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Mea culpa, mea grandissima culpa (Sátira II)


Acabo de ver un celebradísimo programa en el que han vuelto a echarme, a echarnos la culpa a los espectadores nada menos de lo que pasa en la República del Congo. El antiguo Congo Belga perteneció personalmente al rey de Bélgica, que instauró un régimen que hubiera avergonzado a los nazis. Luego fue Zaire. Y luego, para fastidiar a los alumnos de Geografía, la República del Congo. Compramos móviles que utilizan el coltán, definición coloquial de un mineral combinación de columbita, u óxido de niobio con hierro y manganeso, y tantalita, oxido de tántalo (o tantalio que se decía en mi época de EGB) también con hierro y magnesio.

En ese programa se vino a decir (o eso es la sensación que le ha quedado a la gente que ha opinado en redes sociales) que por el hecho de comprar un aparato electrónico uno se hace cómplice de los paramilitares que vigilan las minas que pertenecen a multinacionales y no al país en cuya tierra se han encontrado. Por el hecho de estar escribiendo este artículo en un aparato electrónico, yo soy culpable por omisión o por complicidad de las violaciones y las torturas sexuales que mujeres, niñas y niños sufren en un número indeterminado pero enorme, incluyendo la introducción de objetos punzantes y aun armas en las vaginas o en los orificios anales de las víctimas.

Pero nuestra complicidad culpable no acaba en lo expuesto por este programa. Culpables de la deforestación de las selvas subtropicales son quienes quieren cuidarse con productos derivados de la soja; culpables quienes se alimentan de carne estabulada; culpables quienes se alimentan de verduras cultivadas con métodos industriales; culpables quienes no saben si su fruta o su zanahoria provienen de campos donde Monsanto ha esparcido sus insecticidas o sus semillas patentadas; culpables quienes tienen que ir a su trabajo en automóvil porque no tiene transporte público barato a su alcance; culpable quien viste piel, pero también quien viste piel sintética derivada de combustibles fósiles refinados; culpable quien dona a organizaciones que pueden implantar un neocolonialismo en regiones en conflicto; culpable quien no dona y mira para otro lado… Hay que ver. Y todo bajo la atenta mirada de los verdaderos culpables, encantados de ver cómo se culpabiliza a un niño que quiere una videoconsola y no a quienes financian, comercializan y controlan la defensa privada de minas, campos y ganados.

Está claro que el consumo responsable es un arma poderosa, como se lo demostró Francia a Nestlé hace tantos años. Está claro que nuestra acción de seleccionar el origen y exigir la trazabilidad de los bienes y servicios que consumimos es una fortaleza que, puesta en marcha de manera mayoritaria, sería casi revolucionaria. No podemos dejar de insistir en concienciar y reforzar a la ciudadanía en esa dirección. Pero el pequeño Évole me hubiera ganado si en su programa hubiera dado una lista de los accionistas de las empresas extractoras de coltán en condiciones de esclavitud; de las empresas extractoras, comercializadoras y de logística que sostienen el chiringuito; de los países que amparan a estas empresas y su actividad comercial y bursátil; de las empresas a las que se contrata y subcontrata la mal llamada “seguridad”, empresas de mercenarios y paramilitares que podrían acabar con ejércitos de pequeños países sin bajas, que forman a niños soldados y usan la violación y la tortura sexual (o la permiten y animan) como arma estratégica de división entre las etnias que se disputan el control de las zonas mineras. Mutatis mutandis, podría haber dado la lista de empresas que sí pagan a sus trabajadores un sueldo digno. Que sí utilizan los canales legales de distribución y comercialización, y cuyos beneficios recaen en el país dueño de la materia prima. Querido Jordi: ¿dónde estan los violadores, quienes les pagan, sus diplomáticos corruptos, los gobiernos de sus países de origen, los cómplices –estos sí– del gobierno fantasma congoleño? ¿Dónde los buitres y cómplices de Rwanda y otros países limítrofes? ¿Dónde está China, Europa, Estados Unidos? ¿Dónde nuestra querida, modélica, envidiada Holanda o la pacífica Bélgica?

Pero no. Toda esa gentuza puede respirar tranquila porque ya hemos señalado que el malo es el chaval que quiere un aifon, la abuela que necesita una Tablet con Skype para hablar con su nieto que curra en Irlanda. O el que no se puede permitir un fairfon porque no tiene estatus para ser buen ciudadano, buen ecologista, un no culpable, vaya.

Y cuidadito con lo que tenemos en casa: en Equo el programa ha sido un clamor, pero las decisiones de órganos de gobierno, las votaciones y un montón enorme de la actividad del partido se hace de manera casi exclusiva a través de plataformas de telecomunicaciones electrónicas.

Y luego un  tema que vendrá más adelante en esta serie: ¿y si estamos viendo cuál será nuestro futuro en una sociedad de recortes, de gobiernos de corruptos y payasos de feria, de reformas laborales rayanas (por el momento) en la esclavitud, en una sociedad estrangulada y vigilada por ejércitos privatizados a las órdenes del poder financiero?

Y en todo este paisaje y ante este futuro que ya está aquí, ¿dónde están los sindicatos?

Porque, a lo mejor, de algunas otras cosas que importan sí somos responsables. Continuará.

P.S: Un retrato seco, real, inapelable de esta porquería la tenéis inmejorablemente escrita en el libro de John Le Carré La Canción de los Misioneros. Plaza & Janés, 2007 (creo, aunque el original inglés me parece que es de 2006).

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