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Equo está al otro lado.


Se dice como lugar común que a Copérnico, Giordano Bruno y otros maestros del Renacimiento los persiguieron o quemaron en la hoguera por defender el Heliocentrismo astronómico, es decir, por proponer como lectura alternativa de los datos astronómicos que es la Tierra la que gira alrededor del Sol y no al contrario. La verdad es que eso no es cierto, y hay que explicar por qué. En primer lugar, las teorías heliocentristas venían de muy antiguo –no solo Eratóstenes, o Aristarco de Samos, sino algunos otros pensadores, se dice que Hipatia incluida– ya habían propuesto esa lectura de lo observado. En segundo lugar, los datos astronómicos en aquella época servían para cualquiera de los dos movimientos: tuvieron que llegar más tarde Tycho Brahe y luego Johannes Kepler para establecer que los pocos datos que no eran consistentes con una Tierra fija en el Universo obligaban a desplazarla a su lugar como planeta orbital.

No, lo que se jugaba en las salas de la Inquisición Vaticana era parar una corriente de conocimiento esotérica basada en un heliocentrismo ideológico, astrológico y que sustentaba varias de las utopías de una incipiente igualdad entre los hombres, entre ellas las de Pico della Mirandola. Situar el Sol en el centro del Universo era apoyar “científicamente” (para entendernos) una tradición herética que amenazaba de manera frontal al poder de la tradición sobre la que se basaba un papado y una Cristiandad en crisis. De modo que decir que la Tierra giraba alrededor del Sol no era neutro, ni “a-ideológico” (nada lo es) ni desde luego una simple etapa en la evolución del pensamiento y el método científico.

Digo esto porque cada vez qe se presenta una formación o un mensaje político en tiempos de tanta volatilidad, las propuestas o no-propuestas tratan de sacarse de lo ideológico, presentarse como hechos, como lecturas neutras, incluso como verdades científicas. Recurso que todas las ideologías grandes y pequeñas, como ya mostró Althusser hace tanto tiempo, tienden a emplear. Incluso las instituciones religiosas lo hacen. Si en algo el análisis marxista no ha caducado es precisamente en hacer ver que la ideología como superestructura simbólica (semiótica, si se desea) busca legitimarse presentándose, precisamente, como fuera de su lugar superestructural, como verdad indiscutible, como hecho.

Estamos en este momento en una era que está pariendo un corazón y que, seguramente, se muere de dolor. Y entre los dolores de parto está la consideración de que la ecología y su aplicación política son transversales: las propuestas ambientalistas estarían, por tanto, fuera de la posición ideológica y sería, por tanto, asumible desde cualquier rincón político. Y no es cierto. Lo siento, pero no.

Esta crisis no tiene un “componente ambiental”: los recursos, la lucha por su control y aun los juegos de la ruleta bursátil en los famosos activos a futuro están en el corazón del capitalismo despiadado, desmadrado y deshumanizado. La crisis ha mostrado que el ecologismo político como praxis y la ecología política como armazón ideológico y cosmovisional no puede asumirse desde posiciones que consienten la pobreza económica/energética, la pobreza de alimentación/agroganadera, la pobreza generada por el desmantelamiento del principio sencillo de que pague más no solo el que más tiene sino el que más contamina y el que más recursos naturales acapara y destroza. Los derechos humanos sin acceso a la energía, a la alimentación y a la equidad –también con nuestros compañeros de planeta: plantas y animales– no serán sino una declaración vacía, decimonónica, de cuando la revolución industrial aún era una incipiente incubadora de vampiros avariciosos y víricos.

Equo tiene, entre otras, la prioridad, como ha señalado varias veces su co-Portavoz Juan López de Uralde de hacer que las personas sean conscientes de que posicionarse desde la ecología y el ecologismo político es revolucionario porque implica un cambio cosmovisional, una crítica razonada y alternativa ante la destrucción humana que el sistema del dinero por el dinero está provocando.

De modo que no, la opción por Equo no es transversal. De modo que sí, es ideológica. Y de modo que sí: estamos al otro lado. Solos todavía, todavía creciendo. Pero en otro lado.

No se me confundan.

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Memoscopias


Hace muy poquito nuestro muy siniestro Gobierno subió el tipo impositivo del Impuesto sobre el Valor Añadido del 12% al 21%. Por todas partes se leyeron y escucharon titulares y comentarios que hablaban de una subida del 9%, cuando el tipo impositivo nuevo casi doblaba al antiguo. Digo esto porque en general la lectura de datos popular y mediática suele olvidarse, no ya de las matemáticas, sino de la simple aritmética, de modo que las interpretaciones sobre las encuestas sociales y electorales que corren por ahí se las suelen traer con abalorios. Dejemos aparte el hecho cierto de que las encuestas que se publican no suelen tener mucho que ver con las que realmente se tienen (dicho sea de paso, que Equo no tuviera los recursos económicos para hacer su propia encuesta fue otro handicap serio para la formación).

También existe una tendencia a tratar las encuestas como a los OVNIs, metiendo a una simple herramienta –las encuestas son una de las muchas herramientas que se pueden utilizar para estudiar la realidad social– en el mundo de la creencia, especialmente si sus resultados nos confunden, no están de acuerdo con lo que pensamos o las hace una empresa asociada a intereses financieros, económicos o políticos. En general, la frase “no creo en las encuestas” suele venir, simplemente, de personas que no comprenden ni su estructura, ni su función ni el uso o los usos a los que están destinadas. Podríamos parafrasear la piadosa frase de los teístas: “no importa que tú no creas en las encuestas. Las encuestas creen en ti”.

Vistas desde el punto de vista de quienes las usamos, es creencia común que las empresas o instituciones que hacen encuestas pre-electorales emplean mucho más tiempo en explicar por qué no han dado ni una que en el trabajo de campo, tabulación y análisis de los datos. Normalmente los errores vienen de malas fijaciones de variables (quien vota X compra Y, lee o ve Z) que, a su vez, vienen de la no utilización o de un mal uso de estudios de base de tipo cualitativo para cocinar como se debe. Además, cuando surge un fenómeno “pico”, que se sale de las medias y entra como un ciclón en los gráficos, por ejemplo, ERC o Compromís (sí, y también los alegres muchachos de los círculos), el primer reflejo del estadístico suele ser minimizar o “corregir” a la baja el fenómeno. Recordemos que solo las “israelitas” de la COPE se atrevieron a prever 3 ó 4 escaños. Yo, personalmente, no creí en el fenómeno hasta que me dí contra ello, como muchas y muchos de mis colegas.

Después está el asunto de las encuestas de diagnóstico y las encuestas de pronóstico. Entre procesos electorales, las encuestas que preguntan por la intención de voto y otras variables que se piensan relacionadas suelen ser más diagnósticas. Ofrecen un “corte”, una instantánea del statu quo espacio-temporal en el que está un conjunto social dado sometido a estudio. Cuanto más se acerca uno al momento de los comicios, más prognosis se puede hacer con la herramienta del sondeo, puesto que se está más cerca de lo que la gente quiere que pase que en el momento del diagnóstico entre elecciones.

Parece que para la formación circular el asunto es discursivamente claro: la gente declara que va a votar lo nuevo porque lo viejo no ha funcionado. Lo que quiera hacer o no lo nuevo, su programa, sus intenciones e incluso sus personas dan lo mismo –es clamorosa la ausencia de paridad en sus órganos, en sus fotos y en su imagen pública. Es diferente y me vale. Y contra eso no hay cocina ni Arriola que valga. La dichosa encuesta del CIS va amostrar ese diagnóstico, que probablemente entra en un escenario de prognosis coherente con el momento actual. Y que viene muy bien a los muchachos de Políticas para poder decir lo que se les antoje bajo el paraguas del cambio. Lo hizo Obama y lo hizo el otro modelo en el que se han inspirado: Felipe González en el 82. Líder joven, que habla de manera simple en un mundo ávido de simplicidad, que confunden –confundimos– con inteligibilidad.

Está también jugando de fondo una falsa esperanza: la de que estos de los círculos van a devolvernos al tiempo pasado. Que volveremos al desarrollo, al consumo, a la circulación de la pasta y al trabajo de 8 horas y las vacaciones en las Seychelles. Que nuestros jóvenes volverán a trabajar para comprarse el piso y el coche. Y va a ser que no: después de una crisis tan profunda, el mundo que era ya no será. Que, además, nos acercamos al punto de no retorno de nuestra extinción (el planeta no está en peligro: ha sobrevivido a otras catástrofes en el pasado y seguirá girando hasta que el sol lo engulla en su conversión a gigante roja), con lo que los modelos ecologistas son imprescindibles o no estaremos para verlo. Pero nada de eso importa ahora. Ahora solo importa el “hay que echarlos”.

No hay que hacer muchas más lecturas. Los viejos partidos se hunden. Lo nuevo viene. Una posición inteligente será ponernos junto al foco de luz que ahora ilumina, en los medios y en la calle, al tsunami de la indignación y la petición de novedades. Tenemos que hacernos ver aprovechando que en los márgenes del escenario la luz ilumina ahora también a Equo. Además, como dijo una figura política de relevancia, “Equo es más peligroso que Podemos. Vosotros tenéis un plan”.

Ahora habrá que comunicar ese plan. Que se preparen.

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Poder, lo que se dice poder…


Durante toda la posguerra de la II Guerra Mundial no se paró de hablar del trauma vivido por civiles y militares en los campos de batalla y en las retaguardias bombardeadas, del grado de destrucción provocado por las consecuencias de las crisis bélicas y económicas con las que se inauguró ese maldito siglo XX en el que todavía vivimos atascados, y de los horrores del Holocausto. El ascenso de los fascismos y la profundidad y extensión del nazismo en Alemania eran el pináculo de la perplejidad y la impotencia de un mundo desangrado y, en especial, de una Europa en ruinas. En ruinas en todos los sentidos.

Pasó bastante tiempo hasta que empezaron a preguntarse por las razones –no por las causas– de fenómenos tales como el que un pueblo tan culto y avanzado como el alemán hubiera dado en seguir masivamente a un líder sanguinario que les llevó directamente a su destrucción. Por qué padres –y madres– de familia honorables, respetados y respetables, se pudieron convertir, de palabra, obra y omisión, en cómplices, cuando no ejecutores, de matanzas, torturas y actos contra toda humanidad.

A mucha menor escala, fenómenos sociales y electorales sorprendentes se han tratado de la misma manera: primero es la queja y mucho más tarde surgen los análisis. Pienso, por ejemplo, en las desdichadas elecciones en las que las urnas han recogido la elección masiva e indiscutible de personajes del jaez de G. W. Bush (en las primeras Elecciones Presidenciales: las segundas fueron un tongo), de Margaret Thatcher o, a más casposa y menor en todos los sentidos, de José María Aznar.

La primera reacción suele ser la del ex-alcalde de Getafe: los electores son tontos de los c… La segunda es la de la perplejidad: ¿es posible que los trabajadores elijan a gente que lucha contra sus derechos? El análisis viene después, cuando los que nos dedicamos a esto aplicamos la vieja máxima de que el electorado nunca se equivoca. Y que cuando alguien gana es porque quien ha perdido lo ha hecho mal.

Es entonces cuando se buscan, apropiadamente, causas socioculturales, psicológicas, económicas,… para explicar los fenómenos que parecen ir contra lo esperado por sentido común o por lógica sociográfica de salón. Y está muy bien, porque el análisis y la estructuración de dichas causas iluminan numerosos e importantes factores que explican en parte lo que ha ocurrido. Sobre el nazismo, muchos y muchas recordarán el trabajo pionero (y no superado) de Stanley Milgram recogido en su libro Obediencia a la Autoridad. También se han escrito libros sobre las figuras mencionadas (Thatcher, Bush… y otros padres y madres de la macroestafa en la que ahora vivimos; del pobre Aznar, menos. Hagiografías o críticas en artículos de prensa o en libritos sectarios). En muy pocos de esos análisis se ha dado la importancia que tienen los medios de comunicación de masas.

La posmodernidad y la pseudosemiótica triunfaron al denominar como “apocalípticos” a quienes señalaban a los mass-media como los ejecutores del plan de anestesia de masas y de construcción de discursos por los que se hacían aceptables acciones y consignas del poder que menos de cien años antes habían sacado a nuestros abuelos a la calle con un fusil. Es cierto que esos apocalípticos, cuando se hicieron “puros”, disparaban contra todo lo que se movía en medios, publicidad y hasta oferta cultural de masas. Se excedieron cuando demonizaron todo cuanto oliese a cultura “pop” y se convirtieron en una elite moralista que consideraba basura todo lo masivo.

Pero nunca se equivocaron cuando anunciaron que los medios de masas, más tarde personalizados y portátiles hasta límites que no se sospechaban a finales de los 60 del pasado siglo, eran herederos y continuadores de las operaciones goebbelsianas que dieron cuerpo, discurso y anestesia al terror, al puro poder ciego. Casi al apocalipsis.

El problema es que ahora los medios no reflexionan (o lo hacen escasa y sesgadamente) sobre su papel, que dejaron de ser independientes del poder político cuando se hicieron –el poder político y el llamado cuarto poder– esclavos del poder de verdad, del económico. De modo que ahora raramente los medios de masas y su potencia entran en las ecuaciones a la hora de analizar resultados electorales, tendencias sociales y hasta perfiles individuales. Los apocalípticos se equivocaron al señalar a los medios de masas como el Mal. Se quedaron cortos: los medios de comunicación son el Mal que habla, que se hace razón, que se hace circular como universo simbólico justificado y justificable. Desde que los medios dejaron de financiarse a sí mismos, desde que la publicidades intermediaria de los fondos que sostienen el chiringuito mediático, la frontera entre los poderes y los medios ha quedado apenas visible. Y más en países no anglosajones, donde la intervención mediática por parte de los que tienen el fajo es tradición cuidadosamente cultivada. Y si no, lean El País (cualquier número, cualquier edición) de 1977, de 1987, de 1997 y de ayer. Otro buen ejercicio es, si se dispone de los medios y los contactos, comparar las encuestas preelectorales buenas con las que se publican…

Por eso ahora analizar los resultados electorales de Podemos sin introducir el papel de los medios y los grupos de comunicación, sin establecer las estrategias de quienes los financian y sin preguntarse, como en la novela negra, ¿a quién beneficia? es un ejercicio de postureo de expertos también mediáticos. Interesante, pero parcial, sesgado, insuficiente.

Porque poder, lo que se dice poder, puede el que puede.

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Lo Verde empieza en los Pirineos


A menudo se ve a la ecología y al ecologismo como un incordio. Desde los años 70, en el mundo en general se advertía de que nuestro papel como parásitos externos al medio del que nos alimentamos y no como animales adaptados a los recursos de dicho medio nos llevaba a una catástrofe de consecuencias más devastadoras, imprevisibles y apocalípticas que la propia carrera armamentística nuclear. A quienes sostenían esta opinión, se les presentaba en España como el rescoldo de la cultura hippy, que pretendía volver a las cavernas y apartarnos de nuestras queridas y recién estrenadas hamburgueserías, de nuestros nuevos y rutilantes hipermercados, de nuestros –por fin, coches europeos de marcas antes desconocidas…

No importaba nada que los informes que avalaban estas opiniones procediesen de cátedras y departamentos de las mejores universidades del mundo. Tampoco que quienes hacían estas advertencias no fueran –o no se destacaran por ser—drogadictos, melenudos o gentes de mal vivir, sino investigadores e investigadoras reputadas y que ya empezaban a construir y verificar hipótesis muy pesimistas si nuestro grado de consumo de materias primas y elaboradas seguía sin freno alguno.

Esa imagen quedó abolida en la Europa esa que veíamos con ojos de Alfredo Landa, mientras en Europa, mucho más acostumbrada a escuchar a personas procedentes de la ciencia y el pensamiento, empezaron a darse cuenta de que aquello era más serio que la espiritualidad de Pangea y el proteccionismo de especies animales y vegetales. En España, mientras tanto, acabamos hartas y hartos de que todos los documentales sobre animalillos o plantas terminasen diciendo que ésta o aquélla especie estaban en peligro de extinción. Nos enervaba que ninguna historia contada en los documentales tuviera un futuro feliz. Apagábamos la tele o los oídos y a otra cosa. Como con el hambre en el mundo: como no podemos hacer nada, ¿para qué me dan la barrila?

Después, con las reconversiones de los 80 (hechas por ese obediente PSOE que aún se está limpiando la ropa interior después de aflojar el esfínter el 23-F), los ecologistas incordiaban la creación de puestos de trabajo impidiendo explotaciones mineras a cielo abierto –mucho más baratas—o haciendo que una autovía o una línea férrea tuviera veinte kilómetros más de recorrido para permitir que el jabalí, el oso, o cualquier bicho menos importante que el ser humano, tuviera una última oportunidad de sobrevivir en un medio restringido, escaso, agonizante.

Ocurrió Chernóbil. En Europa, los últimos reductos de personas que consideraban el “no, gracias” como una cantinela repelente y obsoleta, supieron que era probable más de la mitad de la población centroeuropea estuviese condenada a morir de cáncer durante al menos un par de generaciones. La maldita nube hizo visible, no sólo el peligro nuclear, sino que hizo de las y los políticos verdes personas a quienes había que escuchar. Sus advertencias ya no eran hipótesis indemostrables, ni se manifestaban desde un estúpido y obsoleto inmovilismo. Afortunadamente para las y los habitantes de España (excepto en parte de Catalunya y Baleares), desgraciadamente para nuestra conciencia ecologista, la nube se detuvo en los Pirineos. Y con ella la comprensión y la conciencia de que había que, al menos, escuchar a esos bichos raros e incordiantes que nos amargaban los documentales, las reconversiones y hasta las vacaciones en lugares remotos donde aún se podían tirar basuras sin que nadie te dijera nada.

Ahora estamos en que lo ecológico es un barniz. La guinda de un programa electoral, de un discurso neoliberal (que, por definición es depredador, carroñero, parasitario, vírico), de cualquier acción u obra pública,… o el obstáculo a una urbanización, a un centro de recreo para depredadores, a un aeropuerto donde sólo aterrizan las caspas del bigotillo fino y las gafas de sol pinochetianas. La ecología, como la astrofísica a largo plazo –que viene a ser lo mismo—en España es una mezcla de chica guapa y aguafiestas (cámbiese el género cuando proceda).

Por eso no se entiende, ni desde las derechas cavernícolas ni desde las izquierdas decimonónicas, que eQuo exista ni deba existir. No se entiende que la gente que busca una manera nueva, creativa y sostenible de acomodarnos a lo que tenemos, de vivir con equidad, templanza y solidaridad, venga a eQuo –o piense votar a eQuo—sin pedir primero el carné de si eQuo es de izquierda o de derecha, si somos chicha o limoná. Desde nuestros parientes más cercanos no sólo somos un incordio, sino que hemos venido a dividir a la familia (que, como todo el mundo sabe, estaba muy bien avenida antes de nuestra llegada). Desde las alturas de los partidos mayoritarios se nos ve como una garrapatilla que algo podrá rascar, pero a ignorar mediática y políticamente.

Lo bueno es que, desde dentro, ese incordio, esas personas que queremos tener un futuro a la medida del ser vivo, nos vemos fuertes y nuevos. Puede que todavía no tengamos un índice de notoriedad muy alto. Pero tenemos un arma política muy potente: somos lo que parecemos. Y creemos que es posible cambiar el juego. Todas, todos, estáis invitados.

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