emocional que era, por ejemplo, el nacional-socialismo. En general, añadí, todos los ultranacionalismos, los extremismos, los fundamentalismos,  se construyen sobre lo emocional.

Y es normal que así sea. Casi nada de lo que las emociones aceptan sin rechistar se puede tratar racionalmente sin que a uno o a una lo acusen, como mínimo, de aguafiestas. Meterse con las emociones, con lo emocional, es meterse contra la moda del marketing pasional, contra los dictados de Pretty Woman y derivados, contra la identidad de pueblos, contra los paraísos religiosos,… cosas así.

Ante esta dictadura de lo emocional no hay nada que hacer. Si uno señala que considerar que es mejor que un espermatozoide y un óvulo, por azar, se reunieran en Castelldefels que en Villamanta; mejor en Jaén que en Bourg-en-Soissons; mejor en Ejpannia que en Ecuador, etc. y que esa cualidad azarosa es como presumir de tener cinco dedos en las manos, se le contesta inmediatamente: “es un sentimiento, hay que respetarlo”. Pues no. A la persona siempre, a lo que juzgo una estupidez, nunca.

Si uno señala la irracionalidad de los paraísos de cualquier religión o secta, de la existencia de un Dios omnisciente, omnipotente  y que interactúa con la historia (y hasta habla con gente y opera violaciones de las leyes naturales) por el sencillo método de señalar que no hay una sola prueba de que tal ente exista, se le reprende con el “no ofendas los sentimientos de la gente, es su creencia”. Vale, sin ofender. Respetando a la persona creyente, pero jamás la creencia.

La alegre muchachada de los círculos no soporta, ni admite, una sola crítica precisamente porque está surfeando los sentimientos de indignación, de cabreo, de hartura, que están gobernando nuestra sociedad desde que se acabó la fiesta del ladrillo y empezamos a ser los felices propietarios de monumentos ruinosos, constructoras megalómanas y bancos llenos de delincuentes. De modo que cuando alguien señala que su discurso es un anti-discurso; cuando alguien se atreve a apuntar que hace meses dijeron unas cosas y ahora dicen otras (especialmente en temas económicos); cuando a alguien se le ocurre decir que en Cofrentes son pro-nucleares y en Burgos anti-nucleares, o idependentistas en Catalunya y antiindependentistas en Toledo; cuando algún o alguna valiente se atreve a recordar que no han apoyado una sola movilización ciudadana desde abril; cuando una voz se alza para hacer ver que estos adalides del 15-M y la democracia participativa han elegido sus órganos a la búlgara; cuando alguien se horroriza de que digan a las claras y en medios de comunicación masivos que “harán y dirán lo que sea necesario para llegar al poder”;

http://politica.elpais.com/politica/2014/11/26/actualidad/1417030679_132277.html

cuando una memoria se espanta de que basen sus discursos en cepillarse –con razón—la Transición… pero al compás de L’Estaca y del Canto a la Libertad… entonces sus sentimentales voceros, su cohorte mediática y sus ciberactivistas crucifican a quien sea “porque el enemigo es otro”, porque “esos son los ataques de la casta”, porque “el clamor de la ciudadanía pide que desalojemos a los corruptos, no importa cómo”, porque, en fin, cualquiera que les critique es un resentido, un miedoso, celoso de su éxito y que no comprende que lo nuevo tiene que imponerse a lo viejo por la sencilla razón de que es nuevo. Aunque la novedad huela a II Internacional, por supuesto.

Y ahora, por favor, lean esta entrevista sobre las “propuestas” de Podemos sobre cultura. Si tienen tiempo háganse un resumen y vean lo que sale después de quitar las consignas, los lugares comunes y las ocurrencias. Es precioso ver frases como:

“… podemos decir que en el proyecto político de Podemos hay una voluntad de generar un nuevo espacio cultural. Una orientación que entiende la cultura como un elemento fundamental del cambio que proponemos”.

 ¿Es la Cultura elemento de cambio? Respuesta: “El modelo denominado [¿denominado por quién? N. del A.]  “Cultura de la Transición” ha sido un modelo político y cultural al tiempo. Tenemos que salir de ese bloqueo para formar un nuevo proyecto de país”.

http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-11-11/queremos-acabar-con-la-hipsterizacion-de-la-cultura_439785/

Es decir. Casta, Transición y cambio. Si se les pregunta por cualquier cosa –y esta es la clave de su éxito–: casta, Transición y cambio. Y emociones. Muchas emociones. Mucha indignación. Mucho clamor social.

Esta semana convocan una manifestación solo para ver cuánta gente va. No los vimos por la República, con las mujeres, ni en el Día del Orgullo, ni apenas en las Mareas (excepto, claro está, a título “personal” como en Ganemos)… Pero para sí mismos sí, para saber cuánto es el apoyo que pueden visibilizar en la calle. A ver si son tantos y tan guays como creen. Otra novedad que ya había visto mucho antes en contextos quizá dudosos.  Lo que se ha llamado toda la vida una “demostración”, es ahora un test. A ver cuánta gente, indignada contra la Casta, agotada del modelo de la Transición y deseosa del cambio sigue a la alegre muchachada de los círculos.

Qué emocionante.

Otras, otros, en Equo pero también en otras partes, tendremos que seguir trabajando para dar a conocer propuestas y programa. Sin medios, sin periodismo de apoyo, sin demagogia fácil, sin retórica tipo Gran Hermano, El Chiringuito de Jugones o Sálvame… Currando por un modelo alternativo de verdad. Con ideas de verdad, de las que se pueden consensuar, debatir y refutar.

Qué poco emocionante.

 

 

POST SCRIPTUM: A la arquitecta le pregunté, además, si emplearía ese criterio exclusivamente emocional a la hora de elegir o juzgar su relación de pareja. “Respondió un “sí” contundente, espontáneo, definitivo… y dos segundos después hizo un silencio y dijo “espera. A lo mejor, no. Ya me has dejado pensando”. Pensando. Otra cosa poco emocionante… ¿a que sí?.

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Vender el paraíso (en medio del diluvio).


Desde hace tiempo, la ecología, en los países mediterráneos, se ha topado con infinidad de obstáculos para salir adelante. Algunos de esos obstáculos son culturales: la convivencia entre especies, por ejemplo, es difícil de implantar en un país que era agroganadero hace solo dos generaciones y donde la revolución postindustrial llegó sin haber madurado la industrial primera, que a España, como casi todo, llegó muy tarde y de la mano de una derechona que ni entiende el avance tecnológico ni es capaz de concebirlo como fuente de riqueza a largo y medio plazo. Es lógico: en otros países la burguesía reemplazó a la nobleza como clase dominante. En el nuestro, la burguesía y la nobleza tenían lazos estrechos que, tras la rebelión fascista del 36 se hicieron casi invisibles. Hasta un entrenador de fútbol puede llegar a ser marqués. En otros países, el clero dejó de ser un poder fáctico en Estados laicos, burgueses y republicanos. En España aún dictan o tratan de dictar leyes y existe la posibilidad real de convertir el sucedáneo de democracia que tenemos en una teocracia encubierta.

España, además, fue superpotencia y, por tanto, un ente de consumo de recursos naturales voraz. Los conflictos aquí y en ultramar dejaron exhaustas, no solo las arcas comunes, sino las riquezas y los recursos disponibles para entrar en la era de la tecnificación. Tener gobernantes zafios, incultos, bananeros y partidarios del “¡viva la muerte!” o “¡que inventen ellos!” no ayudó –ni ayuda—de  ninguna manera a crear discursos que se nutrieran de una cultura de lo sostenible, de la innovación y de la convivencia con las especies del entorno. Por más que se diga ahora que muchas de las prácticas agroecológicas del pasado son aplicables al presente, tenemos que tener en cuenta que dichas prácticas incluían el desprecio por los animales considerados como pestíferos o amenazas para el ganado, utilización indiscriminada de pesticidas, sobreexplotación hídrica,  etc. No cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si sumamos a todas estas condiciones materiales el que, salvo pequeños paréntesis, España lleva inmersa en crisis económicas –con ligeros y comparativamente breves períodos de mejoría no consolidada (sino que duran lo que duran las “burbujas”)—más o menos desde finales del siglo XV, tenemos a una población que lleva más de cinco siglos considerando un lujo o una marcianada cualquier cosa que signifique riqueza, mejora de la calidad de vida o consolidación económica a medio y largo plazo. La gente de aquí quiere, y es normal, solución a su vida de manera inmediata. Y mucho más ahora, una época en que se están empobreciendo a marchas forzadas capas de población que hace cinco o seis años aún colgaban las fotos de sus viajes a Cancún, Malasia o Nueva York, tenían dos coches y vivían en un chalet del extrarradio.

Decir al conjunto de la población española que una mina a cielo abierto contamina, que una nuclear puede petar y matar a cien mil personas, que los macroedificios de las playas acaban con la riqueza que hizo que se construyeran, que las prospecciones frente a las zonas de valor turístico son un atentado contra su riqueza y su vida futura, que merece la pena rescatar al lobo y al lince (por ejemplo),… es, en la inmensa mayoría de los casos, al menos inútil. Ya es difícil explicar por qué los mecanismos políticos han sucumbido al golpe de estado global financiero. Pero también parece frustrante e inútil hablar a la población mundial del calentamiento global, de la glaciación que se avecinaría, del agotamiento de los combustibles fósiles, o del fin del agua potable en casi la mitad del planeta. La gente quiere trabajo, bienestar, nivel de vida. Las personas quieren vivir bien y ser felices, confiar en que si dan a un interruptor la luz se encenderá, que podrán conducir un coche para viajar a sus anchas, que podrán disfrutar de su ocio y de sus relaciones sociales.

 

La gente no quiere aguafiestas.

 

Por eso la mayoría de las personas, en España, nos hace el mismo caso que los fumadores a las imágenes de las vísceras ahumadas o las encías con piorrea. Ninguno. Eso ya lo vivió Noé antes del diluvio. Y la población sigue riéndose del discurso ecologista apocalíptico. Y es porque no hemos aprendido nada de los mejores comunicadores de la historia (no, Monedero, no sois vosotros): las religiones monoteístas y, en especial, el cristianismo.

Como decía el increíble José María Lapeña, no hay oferta que tenga:

  1. Mejor logo. Simple, fácil de dibujar y transmitir y que admite miles de variantes de forma, tamaño, textura y color. La cruz, la media luna…
  2. Mejor red de comunicación. Además de los libros santos, tienen una red de púlpitos y mihrabs por todo el mundo y llegan a la práctica totalidad de su público potencial de modo presencial. Además, están infiltrados en gobiernos o gobiernan medio mundo.
  3. Mejor endorsement (celebrity que avala el producto). Lo que dicen lo ha dicho dios. Enseñadme una celebrity mayor, con más poder de convicción y, sobre todo, con más poder de castigo si no haces caso.
  4. Mejor wow factor. El hijo del dueño murió voluntariamente para que, por malos que seamos (o malas) podamos arrepentirnos y salvar nuestra alma. Y RESUCITÓ.
  5. Mejor promesa. La inmortalidad. Es insuperable, salvo quizá con el añadido musulmán –sexista—de las huríes.

La ecología política debería aprender, ahora hablando en serio, que debe –debemos—vender el paraíso. La Iglesia Católica entró en crisis en gran medida por centrar su mensaje en las penas del infierno en lugar de en las glorias del paraíso. Cuando la gente vio que el infierno no podía ser peor que la vida que llevaban  decidió fusilar a la clerecía y asaltar los edificios donde cada domingo contemplaban riquezas obscenas administradas por curas gordos y corruptos.

La parte esencial de nuestro discurso y de nuestra lucha es que queremos que las personas sean felices, vivan en armonía con los seres con los que comparte planeta, humanos y no humanos, y no esquilmen los recursos de los que depende su subsistencia. Dicho sea de paso, buscamos de nuevo la equidad y la limitación del consumo cuya consecuencia inmediata sería un mayor respeto por los derechos humanos y una desactivación de gran parte de las causas inmediatas de los conflictos armados.

Es necesario que nuestros mensajes en positivo, que vendan el paraíso en el que creemos, sean claros, contundentes, notorios… y lleven a la gente a profundizar, en un segundo paso, en la parte más compleja de nuestras propuestas. Tenemos que crear equipos comunicativos eficaces y rodearnos de personas expertas para atender a todos los frentes comunicativos., especialmente que tengan y nos dejen claro que tres o cuatro mensajes pertinentes, sencillos (inteligibles, no “simples”) y muy repetidos son más eficaces que explicar el problema del gas esquisto, por ejemplo, en toda su complejidad. Es impepinable que expliquemos de palabra y sobre todo obra que creemos que hay que sacrificar muchos sobreentendidos para empoderar a la mujer en la equidad de las organizaciones, las empresas y la vida cotidiana.

Pero no hace falta indignar más. Las personas ya están indignadas. Necesitan saber (como lo necesitarán quienes han votado a los voceros del apocalipsis circular) qué plan tenemos. Cómo lo financiaremos. Por qué nosotros y nosotras tenemos un plan y otros no. Dónde y por qué ha funcionado… Cuál es nuestra visión de un futuro con personas más felices, con financieros y ladrones más infelices. Un futuro habitable, sostenible, en equidad y real.

Ya hemos avisado del diluvio y tenemos los planos del arca. Llamemos a todas y a todos a subir. Porque ya empezó a llover.

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