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Los Posgilipollas. (Sátira IV)


Hace mucho tiempo, en una facultad muy lejana, un profesor y yo nos dimos cuenta, durante una de nuestras conversaciones, de que la mejor manera de localizar a un orador o a un pensador de segunda no era ver a quién citaba, sino precisamente determinar a quién omitía. Porque este tipo de personaje o basa su pensamiento en el autor no citado pero quiere parecer original o ese autor tiene el problema de que bien leído desmonta todos los argumentos de nuestro protagonista y, claro, no es plan.

Aquella era una época en que por lo general se usaban convenciones y conceptos establecidos porque funcionaban y no había necesidad de inventar terminología aparentemente nueva y disfrazada de neologismo para nombrar fenómenos, cosas que pasaban, sentimientos, noticias… Por ejemplo, en el colegio algunos sufríamos con los abusones, no sufrimos bullying; muchos supimos de primera mano lo que era un jefe o, en mi caso, una jefa que abusaba de nuestra capacidad, nuestro tiempo muy por encima de lo que nos pagaban, pero no sufríamos mobbing: simplemente trabajábamos para unos hijos de puta explotadores. Y así todo.

Vivíamos en un mundo conceptual algo medieval, en el que había herramientas conceptuales que usábamos porque, como tales herramientas, nos eran útiles –recordemos que /herramienta/ y /útil/ son más o menos sinónimos como sustantivos—e íbamos y las usábamos. Pero hubo un día, a finales de los ochenta, más o menos, en que todo el mundo decidió que eso de usar conceptos para nombrar cosas era una pesadez y que había que innovar, porque la posmodernidad había llegado. Abrazados a autores que no leían bien y no entendían del todo o viceversa, abandonaron todo el aparato conceptual que había deconstruido, criticado y casi derribado el aparato capitalista en sus formas de definición de la realidad, de legitimación del poder y de socialización del statu quo.

En Román paladino: un montón de gilipollas modernetas decidió que iban a inventar la rueda porque las que giraban ya no valían porque no eran nuevas. Las generaciones anteriores habíamos matado a Dios. Estos mataron a Atahualpa Yupanqui. Había que ser moderno y cargarse a Freud, a Piaget, a los estructuralistas y… ¡oh casualidad!… a Marx. La posmodernidad abrazó a Eco porque no llegaba a las consecuencias a las que había llegado Foucault; abrazó a Fukushima porque la lingüística de Greimas y la antropología de Lévi-Strauss eran un engorro; abrazó a Vigotsky porque les ofrecía un salvavidas absolutista frente a las revoluciones en el aula, en la psiquiatría, en las instituciones. Abrazaron a cualquiera que no hubiera leído o que no citase a un autor fantasma marxista, estructuralista y, visto lo visto, casi un profeta. Ahora iremos con él.

La cúspide, la corona, el summum, la repera de la construcción maldita de la realidad posmoderna es ahora el concepto estúpido –y por lo tanto llamado al éxito en nuestra sociedad estúpida—de la posverdad. Con la ventaja añadida de que casi nadie sabe muy bien rellenar el neologismo –seamos benévolos—pero permite a voceros ignaros y periodistas que se creen escritores hablar casi en serio. Voy a darles una noticia: hablar de /posverdad/ es como llamar al destornillador /posdesenroscador/. Veamos cómo funciona la cosa, a ver si así…:

Un poder cualquiera se legitima a través de la normalización de su ejercicio. Esa normalización, es decir, conversión de ciertas conductas y actitudes en normas, exige una transmisión (acordaos de Berger y Luckmann)  discursiva: “Esto se hace así, esto es así, esto se define de este modo”. El discurso legitimador no se limita, de esta manera, a construir un catálogo normativo, sino que va mucho más allá: el catálogo normativo y el discurso legitimador definen, delimitan y naturalizan la realidad. Discurso legitimador, catálogo normativo y realidad definida y naturalizada son Ideología. La ideología es definida así de una manera mucho más densa que un sistema de pensamiento o una ubicación en el espectro político. La ideología es la que hace que definiciones culturales, históricas, convencionales, devengan en ley natural, en verdad no cuestionada y en guía de conducta sobre la que se arma una sociedad en un momento temporal dado.

La ideología, por tanto, hace que tomemos como ley natural lo que no es sino convención artificial. Que tomemos verdades históricas, construidas y que tuvieron un principio y tendrán un fin, como verdades ahistóricas, eternas. Que ordenemos nuestros valores y contravalores en un orden que parece estricto y nacido en la noche de los tiempos cuando la verdad es que se organizaron, como quien dice, ayer por la tarde.

Se pueden poner ejemplos a toneladas, pero elegiré uno que tiene que ver con el sexo: ahora nos parece que los compromisos sexuales entre mayores y menores de edad son abominables. Hace solo dos generaciones, y preguntad si no a los abuelos o a los bisabuelos, no era en absoluto anormal que en un matrimonio él tuviera veinte o veintidós años y ella dieciséis o incluso menos. No nos retrotraigamos al antiguo régimen, donde las bodas entre hombres de casi treinta años y niñas de doce eran normales, al menos entre las clases altas. No siga leyendo quien crea que en este párrafo he defendido la pederastia.

Y ya que estamos con el matrimonio, la justificación de la ideología medieval contra el matrimonio por amor era la siguiente: el amor está muy bien. Y el sexo. Pero el matrimonio es un contrato. Y el contrato no puede basarse en un deseo sexual perecedero, pues al acabar el impulso inicial, la pareja no tendrá otro vínculo que el que egoístamente dictaron sus genitales. Por el contrario, un matrimonio sancionado por las familias y por la sociedad, suponía un compromiso que afectaba a la hacienda, la herencia y aun a la estabilidad de los círculos sociales de los contrayentes. De ahí la famosa frase que los románticos odiamos de “ya nacerá el cariño con el tiempo”.

De modo que ni el amor es eterno ni la interpretación del “hasta que la muerte os separe” se debe leer ahora igual que en el siglo XIV, cuando significaba que era un contrato vitalicio en el que los bienes de dos familias se unían para aumentar el valor patrimonial de las personas que las sucederían. Ahora el amor romántico se está poniendo en crisis desde otros lugares, pero no hace falta que siga.

Todo este armazón que analiza y desmonta las verdades eternas, las medias verdades y las verdades interesadas dictadas por los poderes fueron descritos y convertidos en herramienta por señor que se llamaba Louis Althusser. Especialmente en Lire Le Capital (“Para Leer El Capital”) y Pour Marx (“La Revolución Teórica de Marx”) es el autor al que nadie cita. Entre otras cosas porque con Althusser, ni Gramsci, ni Rosa, ni Lenin. Solo el materialismo histórico llevado al análisis del discurso y del poder. Solo un corte de mangas a quienes construyen las mentiras y luego les dan un nombre no recogido en el diccionario para darle carta de autoridad. No más ocultamientos.

Porque el análisis de la ideología es el análisis de la mentira. De las mentiras. Del aparato de engaño con el que nos someten. Llamar a la mentira posverdad es, ya, tragar con la mentira y el mentiroso. Althusser exige mucho. Mucho más que una lectura que ahora es difícil, oscura. Exige no creer en nada y luchar. Y la lucha es la misma. No va a haber una poslucha.

En resumen: no diga posverdad. Diga, bien alto, que nos mienten.

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