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¿Para qué seguir si no hay más que un océano de estupidez? (Apunte sobre el compromiso político)


Il n’y a point d’amour sans un peu d’innocence.

Albert Camus.

(No hay amor sin un poco de inocencia)

 

Hace nada he reencontrado, tras más de 30 años de hueco, a uno de los grandes amores de mi vida. Un amor nada o poco físico, lo que lo hace sospechosamente redondo, envolvente y decisivo, aunque no total, ni finito.

Mientras hablábamos para contarnos la secuencia de nuestras vidas desde que las separamos de un tirón cuando aún éramos apenas jóvenes ella dijo una frase que cuajó mi lectura de la diferencia entre lo que pasó cuando éramos adolescentes y lo que está pasando ahora y la reacción –o, mejor, la no reacción—de nuestros adolescentes y jóvenes de ahora, entre los que se encuentran nuestros hijos respectivos: nous étions innocents; nous croyions.

Nosotros éramos inocentes, nosotros creíamos. La creencia nos sacaba a la calle, a las asambleas, a las manifestaciones, a las coordinadoras de estudiantes, a las asociaciones para conseguir casas de la juventud, polideportivos, locales para ancianos del barrio. La creencia nos hizo negociar y dejar que el cóctel molotov y la devolución de botes de humo fuera sustituida –a regañadientes y en el fondo sabiendo lo que iba a pasar—por aquella izquierda que acabó volviendo a los pasillos enmoquetados, a las corbatas de tonos azules, a los trajes oscuros, a la amnesia.

Nosotros éramos inocentes. Nosotros creíamos. Lo dijo en francés, porque aunque habíamos recuperado la costumbre de cuando éramos críos de hablar cada uno en el idioma del otro, una declaración importante, un abrazo o un paseo la decíamos, lo dábamos o lo recorríamos siempre en nuestro idioma materno. Cuando venía a España, ella se encontraba en un lugar deslavazado, que apenas florecía para irse de juerga, de movida, mientras creía dejar atrás fantasmas en blanco y negro. Se encontraba con gente agresiva que la miraba con ojos depredadores, por extranjera, o con ojos de odio, por francesa, o con incomprensión, porque fumaba y se movía con libertad de la buena, de la que cría gente libre, no de la que la autoriza, como la nuestra.

Yo en ella no veía a la francesa liberada –en palabras de la época, que sustituían a puta, libertina, etc.—sino a una embajadora del mundo con el que algunos habíamos soñado. En ella veía a una república, a la mujer que liaba pitillos de tabaco de pipa, a la mujer que sabía emborracharse porque sabía leer y pintar mundos, porque era igual a los hombres, porque venía de esos planetas satanizados por el franquismo, ignorados por nuestras escuelas, soñados en nuestros viajes de InterRail. Maduramos en la utopía y crecimos en la fe. Ella enseñándome lo que era, yo a veces mostrándole lo que podría ser. Llevábamos, como en la canción, ojo al camino y ojo en lo porvenir. Vimos Alien cuando no era Alien. Paseamos Madrid antes de Tierno y lo medio construimos. Parimos y empujamos la transición de las boîtes a los garitos, de la Gran Vía a Malasaña. Y vimos cómo poco a poco la utopía se convertía en movida; la poesía de la protesta en ripios pop y el mundo nos separó quizá por no haber sabido quedarnos en aquél Madrid, en aquel bar o en aquel cine.

Nos vendieron a los ochenta y nos dejamos comprar. Traficaron con nuestra inercia profesional y social. Y ahora nos reencontramos y miramos a la cara a nuestros sueños de entonces y a nuestros hijos. Y son éstos los que nos enseñan el cadáver de aquéllos. Ellos saben que enterramos el sueño, que no hay inocentes y que las ruedas de la historia van a seguir hacia adelante implacables, mientras contemplamos la estupidez, la avaricia y el sinsentido. Nuestros hijos lo saben, lo viven y nos lo enseñan con esa tranquilidad con la que se toman que mañana ya no es una palabra que trascienda al puro calendario, a la agenda.

Pero ¿qué nos queda sino seguir combatiendo, seguir denunciando, seguir gritando, seguir poniendo en peligro nuestro encaje? Que nuestros hijos nos miren como a idiotas, como a ilusos, como a aquellos dos que fueron al cine aquella vez, cuando fueron a comprar sellos, cuando se abrazaron.

Por más que casi no nos queden ganas, aún nos queda la memoria.

Sigamos.

Merci bien, Françoise.

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Vender el paraíso (en medio del diluvio).


Desde hace tiempo, la ecología, en los países mediterráneos, se ha topado con infinidad de obstáculos para salir adelante. Algunos de esos obstáculos son culturales: la convivencia entre especies, por ejemplo, es difícil de implantar en un país que era agroganadero hace solo dos generaciones y donde la revolución postindustrial llegó sin haber madurado la industrial primera, que a España, como casi todo, llegó muy tarde y de la mano de una derechona que ni entiende el avance tecnológico ni es capaz de concebirlo como fuente de riqueza a largo y medio plazo. Es lógico: en otros países la burguesía reemplazó a la nobleza como clase dominante. En el nuestro, la burguesía y la nobleza tenían lazos estrechos que, tras la rebelión fascista del 36 se hicieron casi invisibles. Hasta un entrenador de fútbol puede llegar a ser marqués. En otros países, el clero dejó de ser un poder fáctico en Estados laicos, burgueses y republicanos. En España aún dictan o tratan de dictar leyes y existe la posibilidad real de convertir el sucedáneo de democracia que tenemos en una teocracia encubierta.

España, además, fue superpotencia y, por tanto, un ente de consumo de recursos naturales voraz. Los conflictos aquí y en ultramar dejaron exhaustas, no solo las arcas comunes, sino las riquezas y los recursos disponibles para entrar en la era de la tecnificación. Tener gobernantes zafios, incultos, bananeros y partidarios del “¡viva la muerte!” o “¡que inventen ellos!” no ayudó –ni ayuda—de  ninguna manera a crear discursos que se nutrieran de una cultura de lo sostenible, de la innovación y de la convivencia con las especies del entorno. Por más que se diga ahora que muchas de las prácticas agroecológicas del pasado son aplicables al presente, tenemos que tener en cuenta que dichas prácticas incluían el desprecio por los animales considerados como pestíferos o amenazas para el ganado, utilización indiscriminada de pesticidas, sobreexplotación hídrica,  etc. No cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si sumamos a todas estas condiciones materiales el que, salvo pequeños paréntesis, España lleva inmersa en crisis económicas –con ligeros y comparativamente breves períodos de mejoría no consolidada (sino que duran lo que duran las “burbujas”)—más o menos desde finales del siglo XV, tenemos a una población que lleva más de cinco siglos considerando un lujo o una marcianada cualquier cosa que signifique riqueza, mejora de la calidad de vida o consolidación económica a medio y largo plazo. La gente de aquí quiere, y es normal, solución a su vida de manera inmediata. Y mucho más ahora, una época en que se están empobreciendo a marchas forzadas capas de población que hace cinco o seis años aún colgaban las fotos de sus viajes a Cancún, Malasia o Nueva York, tenían dos coches y vivían en un chalet del extrarradio.

Decir al conjunto de la población española que una mina a cielo abierto contamina, que una nuclear puede petar y matar a cien mil personas, que los macroedificios de las playas acaban con la riqueza que hizo que se construyeran, que las prospecciones frente a las zonas de valor turístico son un atentado contra su riqueza y su vida futura, que merece la pena rescatar al lobo y al lince (por ejemplo),… es, en la inmensa mayoría de los casos, al menos inútil. Ya es difícil explicar por qué los mecanismos políticos han sucumbido al golpe de estado global financiero. Pero también parece frustrante e inútil hablar a la población mundial del calentamiento global, de la glaciación que se avecinaría, del agotamiento de los combustibles fósiles, o del fin del agua potable en casi la mitad del planeta. La gente quiere trabajo, bienestar, nivel de vida. Las personas quieren vivir bien y ser felices, confiar en que si dan a un interruptor la luz se encenderá, que podrán conducir un coche para viajar a sus anchas, que podrán disfrutar de su ocio y de sus relaciones sociales.

 

La gente no quiere aguafiestas.

 

Por eso la mayoría de las personas, en España, nos hace el mismo caso que los fumadores a las imágenes de las vísceras ahumadas o las encías con piorrea. Ninguno. Eso ya lo vivió Noé antes del diluvio. Y la población sigue riéndose del discurso ecologista apocalíptico. Y es porque no hemos aprendido nada de los mejores comunicadores de la historia (no, Monedero, no sois vosotros): las religiones monoteístas y, en especial, el cristianismo.

Como decía el increíble José María Lapeña, no hay oferta que tenga:

  1. Mejor logo. Simple, fácil de dibujar y transmitir y que admite miles de variantes de forma, tamaño, textura y color. La cruz, la media luna…
  2. Mejor red de comunicación. Además de los libros santos, tienen una red de púlpitos y mihrabs por todo el mundo y llegan a la práctica totalidad de su público potencial de modo presencial. Además, están infiltrados en gobiernos o gobiernan medio mundo.
  3. Mejor endorsement (celebrity que avala el producto). Lo que dicen lo ha dicho dios. Enseñadme una celebrity mayor, con más poder de convicción y, sobre todo, con más poder de castigo si no haces caso.
  4. Mejor wow factor. El hijo del dueño murió voluntariamente para que, por malos que seamos (o malas) podamos arrepentirnos y salvar nuestra alma. Y RESUCITÓ.
  5. Mejor promesa. La inmortalidad. Es insuperable, salvo quizá con el añadido musulmán –sexista—de las huríes.

La ecología política debería aprender, ahora hablando en serio, que debe –debemos—vender el paraíso. La Iglesia Católica entró en crisis en gran medida por centrar su mensaje en las penas del infierno en lugar de en las glorias del paraíso. Cuando la gente vio que el infierno no podía ser peor que la vida que llevaban  decidió fusilar a la clerecía y asaltar los edificios donde cada domingo contemplaban riquezas obscenas administradas por curas gordos y corruptos.

La parte esencial de nuestro discurso y de nuestra lucha es que queremos que las personas sean felices, vivan en armonía con los seres con los que comparte planeta, humanos y no humanos, y no esquilmen los recursos de los que depende su subsistencia. Dicho sea de paso, buscamos de nuevo la equidad y la limitación del consumo cuya consecuencia inmediata sería un mayor respeto por los derechos humanos y una desactivación de gran parte de las causas inmediatas de los conflictos armados.

Es necesario que nuestros mensajes en positivo, que vendan el paraíso en el que creemos, sean claros, contundentes, notorios… y lleven a la gente a profundizar, en un segundo paso, en la parte más compleja de nuestras propuestas. Tenemos que crear equipos comunicativos eficaces y rodearnos de personas expertas para atender a todos los frentes comunicativos., especialmente que tengan y nos dejen claro que tres o cuatro mensajes pertinentes, sencillos (inteligibles, no “simples”) y muy repetidos son más eficaces que explicar el problema del gas esquisto, por ejemplo, en toda su complejidad. Es impepinable que expliquemos de palabra y sobre todo obra que creemos que hay que sacrificar muchos sobreentendidos para empoderar a la mujer en la equidad de las organizaciones, las empresas y la vida cotidiana.

Pero no hace falta indignar más. Las personas ya están indignadas. Necesitan saber (como lo necesitarán quienes han votado a los voceros del apocalipsis circular) qué plan tenemos. Cómo lo financiaremos. Por qué nosotros y nosotras tenemos un plan y otros no. Dónde y por qué ha funcionado… Cuál es nuestra visión de un futuro con personas más felices, con financieros y ladrones más infelices. Un futuro habitable, sostenible, en equidad y real.

Ya hemos avisado del diluvio y tenemos los planos del arca. Llamemos a todas y a todos a subir. Porque ya empezó a llover.

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