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Ce, Ce, O, O (Sátira III)


Es difícil hacer algunas críticas desde la izquierda porque siempre temes dar coartadas a la derecha. Pero ahora que ya todo es derecha… bueno, ahí va.

Primero, los datos.

Según el Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2016, 1,79 millones de empresas no emplearon ningún asalariado. El 55,3% del total. Además casi otras 900.000 (el 27,7% tenían uno o dos empleados. Es decir, el 83% del tejido empresarial español, al comenzar el año que casi termina, tenía dos o menos asalariados. El 60% de las 1.791909 empresas sin asalariados están en el sector servicios, después vendría el Comercio (21%) y el sector de la Construcción, con un 14,5%. En el sector Industria solo el 4% son empresas sin ningún asalariado.

Los datos completos donde se encuentran estas cifras están a disposición de quien quiera verlas en detalle en: http://www.ine.es/prensa/np984.pdf

Este mapa, fruto de la híper disgregación de los sujetos empresariales inducidos por la cultura del empleo autónomo, del autoempleo y del emprendimiento, es el que describe el panorama laboral de España desde hace ya mucho tiempo.

Estos datos hablan, por debajo de la cifra, de lo que todos conocemos, de un país de autónomos o de microempresas cuya supervivencia en el tiempo tiende a ser corta (la mitad de las empresas con más de 20 años son empresas de más de 20 empleados) y sobre todo cuyas condiciones son extremadamente precarias. La crisis ha golpeado duro a microempresas, a autónomos y a profesionales emprendedores (no digamos ya entre las cohortes de población femenina y joven) y ha contribuido, además a enmascarar no solo situaciones de precariedad y desamparo social, sino cifras de desempleo y situaciones de riesgo extremo. Traducido de la jerga socioeconómica, montones de personas que en 2006 iban de vacaciones a Cancún eran vistas –y siguen siéndolo– por sus convecinos rebuscando en los contenedores de basura y pasando os inviernos sin luz y sin calefacción.

Hace ya seis años nuestro Gabinete hizo un estudio cualitativo sobre los autónomos, y el resultado fue desgarrador a nivel humano, triste en lo económico y absurdo en lo político. Porque lo que esconden también estas cifras es una realidad tan grave que hacemos chistes con ella. Ya se sabe que cuanto peor es el drama que nos afecta, más chistes hacemos, y que en España no hay noche más divertida que una noche de velatorio. Esta realidad es la de personas que no pueden enfermar porque no pueden perder un día de trabajo. Es la realidad de personas que, cuando cobran por su trabajo, lo hacen a precios vigentes hace 25 o 30 años (por ejemplo: los grupos de discusión, entrevistas y encuestas empleados en estudios sociológicos tienen ahora los mismos precios medios que cuando yo empecé a trabajar en el año 1983) y que han tenido que tributar y pagar el Impuesto sobre el Valor Añadido independientemente de que sus clientes hubieran pagado o no, contribuyendo así a financiar al Estado sin tener ninguna contraprestación.

Esto es tanto más doloroso cuando no se tiene, por tanto, derecho a baja laboral remunerada –puesto que depende de uno mismo y por tanto no es posible que un enfermo de baja se pague a sí mismo cuando no puede tener ingresos—ni tampoco a cobertura de desempleo si la actividad cesa por la causa que sea. No hablemos ya de la presión de clientes que demoran más de 200 días los pagos, de los impagos que, al menos en el sector servicios y en el de comercio son regla habitual, de las rebajas constantes de precios o de intercambio de servicios, etc. Añádase al estofado el hecho de que, en un número que sabemos enorme pero indeterminado, en las microempresas, los emprendedores y autónomos cobran como tales, facturando más IVA menos IRPF. Como no se cobra bajo nómina (a ver quién se arriesga), pedir un crédito a un banco o a una financiera del automóvil es pasar por un proceso cuasi inquisitorial cuyo resultado es incierto, como mínimo. No hablemos tampoco de que la cuota, desorbitada, se paga se ingrese o no se ingrese.

Este tejido industrial, este panorama humano, me ha hecho pensar siempre en las casas de madera del medio oeste estadounidense: casas bien hechas, fáciles de construir y de mantener por uno mismo, acogedoras… pero extremadamente vulnerables a tormentas, tornados y otros desastres naturales. La crisis, ese desastre nada natural, se ha llevado por delante, incluso a algunos varias veces, a muchas personas que ahora no tienen ni facturación, ni cobertura, ni amparo de ninguna clase. De Cancún al contenedor o al comedor de Cáritas. De La Moraleja a la Ventilla.

En todo este tiempo de crisis, muchos de los indignados, de los que han luchado por un cambio, de los que no han encontrado respuesta económica en un modelo simplista y desarrollista que no se puede ya reactivar,… en todo este tiempo de desamparo, de angustia, de suicidios ocultados por los medios, de jóvenes y viejos que van quedando fuera del movimiento económico, a quienes ya no rescata un crecimiento de más del 2%… en la calle, en las instituciones, en los medios, en la vida social, en la resistencia y la protesta hay un actor ausente. Un actor que no ha visto o no ha sabido qué hacer con este drama. Un actor que negocia con Renault, con El Corte Inglés, con FCC, con las empresas grandes de todos los sectores, salarios medios, convenios, Prevención de Riesgos Laborales, formación –ya poca porque… bueno, porque…– cuotas de cobertura de desempleo, jubilaciones. Pero que no ve a quienes están solos, o con su hermano, o con su amigo de toda la vida, socio y compañero de furgoneta, de mesa, de barra.

¿Dónde, en el nombre de todas las víctimas, están los sindicatos?

Y, por favor, no me contestéis los sindicalistas concienciados, preocupados, que nunca habéis dejado las luchas. Ni los que habéis sido víctimas de los sindicatos como empresas empleadoras en precario y a pesar de todo creéis en su necesidad y en su lucha.

Son más necesarios que nunca. Pero son los primeros responsables de haber perdido casi todo lo que sus antepasados consiguieron.

Por favor, repensad y volved.

Por favor.

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La indignación oculta se ha vengado (Sátira I).


Lo que ustedes van a leer de este párrafo en adelante requiere de cierto cuidado conceptual y seguramente un porcentaje nada desdeñable de gente es muy posible que lo malinterprete. Estoy abierto a cualquier aclaración o debate. Va de uno de los factores que creo han sido decisivos en las Elecciones Presidenciales de los Estados Unidos de América y del crecimiento de los llamados populismos en Europa. Para más factores, más sátiras futuras.

La presunta izquierda en la que creemos compartir espacio de transformación y cambio es una lata para mucha gente. La izquierda presunta en la que llevamos entrando y saliendo algunos desde poco antes de la muerte de Franco, en una cama de hospital y a muy avanzada edad, se ha convertido en algo que a mucha gente la harta, le supera o, sencillamente, ha dejado de estar a su alcance.

La presunta izquierda que por ejemplo en España ha dado el poder al único partido procesado en los tribunales de la historia de nuestra Democracia es la misma que acaba de perder frente a alguien que en cualquier otra época histórica mínimamente seria hubiera sido considerado poco menos que un payaso y una curiosidad vecinal. Y las otras presuntas izquierdas en las que estamos, hemos estado o tenemos la tentación de estar no van por mejores caminos. Y es que somos un auténtico incordio. Somos una panda de empollones, pedantes, enamorados de nosotros mismos y tenemos planteamientos dificilísimos de explicar, que necesitan cientos de matices y encima no sabemos debatir. Pero sobre todo, a la gente normal la tenemos harta. En Estados Unidos la gente que ha votado a Trump (teniendo en cuenta que Hillary Clinton es tan de izquierda como lo pueda ser María Dolores de Cospedal, por ejemplo) está muy indignada, solo que ha incubado esa indignación en silencio y callada y minuciosamente, han puesto en la papeleta su pequeña venganza contra la presunta izquierda. Contra nosotros.

Las fuerzas progresistas, la izquierda, los movimientos de transformación, sabían hablar a la gente que antes se llamaba sencilla. Hasta que de esa gente surgimos los listos, las élites del análisis, los empollones del arte, la cultura y el análisis sociopolítico. En el momento en el que para ser de izquierda había que ser titulado o, mejor, doctor en algo, se fue jodiendo el Perú. Y si encima quiere uno ser ecologista, ni te cuento. Igual con una ingeniería no nos llega.

Las presuntas izquierdas hemos ido tejiendo un aparato cuasirreligioso en el que el debate, para empezar, está mediatizado por las formas. Si uno o una quiere hablar normal, emplea el neutro en su expresión oral o escrita y no pone arrobas, equis o directamente habla en femenino ante una audiencia puede ser vilipendiado en privado, en público, en las redes y hasta en una cena de cuñados. Así que ojito con lo que hablas.

En este nuestro ambiente cuasiconventual, mal está si uno se pone corbata o se la quita; sospechosa es una si lleva tacones o no; cautela con las viejas cazadoras que pueden ser de cuero o nada de zapatos de ante o de gamuza azul ni en los viejos vinilos, porque serás crucificado.

Sospechoso cuando no culpable serás de los males que aquejan a los que padecen pobreza energética porque dejas tus electrodomésticos en estánbai, porque has comprado en el súper y te han dado una bolsa de plástico, porque una vez tiraste el chicle en un alcorque, porque aún, miserable descamisado, no te has gastado 25.000€ en un coche híbrido y sigues con tu diésel de 8 años. Tú eres el culpable de la catástrofe ambiental.

¿Qué decir del problema de los refugiados? ¿De los manteros? ¿De las minorías éticas, sexuales, de los muy jóvenes, de los muy viejos? ¿Cuándo te preocupas por ello, miserable chupatintas? ¿Qué es eso de usar la crisis para dejar de pagar a Unicef, ACNUR, Médicos sin Fronteras, Greenpeace…? ¿Hasta cuándo vas a creer que con una sola suscripción y un SMS tienes tu conciencia silenciada?

No digas que no vas en bicicleta porque vives en la Carretera de la Playa. Cómprate una eléctrica.  No digas que comes carne, porque serás el responsable de la deforestación, del cambio climático y del maltrato animal. No comas mucha verdura, porque talan bosques para cultivar la que consumes. No seas ovolácteo porque las granjas de gallinas y vacas son inhumanas. Y ojito con apoyar la energía solar porque nuestros ingenieros te dirán que no es para tanto. Piensa además en la eólica que tantos pajaritos mata. Pero, obviamente, tienes que apoyar las renovables. Ya te diremos cómo.

Esta caricatura al estilo de Juvenal (el original romano, no el epígono que os escribe ahora) nos deja un hombre o a una mujer blanca, casada, que se desloman a trabajar o llevan tres años o más en paro, que dicen tacos ocasionalmente sexistas, que alguna vez  han contado un chiste de mariquitas, que le han dicho a una compañera o a un compañero “qué guapo vienes hoy”,  que han comido carne, que tienen un coche diésel porque les dijeron que contaminaba menos al consumir menos, que no tienen carnet Joven porque no son jóvenes, que no tienen carnet de la 3ª Edad porque no son viejos, que no tienen ingresos suficientes para ser ecologistas, para comer ecológico, para tener un coche eléctrico, que no tienen preguntas difíciles sobre sus vidas, sobre los ladrones que les han robado, sobre la mierda de mundo en que viven y que se dirige a un abismo del que les hacemos sentirse culpables, que van al cine a divertirse, que leen el Marca o el As o el Semana y que a veces ven (¡ah, pecadores horrísonos!)  Sálvame Limón.

Esa gente está indignada. Pero indignada contra nosotros, las élites, que les culpamos de todo, que les decimos que si no entienden nuestras soluciones es porque no leen lo suficiente, que si no acertamos haciendo encuestas les llamamos mentirosos, que antes que ellos están todas las minorías, todas las mayorías, todos los que ni son ni hablan ni viven como ellos.

Pues bien, esta gente, en Estados Unidos ahora, pero seguro que en Europa después (en Italia ya pasó) está muy indignada, tiene un sobre con un voto y es peligrosa. Y nosotros somos tan listos, tan listos, pero tan listos, que cuando la depositen en la urna no vamos a saber por qué.

Qué listos somos.

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Frankenstein, la niña, Althusser y la confluencia.


“¿Por qué la filosofía lucha por palabras? Las realidades de la lucha de clases son “representadas” por “ideas” que son a su vez “representadas” por palabras. En el razonamiento científico y filosófico, las palabras (conceptos, categorías) son “instrumentos” de conocimiento. Pero en la lucha política, ideológica y filosófica, las palabras son también armas, explosivos, tranquilizantes o venenos. Ocasionalmente, la totalidad de la lucha de clases puede ser resumida en la lucha de una palabra contra otra palabra. Ciertas palabras luchan entre sí como enemigas.” (L. Althusser)

Hace unos días, como responsable de la comunicación de Equo en Redes Sociales, publiqué un “meme” en el que respondíamos a la frase de Juan Carlos Monedero sobre las nuevas confluencias, cuando las tachó de ser un Frankenstein. Publiqué el fotograma de la escena –obra maestra de la tensión rara vez superada—de la película original en el que el monstruo está con la niña y parece que se enternece cuando  ella le ofrece una flor. Monedero contestó en Twitter con los fotogramas siguientes, en los que el monstruo –que, recordemos, no eligió serlo y que no puede ser sino lo que es—lanza a la niña al lago, ahogándola.

El lunes siguiente, nos encontramos con Monedero en una jornada de los Cursos de Verano de la Complutense, auspiciados por Alberto Garzón. Le dijimos, entre risas, que yo era el autor de la pieza de Frankenstein. También le dije, más tarde, que había elegido la lectura más simple del  “meme”. Se extrañó, con esos gestos suyos tan teatrales: “¿hay otra lectura posible?”. Como aquello era un hervidero de periodistas y líderes políticos y los tiempos de la jornada mandaban, no tuvimos tiempo de seguir la conversación. De modo que sigo por aquí: sí, Juan Carlos, hay otras lecturas posibles. La más sencilla es que ni nosotros (IU, Equo, las mareas, los sectores críticos de Podemos, la ciudadanía que nos pide unidad…) ni vosotros somos Frankenstein. El monstruo, que no puede ser sino lo que es, que tarde o temprano nos ahogará en el lago a pesar de tener por momentos una transitoria capacidad de empatía, es otro. Está ahí fuera, y domina la aritmética electoral a la que sois tan refractarios.

Durante la conferencia que siguió, Monedero me hizo sentarme en un DeLorean y volver a las discusiones que muchos de nosotros tuvimos desde nuestra posición althusseriana frente a los marxistas tradicionalistas que se quedaron en la praxis estalinista o se vendieron a la socialdemocracia. Monedero no citó a Althusser, lo que me extrañó porque citó (parcial, sesgadamente) a Foucault y sin embargo casi recitó, en su fondo teórico el Para leer El Capital o La Revolución Teórica de Marx. Bien es verdad que a la manera de los politólogos modernos, con ese estilo fast-food que tanto gusta en las tertulias político-futboleras y que mi querido colega domina como nadie. Me extrañó, de hecho, que citase a Maquiavelo en citas parecidas a las que empleó Althusser.

Hace 50 años que Althusser denunció que los marxistas no habían leído a Marx y que los que lo habían hecho lo habían leído incorrectamente. Hace 50 años, Althusser ya habló de que la batalla contra el capitalismo y la ideología burguesa era el desenmascaramiento clínico y semiológico del aparato cosmovisional de la ideología como lengua, como normatividad que hace que el mundo se vea como se define en la lengua del poder, multiplicada y solidificada en los medios de comunicación y en los idearios de las instituciones superestructurales.

Solo un poquito más tarde, Roland Barthes dijo que la semiología –el análisis estructural de los signos que arman nuestras expresiones culturales, nuestro “habla” social, la ideología en términos althusserianos—se  haría “semioclastia; es decir, un análisis de la lengua cultural y de los mecanismos de dominación sobre los que se estructura la Sociedad de Consumo y sus procesos ideológicos comunicativos”. Porque el desvelamiento de la estructura de la lengua del poder es el comienzo de su desenmascaramiento y, por tanto, el principio de la lucha.

A Monedero no debe gustarle mucho que todos estos autores (y muchos otros que siguieron su estela: Beaud, Zizek,…) sean de la “antiguamente llamada izquierda”. De hecho, creo recordar que la palabra “izquierda” jamás aparece en El Capital. Y es que a mi querido colega lo de la izquierda no le gusta, seguramente porque a la izquierda asocia las prácticas de los marxistas que nunca leyeron a Marx o lo leyeron mal.

También es cierto que en sus estudios cualitativos y en los nuestros, desde 2011, la gran mayoría de las personas participantes –soy demasiado pudoroso para hablar de ciudadanía y demasiado joven para hablar de pueblo—hablan del hastío ante la división entre derecha e izquierda. Pero esa también es la lectura simple de lo que las personas dicen. Creo que el análisis debe indicar que las personas creen mayoritariamente que los valores por los que la izquierda ha luchado, muerto y matado, deberían ser universales, transversales, humanos e incontrovertibles.

El análisis profundo de esa “superación” del término “izquierda” es precisamente que la niña somos o deberíamos ser todas y todos los que ofrecemos flores a un desconocido a la orilla del lago. Que todos y todas deberíamos luchar juntos contra el monstruo, antes de que nos ahogue. El monstruo no puede ser sino lo que es. Nosotras, nosotros, tenemos ahora la oportunidad de unirnos en una fuerza transversal, cuyos valores son los de lo que hemos llamado izquierda en los últimos siglos, pero que corresponden a los de los gladiadores sublevados, a los de los siervos de la gleba en armas, a los sans-coulottes que segaron la cabeza del monstruo, a los aragoneses que creyeron en la utopía en la Aragón bombardeada…

Vale, no la llamemos izquierda. Pero no confundamos sus valores de humanidad, justicia y equidad con los torpes humanos que la convirtieron en partidos anquilosados o asesinos.

Unámonos. Sea cual sea el nombre. Porque el monstruo está ahí, matando niñas, hombres, mujeres y al planeta.

Post-data: la izquierda o como se llame sigue enfrascada en discusiones terminológicas. La derecha simplemente disuelve sus diferencias terminológicas en el el altar de sus intereses. Y sabe más de aritmética.

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De Madrid, al cielo.


Esta expresión, que pasó como refrán caspo-turístico que reproducía mal una frase hecha del Siglo de Oro –”de Madrid, el cielo”–, es también el título de una película española, una obra maestra,  de los años de hierro. Neorrealismo que esquivaba la censura de la dictadura militar, interpretaciones exquisitas y factura impecable. Cine de reflexión, de movilización, de agitación introspectiva, real. En lo peor de la historia española reciente.

La cultura, después del golpe militar y durante la dictadura, fue un refugio para “los otros” o, como se los llamaba entonces, “los de la cáscara amarga”. Un armario en el que estaban personas de sexualidad diferente a la nazionalcatólica (no es una errata), criptorojillos, bohemias y bohemios, gente desarraigada o arruinada por la guerra, personas de mal vivir, que en vez de una profesión habían decidido vivir del cuento: artistas.

Cuando una madre bien escuchaba que su hija iba a ser artista, de la farándula, etc., rompía a llorar, rezaba novenas con sus amigas del visón y la mantilla, ponía un cirio a San Judas: el despiporre. El padre, más sobrio, primero intentaba quitarle la idea a base de azotes con cinturón por el lado de la hebilla, la apuntaba a Acción Católica o a la Sección Femenina,  después la expulsaba de la casa familiar, en la que hasta Pollardo podía ser apellido de hidalguía más importante que la vocación pintora, escultora (dios no lo quiera) bailarina… de su hija.

Si era el hijo, siendo menos grave, era el segundo de tres o el sexto de siete, el bala perdida, el que nunca estuvo a tiro de sus católicos padres, que hizo la comunión manchándose el traje de marinerito y que tendía a desaparecer a la hora de las hostias. Algunos hasta acababan en el extranjero: ese extranjero donde cundía la anarquía, se vivía sin dios y sin patria y no hablaba nadie en idioma que entendieran cristianos.

El caso es que la gente de las artes y de la cultura eran un mundo aparte, un planeta en sí mismo que las familias bien ignoraban o miraban con desprecio y terror y que las autoridades trataban de aprisionar y amordazar, limitándose a alentar a los “buenos” y acudir a algunos actos protocolarios donde a veces tenían que ver también a los malos”. Si el “malo” o la “mala” tenía éxito internacional había dos opciones: si lo decía abiertamente y estaba en el exilio, se le ignoraba. Así pasaron a ser franceses Miró, Picasso, Buñuel y tantos otros. Si trabajaba en la clandestinidad o era rojillo o rojilla de salón, se le perdonaba por exportar una imagen del Imperio allende las fronteras, sólo hacía falta que se declarase católico o católica. Si sacaba demasiado la cabeza estaba condenado al olvido, a no salir en el NO-DO –lo cual, bien visto, no era tanto castigo—o a los circuitos no comerciales, al arte y ensayo, etc.

El problema es que la muerte del dictador –que no se olvide: en la cama y sin represalia a los que impusieron el único Estado fascista, junto con Portugal y Grecia, armado y financiado contra el bloque comunista por las así llamadas democracias occidentales—trajo una democratización tal en el campo social que hasta niños y niñas bien o se hicieron artistas o se acostaron con artistas. También hubo artistas que ganaron tanta pasta que se convirtieron en familias bien, pero rojillas. Todo lo rojillas que les dejó ser el PSOE y ese PCE eurodescafeinado que abdicó de la República y toleró aquellos polvos, cuyos lodos nos empatanan.

El caso es que de esta historia resulta que la derecha dormida, anestesiada por la falsa izquierda, volvió a toparse, cuando recuperó el poder, con artistas de toda laya protestando por la guerra del incalificable Bush y su rumbero español primero y, luego, por los recortes brutales que tenemos que soportar. Como la derecha española nunca muere (ha sobrevivido más o menos intacta desde el siglo XV) la crisis le ha venido como anillo al dedo para ajustar cuentas con esta gente que, además de vivir del cuento, se ha llevado a sus niñas y niños al huerto, ha embarazado cuerpos y conciencias y ha embarrado una marca España que ellos ven con copla, toros y catedrales, esa marca España que ya definió Machado: de cerrado y sacristía. Esa derecha no quiere arte, cultura ni ciencia. Porque son tres zonas del pensamiento, de la sociedad, del individuo, que la deslegitima siempre. A nada que se ponga una o uno a bailar, a cantar, a actuar, a pensar, a investigar, la derecha se ve retratada, desnuda, decrépita, gris y sin más respuesta que la cerrazón el cilicio y la censura.

Por eso Madrid no se puede perder. Por eso hay que acabar con todo lo que tenga que ver con juntar pensamiento y emoción. Porque si lo hacemos, si pensamos, juzgamos y actuamos, veremos qué lejos queda Madrid del cielo. Que recen. Porque vamos a seguir luchando por el arte, la cultura y la ciencia. Armas que no tolera nada bien.

Yo tengo un hijo artista.

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Petrus Romanus. Delenda est Sinistra (II)


Me extraña no haber oído ni visto aún a ningún freak de la cosa paranormal hablar de San Malaquías. En los tiempos en que seguíamos con fervor a Jiménez del Oso y al Padre Pilón (auténticos eruditos que sí daban su opinión sobre estas cuestiones de lo raro, y no periodistas de carrera apresurada con invitados de escaleras de vecinos, excepciones aparte) había dos nombres de lo profético: Nostradamus y Malaquías. La única fuente que tengo de una mención actual sobre el santo profeta es ¡¡¡noticias.yahoo.es!!!

Para los del plan nuevo en cuestión de Milenios, unas profecías aparecidas hacia 1595-1600, atribuidas al santo irlandés (que murió en 1148) indicaban una lista de papas hasta el fin de los tiempos. Constan de una lista de nombres en clave y unos cuantos versos explicativos. Por ejemplo, Pablo VI es catalogado en esa lista como Flos Florum (flor de flores) y se supone que “Malaquías” dio en la diana porque en su escudo el papa de ese nombre tenía tres flores de lis. Juan Pablo II, que nació bajo un eclipse, es llamado De Labore Solis, etcétera. A toro pasado, la exactitud de esas profecías era escalofriante ya que eran, como todas, lo suficientemente amplias como para que encajasen casi con cualquier acontecimiento. Como parece que hay pruebas de que Malaquías no escribió esos augurios, sino que lo hizo alguien varios siglos después, la idoneidad de esas “profecías” es tanto más exacta cuanto más se viaja hacia antes de 1600. Ya lo decían en “El Golpe” (The Sting): la mejor manera de ganar en las apuestas es conociendo el resultado de antemano.
El caso es que en esa lista ya se han acabado los papas. Nos queda uno, el último, etiquetado por “Malaquías” como Petrus Romanus, Pedro de Roma. Lo que está muy bien pensado, porque así se cerraría un círculo en el que el primero y el último papa serían adecuadamente tocayos. Evidentemente no adoptará el nombre de Pedro, ya que apóstol solo hubo un y a él lo encontramos en la calle, pero, por dar un ejemplo, el papabilissimo cardenal Sodano (que perdió inopinadamente el cónclave que ganó Ratzinger) tiene en su escudo de armas una barca. Incluso los más impíos no negarán que la relación entre Pedro y la barca, más su sobrenombre de “pescador de hombres”, etc. no darían la razón al profeta, si sale elegido el casi todopoderoso Sodano. Los versos que el santo irlandés o su impostor adjudica al último pontífice no son muy alentadores: “pastoreará a su grey entre grandes tribulaciones y finalmente la ciudad de las siete colinas será destruida y el terrible juez vendrá a juzgar a su pueblo”. (Nota para el escalofrío: hoy domingo 17 de febrero ha habido un terremoto en Roma de 4,8 grados en la escala de Richter. El primero de esa intensidad en mucho tiempo. Qui habet aures audiendi audeat).

Si es que lo es, el último papa tendrá que sufrir lo que ocurre con todas las organizaciones tarde o temprano: sólo les quedan los puros, los muy institucionalizados, los ciegos y los acríticos. Cuanto más en posesión de la verdad se cree una institución, más se va apartando de la realidad y, por tanto, menos respuestas puede ofrecer al mundo del que se ha apartado. El éxito de la Iglesia católica, que provino de ignorar en lo posible las enseñanzas de su fundador y mimetizarse con el poder absoluto de un imperio basándose en la teología construida por un “discípulo” que no conoció a su “maestro” personalmente y que se pasó del bando de los perseguidores al de los conversos fanáticos, toca a su fin no porque haya pasado de potencia liberadora a institución dictatorial y agobiante: la Iglesia Católica se muere porque definitivamente y tal como previeron los convocantes, ponentes y fieles que conocieron y trataron de vivir el Concilio Vaticano II, ya no es de este mundo. Sus respuestas no tienen nada que ver con la vida cotidiana de las personas. Sobre todo en lo que tiene que ver con la igualdad de la mujer, los derechos civiles, la capacidad individual de decisión, la organización igualitaria, democrática y horizontal, la toma de decisiones debatida y acordada… La Iglesia actual, como institución, canta tanto como la URSS de Stalin. Sólo que en la Iglesia las cosas van tan despacio y han sido tan hábiles a la hora de mantener el poder y de eliminar adversarios, que les ha durado el chollo mucho más que a los que prostituyeron la Revolución de los Soviets.

Muchos católicos de base se sienten alejados de una jerarquía que ha tapado o intentado tapar corrupciones de todo tipo, del mundo, del demonio y de la carne. Se sienten ajenos a una normativa alejada de las evoluciones culturales, sociales, relacionales de la vida cotidiana actual. Católicos gays, de izquierda, divorciados, con hijos o familiares no bautizados o no confirmados, que hacen el amor por placer, que quizá hayan tenido que arrostrar el drama del aborto o las desgajaduras del divorcio, que trabajan incluso bajo las enseñanzas evangélicas sin creer del todo en un más allá que hará justicia a los oprimidos cuando ya no importa y seamos todos calvos… Todos ellos se diferencian a sí mismos como Iglesia frente a una jerarquía sorda, opresora, concentrada en su propia supervivencia como tal. Quizá el buen Malaquías o quien hablase en su nombre pensó que el último papa echaría sin remedio el cierre ante la ruptura entre el mundo del siglo y la maravillosa levedad de una institución que, como mucho, cree en sí misma.

A mí todo esto me recuerda a mis amigos y familiares que militan en y votan al PSOE o a IU. Se sienten, igual que los católicos de base, alejados de la corrección política e institucional de la jerarquía socialista o de las viejas consignas comunistas. Se sienten profundamente defraudados por los actos de corrupción (también de toda clase) cuando no de traición, cometidos en aras del maldito “sentido de Estado”. Siguen creyendo que pertenecen a un movimiento que puede sostenerse a pesar de las directrices y de las personas que han anquilosado y paralizado un proyecto liberador. Como Pedro Romano, puede que Lara y Rubalcaba sean los que tengan que pastorear a su grey en medio de grandes tribulaciones y los que vean cómo el juez terrible, en este caso la Historia, vendrá a juzgar a los suyos mientras la ciudad se derrumba.

Es quizá la hora de abandonarlos a su suerte. Y que caigan las siete colinas.

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Lo Hecho, Hecho Está. Delenda est Sinistra.


En 1982 hubo mucha gente que creyó de veras que por fin la izquierda había ganado. Muchos de nosotros desconfiábamos de una izquierda que había dejado de ser todo lo que molestaba al poder para poder alcanzarlo. Yo nunca voté PSOE ni lo haré ya si no lo hice entonces.

La primera señal de alarma fue en la misma noche electoral, cuando González subió a un estrado a decir que sería “el presidente de todos los españoles”. ¿Cómo? ¿Perdón? Desde la Guerra Civil, nunca había habido un gobierno “para todos los españoles”. Unos españoles habían copado el poder, el dinero, la empresa pública y privada, la represión, el poder militar y policial, el miedo opresor religioso… ¿Por qué había que gobernar también “para” –nótese por favor la preposición– ellos? ¿Es que el triunfo electoral no era un mensaje claro? ¿Es que no se trataba de gobernar por fin para “nosotros”, para los que estuvimos escondidos, en la cárcel, en la calle, en la clandestinidad, en el miedo, en la ignorancia, en el exilio? Muchos supimos por aquella frase y en aquel momento que el PSOE ya no sería ni podría ser jamás una vanguardia de izquierda, sino el guante de seda del puño de hierro de los de siempre. La derecha moderada en un país ultra. La opción domesticada de un poder que se reflejaba en el diario El País: majos en lo social e inflexibles en lo económico. Como el Papa Wojtila, pero en rojillos.

Como la vida es capicúa, Felipe volvió a dar la pista del futuro del PSOE. La última vez que pudo gobernar perdió unas elecciones en gran medida por la “devolución” a Izquierda Unida del voto prestado en convocatorias anteriores. González, en otra noche electoral para la memoria, dijo “hemos recibido el mensaje”. Para cualquier persona normal –ya no digo analista político– el mensaje era claro: o giras a la izquierda o vas al barranco. Porque en España ya hay derecha: una, grande y libre. Y la gente siempre prefiere votar al original y no a la copia. Por otra parte: si el voto se va por la izquierda,… blanco y en botella.

Pero el mensaje que captó González fue el de pactar con CiU y PNV. Dos partidos de derecha. Nunca se sabrá si lo del ninguneo a IU y al electorado de izquierda, además del odio PSOE-PCE y otras rencillas históricas, provino de la catastrófica política de Anguita, aliándose con lo más alcantarillado de la derecha ultramontana española. El caso es que el PSOE, hasta la revolución tranquila, cortita e incomprensible de Zapatero, no volvió a estar en disposición de recuperar el poder.

Pero quizá deberíamos recordar que sin las mentiras de los ultraderechistas aznarienses Zapatero no hubiera ganado las elecciones, incluso aunque la leyenda diga que había remontado en las encuestas de un -11% a casi el empate técnico. Desde luego, el PP no hubiera ganado por mayoría absoluta, pero el PSOE volvió a beneficiarse de un préstamo que, como se vio en la siguiente legislatura, jamás iba a devolver. Como era habitual.

De modo que ahora esas deudas (ironías de la historia) las está pagando por vía de desahucio. No puede ser más de derecha centrada y centrista con toques izquierdosos, porque la silla la ha ocupado UPyD y sus muchachas y muchachos de la OJE y la Sección Femenina, que guardan su mirada clara y lejos hacia las montañas nevadas en el armario del “ya vendrán los nuestros”. Por la izquierda, nasti de plasti: se cargaron a sus propias alas izquierdas y para los votantes que siempre esperaron más, ya no cuela. Están tan lejos, además, de los movimientos ciudadanos, como el PP, compañerito de recortes y esclavización de la clase media.

Ese es el precio que han pagado, no por gobernar para todos los españoles, sino por gobernar en nombre de los de siempre. Ese es el precio que han pagado por no haber entendido el mensaje.

Ahora, las políticas van por carriles del siglo XXI, y no por los caminos decimonónicos que entorpecen el análisis. Eso también acabará por afectar a IU-Los Veerdes (el partido de las tres mentiras). Pero eso es para otro post.

 

Gracias por esperar. Pero con la que está cayendo, cuesta elegir tema para el post y acabas por no escribir.

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Luna Nueva


Los medios de comunicación periodística –si es que estas palabras no esconden algún velado oxímoron—han dejado de ser sujetos de investigación, divulgación y análisis de lo que ocurre para convertirse en un corrillo de gente que habla de lo que otros publican. Especialmente en España cuesta ver a un así llamado profesional de la información, que no trabaje en sucesos, acudir a las fuentes, investigar datos, contrastar declaraciones… Es decir, hacer su trabajo.
Debe ser bastante más cómodo que Francino comente lo que dice El País que ha dicho Rubalcaba. O que Pedro J. decida lo que Rajoy quiso decir en una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como un partido de fútbol sin balón. Luego reúnen a cinco tertulianos –que ahora que son ministrables se emplearán más a fondo—y sanseacabó.
Estas y otras razones deben estar en el fundamento de lo que ha ocurrido con la información sobre el PSOE y su XXXVIII Congreso (armado a base de congresillos), en el que se ha santificado al superviviente más recalcitrante de los dos grandes fracasos históricos del así llamado PSOE.
En este caso, toda la prensa y, en especial, la más afecta han vendido un pulso por la toma del poder interno entre dos siameses del último gobierno de la derecha vestida de ex socialdemocracia. Y lo han vendido como una carrera por el liderazgo sin tener en cuenta lo que a mí me parece que estaba ocurriendo: que todo el mundo ha estado pendiente de saber quién era el capitán de un barco embarrancado.
Es como si nada hubiera pasado. Como si Zapatero no hubiera dedicado sus últimos tres años y pico de así llamado gobierno a desmontar, hacer astillas y desintegrar cuanto de conquistas sociales, ideología y cosmovisión de izquierda quedaba en este país en el que se recorta a la ciencia para dárselo a los toros.
Zapatero/Rubalcaba (pobre Zapatero/Chacón: cuando Tomás Gómez anunció su apoyo ya debió saber que todo había terminado para ella) y su PSOE tendrían que ser conscientes de que habrán de pasar a la historia como los enterradores finales de la izquierda española. Entiéndase: como los enterradores finales y los “vaciadores” de la izquierda española.
Porque lo que han hecho estos chicos de las generaciones postfelipistas es vaciar de contenido el discurso de la defensa de lo público; vaciar de contenido la apuesta por el estado laico; vaciar de contenido los valores de la solidaridad y la equidad como fundamento de la defensa de la ciudadanía frente a la avaricia sin fin de la lógica del beneficio eterno; vaciar de contenido significa vaciar de discurso y, por lo tanto, la rendición social, cultural, comunicativa, hablada, frente a la ola de la avaricia que nos ha arrastrado en el tsunami económico en el que todavía estamos ahogándonos.
Esa vaciedad, esa ausencia de discurso, ha dejado inermes a los votantes de izquierda que no confían aún en la alternativa medioambiental y eco-social de Equo y que aún confían menos en la izquierda rancia y decimonónica que representa IU. Pero, más importante aún, deja a la izquierda como si tuviera que elaborar un “nuevo discurso”, lo que es una falacia intolerable. Lo que la izquierda debe tener son los arrestos para defender su discurso de toda la vida: equidad, respeto por el planeta y quienes lo habitan, solidaridad y justicia en igualdad. Es decir: tener los arrestos para ejercer el poder desde la izquierda, no convirtiéndose en la cara compasiva del capitalismo, en palabras del gabinete de G.W. Bush. Porque enfrente hay un PP que sabe ejercer el poder. Que ocupa los medios de comunicación, que deroga leyes de conquista social e igualdad, que coloca estratégicamente a sus cuadros en todas las esferas de influencia, que es capaz de desmontar en un mes lo que se ha construido en treinta años, que desvirtúa la historia, que estrangula a los que menos tienen, cuyo único objetivo es perpetuarse en un poder, precisamente, que considera naturalmente suyo.
Que el PSOE y la prensa no analicen quién es quién y dónde está cada cual es un problema añadido. Que se hable de que no hay ideologías sino técnicas en la solución a la crisis, que se subvierta la democracia y su memoria, que se acabe con los derechos más esenciales en nombre del beceuro de oro y que todo eso se transmita una y otra vez de manera acrítica en los medios hasta convertirse en la verdad de la desaparición de la izquierda es nuestro problema ahora mismo. No la elección de líderes, ni la reconstrucción de un aparato interno. Gato negro o gato blanco… ¿quién defenderá a los ratones?

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