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La indignación oculta se ha vengado (Sátira I).


Lo que ustedes van a leer de este párrafo en adelante requiere de cierto cuidado conceptual y seguramente un porcentaje nada desdeñable de gente es muy posible que lo malinterprete. Estoy abierto a cualquier aclaración o debate. Va de uno de los factores que creo han sido decisivos en las Elecciones Presidenciales de los Estados Unidos de América y del crecimiento de los llamados populismos en Europa. Para más factores, más sátiras futuras.

La presunta izquierda en la que creemos compartir espacio de transformación y cambio es una lata para mucha gente. La izquierda presunta en la que llevamos entrando y saliendo algunos desde poco antes de la muerte de Franco, en una cama de hospital y a muy avanzada edad, se ha convertido en algo que a mucha gente la harta, le supera o, sencillamente, ha dejado de estar a su alcance.

La presunta izquierda que por ejemplo en España ha dado el poder al único partido procesado en los tribunales de la historia de nuestra Democracia es la misma que acaba de perder frente a alguien que en cualquier otra época histórica mínimamente seria hubiera sido considerado poco menos que un payaso y una curiosidad vecinal. Y las otras presuntas izquierdas en las que estamos, hemos estado o tenemos la tentación de estar no van por mejores caminos. Y es que somos un auténtico incordio. Somos una panda de empollones, pedantes, enamorados de nosotros mismos y tenemos planteamientos dificilísimos de explicar, que necesitan cientos de matices y encima no sabemos debatir. Pero sobre todo, a la gente normal la tenemos harta. En Estados Unidos la gente que ha votado a Trump (teniendo en cuenta que Hillary Clinton es tan de izquierda como lo pueda ser María Dolores de Cospedal, por ejemplo) está muy indignada, solo que ha incubado esa indignación en silencio y callada y minuciosamente, han puesto en la papeleta su pequeña venganza contra la presunta izquierda. Contra nosotros.

Las fuerzas progresistas, la izquierda, los movimientos de transformación, sabían hablar a la gente que antes se llamaba sencilla. Hasta que de esa gente surgimos los listos, las élites del análisis, los empollones del arte, la cultura y el análisis sociopolítico. En el momento en el que para ser de izquierda había que ser titulado o, mejor, doctor en algo, se fue jodiendo el Perú. Y si encima quiere uno ser ecologista, ni te cuento. Igual con una ingeniería no nos llega.

Las presuntas izquierdas hemos ido tejiendo un aparato cuasirreligioso en el que el debate, para empezar, está mediatizado por las formas. Si uno o una quiere hablar normal, emplea el neutro en su expresión oral o escrita y no pone arrobas, equis o directamente habla en femenino ante una audiencia puede ser vilipendiado en privado, en público, en las redes y hasta en una cena de cuñados. Así que ojito con lo que hablas.

En este nuestro ambiente cuasiconventual, mal está si uno se pone corbata o se la quita; sospechosa es una si lleva tacones o no; cautela con las viejas cazadoras que pueden ser de cuero o nada de zapatos de ante o de gamuza azul ni en los viejos vinilos, porque serás crucificado.

Sospechoso cuando no culpable serás de los males que aquejan a los que padecen pobreza energética porque dejas tus electrodomésticos en estánbai, porque has comprado en el súper y te han dado una bolsa de plástico, porque una vez tiraste el chicle en un alcorque, porque aún, miserable descamisado, no te has gastado 25.000€ en un coche híbrido y sigues con tu diésel de 8 años. Tú eres el culpable de la catástrofe ambiental.

¿Qué decir del problema de los refugiados? ¿De los manteros? ¿De las minorías éticas, sexuales, de los muy jóvenes, de los muy viejos? ¿Cuándo te preocupas por ello, miserable chupatintas? ¿Qué es eso de usar la crisis para dejar de pagar a Unicef, ACNUR, Médicos sin Fronteras, Greenpeace…? ¿Hasta cuándo vas a creer que con una sola suscripción y un SMS tienes tu conciencia silenciada?

No digas que no vas en bicicleta porque vives en la Carretera de la Playa. Cómprate una eléctrica.  No digas que comes carne, porque serás el responsable de la deforestación, del cambio climático y del maltrato animal. No comas mucha verdura, porque talan bosques para cultivar la que consumes. No seas ovolácteo porque las granjas de gallinas y vacas son inhumanas. Y ojito con apoyar la energía solar porque nuestros ingenieros te dirán que no es para tanto. Piensa además en la eólica que tantos pajaritos mata. Pero, obviamente, tienes que apoyar las renovables. Ya te diremos cómo.

Esta caricatura al estilo de Juvenal (el original romano, no el epígono que os escribe ahora) nos deja un hombre o a una mujer blanca, casada, que se desloman a trabajar o llevan tres años o más en paro, que dicen tacos ocasionalmente sexistas, que alguna vez  han contado un chiste de mariquitas, que le han dicho a una compañera o a un compañero “qué guapo vienes hoy”,  que han comido carne, que tienen un coche diésel porque les dijeron que contaminaba menos al consumir menos, que no tienen carnet Joven porque no son jóvenes, que no tienen carnet de la 3ª Edad porque no son viejos, que no tienen ingresos suficientes para ser ecologistas, para comer ecológico, para tener un coche eléctrico, que no tienen preguntas difíciles sobre sus vidas, sobre los ladrones que les han robado, sobre la mierda de mundo en que viven y que se dirige a un abismo del que les hacemos sentirse culpables, que van al cine a divertirse, que leen el Marca o el As o el Semana y que a veces ven (¡ah, pecadores horrísonos!)  Sálvame Limón.

Esa gente está indignada. Pero indignada contra nosotros, las élites, que les culpamos de todo, que les decimos que si no entienden nuestras soluciones es porque no leen lo suficiente, que si no acertamos haciendo encuestas les llamamos mentirosos, que antes que ellos están todas las minorías, todas las mayorías, todos los que ni son ni hablan ni viven como ellos.

Pues bien, esta gente, en Estados Unidos ahora, pero seguro que en Europa después (en Italia ya pasó) está muy indignada, tiene un sobre con un voto y es peligrosa. Y nosotros somos tan listos, tan listos, pero tan listos, que cuando la depositen en la urna no vamos a saber por qué.

Qué listos somos.

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Para la Libertad.


He dudado mucho en poner ese título a este post. Podría haber sido Al Alba, Al Vent, Tiene que Llover, L’Estaca (con perdón) o el eterno himno Habrá un Día en que Todos.

En medio de todo lo que ha ocurrido en el PSOE, yo no pude evitar pensar en tantas compañeras y en tantos compañeros de mis primeros viajes en la política (que luego abandoné durante casi 30 años) con quien nos abrazábamos, cantábamos a pleno pulmón y hasta llorábamos con aquellos himnos, algunos prohibidos aún, de los incipientes vientos de libertad.

Mientras veía a esa dama regordeta y desclasada y a sus vasallos defenestrar lo poco digno que quedaba del partido de la OTAN, de las reformas laborales, del artículo 135, se apearon en mi memoria familiares, amigas y amigos cantando alrededor de un fuego, acampados en un monte; huyendo de grises y luego maderos por la Gran Vía, simulando a veces un morreo para que pasaran de largo; recogiendo firmas, manifestándonos, empapelando universidades e institutos. Practicando aquellos ensayos generales de amor libre porque todo aquello olía a libertad.

Después de ofrecer la cara al vent, de cabalgar hasta enterrarlos en el mar, de tirar de l’estaca, de preguntar altivos ¿quién nos ata?, de sangrar, luchar y pervivir para la libertad, ¿dónde estaban aquellas chicas, aquellos chicos? De muchos sabía y sé que ocuparon despachos, cargos y asientos traseros de coches grises conducidos por un señor o una señora muy discreta y callada. De hecho muchas de esas personas, cuando la derrota dulce tuvieron que sacarse aprisa y corriendo carnés de conducir, cursos de ofimática y hasta graduados escolares.

Pero de muchos otros sabía que ahora estarían asistiendo a la defenestración de ese pobre líder que se creyó lo del poder de la militancia en el partido de González, Barrionuevo, Roldán y Vera, entre lágrimas de dolor e impotencia. La maniobra de Susana y de sus secuaces, con sus dagas escondidas en las túnicas laticlavia al pie de la estatua de Pompeyo el grande, ha debido de dejar sin juventud, sin memoria, sin guitarras y sin amores junto a una vietnamita a miles de chicos y chicas que ahora acarician desconcertadas sus canas mientras se preguntan a quién denunciar por el robo de su pasado.

Yo jamás voté al PSOE, ni siquiera en el 82, jamás he tenido la más mínima conmiseración con sus cuadros, aun cuando haya trabajado para ese partido alguna vez. Pero no puedo evitar pensar en el resultado final de este golpe: las lágrimas, el desconcierto y quizá la pequeña muerte de muchas compañeras y compañeros con quienes compartí ese breve camino de la utopía posfranquista.

Vaya con ellas y con ellos mi abrazo.

P.S.: la buena noticia es que a los que decíamos que este partido era muy de orden y muy de derechas nos dejarán en paz de una buena vez, ¿no?

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Petrus Romanus. Delenda est Sinistra (II)


Me extraña no haber oído ni visto aún a ningún freak de la cosa paranormal hablar de San Malaquías. En los tiempos en que seguíamos con fervor a Jiménez del Oso y al Padre Pilón (auténticos eruditos que sí daban su opinión sobre estas cuestiones de lo raro, y no periodistas de carrera apresurada con invitados de escaleras de vecinos, excepciones aparte) había dos nombres de lo profético: Nostradamus y Malaquías. La única fuente que tengo de una mención actual sobre el santo profeta es ¡¡¡noticias.yahoo.es!!!

Para los del plan nuevo en cuestión de Milenios, unas profecías aparecidas hacia 1595-1600, atribuidas al santo irlandés (que murió en 1148) indicaban una lista de papas hasta el fin de los tiempos. Constan de una lista de nombres en clave y unos cuantos versos explicativos. Por ejemplo, Pablo VI es catalogado en esa lista como Flos Florum (flor de flores) y se supone que “Malaquías” dio en la diana porque en su escudo el papa de ese nombre tenía tres flores de lis. Juan Pablo II, que nació bajo un eclipse, es llamado De Labore Solis, etcétera. A toro pasado, la exactitud de esas profecías era escalofriante ya que eran, como todas, lo suficientemente amplias como para que encajasen casi con cualquier acontecimiento. Como parece que hay pruebas de que Malaquías no escribió esos augurios, sino que lo hizo alguien varios siglos después, la idoneidad de esas “profecías” es tanto más exacta cuanto más se viaja hacia antes de 1600. Ya lo decían en “El Golpe” (The Sting): la mejor manera de ganar en las apuestas es conociendo el resultado de antemano.
El caso es que en esa lista ya se han acabado los papas. Nos queda uno, el último, etiquetado por “Malaquías” como Petrus Romanus, Pedro de Roma. Lo que está muy bien pensado, porque así se cerraría un círculo en el que el primero y el último papa serían adecuadamente tocayos. Evidentemente no adoptará el nombre de Pedro, ya que apóstol solo hubo un y a él lo encontramos en la calle, pero, por dar un ejemplo, el papabilissimo cardenal Sodano (que perdió inopinadamente el cónclave que ganó Ratzinger) tiene en su escudo de armas una barca. Incluso los más impíos no negarán que la relación entre Pedro y la barca, más su sobrenombre de “pescador de hombres”, etc. no darían la razón al profeta, si sale elegido el casi todopoderoso Sodano. Los versos que el santo irlandés o su impostor adjudica al último pontífice no son muy alentadores: “pastoreará a su grey entre grandes tribulaciones y finalmente la ciudad de las siete colinas será destruida y el terrible juez vendrá a juzgar a su pueblo”. (Nota para el escalofrío: hoy domingo 17 de febrero ha habido un terremoto en Roma de 4,8 grados en la escala de Richter. El primero de esa intensidad en mucho tiempo. Qui habet aures audiendi audeat).

Si es que lo es, el último papa tendrá que sufrir lo que ocurre con todas las organizaciones tarde o temprano: sólo les quedan los puros, los muy institucionalizados, los ciegos y los acríticos. Cuanto más en posesión de la verdad se cree una institución, más se va apartando de la realidad y, por tanto, menos respuestas puede ofrecer al mundo del que se ha apartado. El éxito de la Iglesia católica, que provino de ignorar en lo posible las enseñanzas de su fundador y mimetizarse con el poder absoluto de un imperio basándose en la teología construida por un “discípulo” que no conoció a su “maestro” personalmente y que se pasó del bando de los perseguidores al de los conversos fanáticos, toca a su fin no porque haya pasado de potencia liberadora a institución dictatorial y agobiante: la Iglesia Católica se muere porque definitivamente y tal como previeron los convocantes, ponentes y fieles que conocieron y trataron de vivir el Concilio Vaticano II, ya no es de este mundo. Sus respuestas no tienen nada que ver con la vida cotidiana de las personas. Sobre todo en lo que tiene que ver con la igualdad de la mujer, los derechos civiles, la capacidad individual de decisión, la organización igualitaria, democrática y horizontal, la toma de decisiones debatida y acordada… La Iglesia actual, como institución, canta tanto como la URSS de Stalin. Sólo que en la Iglesia las cosas van tan despacio y han sido tan hábiles a la hora de mantener el poder y de eliminar adversarios, que les ha durado el chollo mucho más que a los que prostituyeron la Revolución de los Soviets.

Muchos católicos de base se sienten alejados de una jerarquía que ha tapado o intentado tapar corrupciones de todo tipo, del mundo, del demonio y de la carne. Se sienten ajenos a una normativa alejada de las evoluciones culturales, sociales, relacionales de la vida cotidiana actual. Católicos gays, de izquierda, divorciados, con hijos o familiares no bautizados o no confirmados, que hacen el amor por placer, que quizá hayan tenido que arrostrar el drama del aborto o las desgajaduras del divorcio, que trabajan incluso bajo las enseñanzas evangélicas sin creer del todo en un más allá que hará justicia a los oprimidos cuando ya no importa y seamos todos calvos… Todos ellos se diferencian a sí mismos como Iglesia frente a una jerarquía sorda, opresora, concentrada en su propia supervivencia como tal. Quizá el buen Malaquías o quien hablase en su nombre pensó que el último papa echaría sin remedio el cierre ante la ruptura entre el mundo del siglo y la maravillosa levedad de una institución que, como mucho, cree en sí misma.

A mí todo esto me recuerda a mis amigos y familiares que militan en y votan al PSOE o a IU. Se sienten, igual que los católicos de base, alejados de la corrección política e institucional de la jerarquía socialista o de las viejas consignas comunistas. Se sienten profundamente defraudados por los actos de corrupción (también de toda clase) cuando no de traición, cometidos en aras del maldito “sentido de Estado”. Siguen creyendo que pertenecen a un movimiento que puede sostenerse a pesar de las directrices y de las personas que han anquilosado y paralizado un proyecto liberador. Como Pedro Romano, puede que Lara y Rubalcaba sean los que tengan que pastorear a su grey en medio de grandes tribulaciones y los que vean cómo el juez terrible, en este caso la Historia, vendrá a juzgar a los suyos mientras la ciudad se derrumba.

Es quizá la hora de abandonarlos a su suerte. Y que caigan las siete colinas.

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Carta a los Parlamentarios Españoles.


Estimadas Señorías de ambos sexos y de todo el espectro político:

Como ciudadano que paga por casi todo y que ahora es feliz poseedor de un banco malo, de activos tóxicos y de un país en ruinas.

Como ciudadano que siempre creyó en el sistema democrático, incluso a costa de sus Señorías y de sus diversos desmanes, omisiones, tropelías y miradas de soslayo.

Como nostálgico de un mundo en el que la sanidad, la educación, la justicia y los derechos humanos estaban protegidos por una Constitución que vds. se han pasado por el forro.

Como persona que cree que es la solidaridad y no la caridad, la igualdad ante la ley y no el apego a unas siglas y la consideración de que lo público es de todos lo que debe regir las relaciones en un contrato social.

Como hombre que ha tratado en lo posible de, si no ser bueno, al menos no tocar las narices al personal próximo y lejano.

Como trabajador que sabe que cuando a otro trabajador o trabajadora le descuentan de la nómina para pagar su paro y su pensión no está ejerciendo un privilegio, sino que es beneficiario de o beneficiaria de un derecho que se ha costeado por más que vds. y sus ideólogos neocon nos vendan que vivimos en el mundo del fraude obrero y no del robo masivo por parte de los poderes privados al servicio del mercado,

exijo:

Que se investiguen y se publiquen de inmediato los beneficiarios y pagadores de las comisiones opacas que se han pagado por la ejecución de contratos y que han dado lugar a los recientes escándalos de corrupción. Porque, Señorías, vds. y yo sabemos perfectamente quiénes son los corruptos. Muchos de vds. no tienen más que mirarse al espejo (si les queda valor y decencia para hacerlo) a la hora de averiguar quiénes son dichos coruptos.

Pero yo quiero saber quiénes son los corruptores. Qué obras y servicios contrataron. Cómo pagaron y a quiénes y por qué conceptos. Cuánto sumó todo eso y en qué medida eso contribuyó a financiar esta gran mascarada que cada cuatro años llaman vds. normalidad democrática.

Igual publicando esa lista de corruptores y las circunstancias en las que se ganaron concursos frente a opciones honestas nos empezamos a explicar la existencia de esos aeropuertos sin aviones, esos auditorios sin conciertos, de esas carreteras sin coches, de esos parques sin árboles, de esos trenes sin viajeros, de esas estaciones en medio de la nada, de esos monumentos horteras y estúpidos que tenemos ahora que mantener, rescatar y volver a pagar una y otra vez.

Señorías: puede que al principio sea doloroso. Pero no se preocupen. No delatan a gente honrada. Delatan a sus marionetistas. A quienes hicieron que se olvidasen de su decencia, de su dignidad, de los sueños que una vez alimentaron en una universidad, en una asociación de vecinos, en una asamblea de barrio.

Límpiense el lodo Señorías. Porque si no, les llegará, tarde o temprano, otra justicia. Mucho menos comprensiva, menos discriminadora, más acuciante. Y entonces será demasiado tarde.

Digan quiénes son y qué precio, Señorías, pusieron a su honorabilidad. Por acción, por omisión, por desconocimiento, por no poner los medios.

Arrepiéntanse. Penitenciágite.

Reciban un preocupado saludo.

Juvenal García.

P.S.: Hagan esta carta extensiva por favor a cuantos cargos locales y autonómicos crean que pueden sentirse concernidos.

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Lo Hecho, Hecho Está. Delenda est Sinistra.


En 1982 hubo mucha gente que creyó de veras que por fin la izquierda había ganado. Muchos de nosotros desconfiábamos de una izquierda que había dejado de ser todo lo que molestaba al poder para poder alcanzarlo. Yo nunca voté PSOE ni lo haré ya si no lo hice entonces.

La primera señal de alarma fue en la misma noche electoral, cuando González subió a un estrado a decir que sería “el presidente de todos los españoles”. ¿Cómo? ¿Perdón? Desde la Guerra Civil, nunca había habido un gobierno “para todos los españoles”. Unos españoles habían copado el poder, el dinero, la empresa pública y privada, la represión, el poder militar y policial, el miedo opresor religioso… ¿Por qué había que gobernar también “para” –nótese por favor la preposición– ellos? ¿Es que el triunfo electoral no era un mensaje claro? ¿Es que no se trataba de gobernar por fin para “nosotros”, para los que estuvimos escondidos, en la cárcel, en la calle, en la clandestinidad, en el miedo, en la ignorancia, en el exilio? Muchos supimos por aquella frase y en aquel momento que el PSOE ya no sería ni podría ser jamás una vanguardia de izquierda, sino el guante de seda del puño de hierro de los de siempre. La derecha moderada en un país ultra. La opción domesticada de un poder que se reflejaba en el diario El País: majos en lo social e inflexibles en lo económico. Como el Papa Wojtila, pero en rojillos.

Como la vida es capicúa, Felipe volvió a dar la pista del futuro del PSOE. La última vez que pudo gobernar perdió unas elecciones en gran medida por la “devolución” a Izquierda Unida del voto prestado en convocatorias anteriores. González, en otra noche electoral para la memoria, dijo “hemos recibido el mensaje”. Para cualquier persona normal –ya no digo analista político– el mensaje era claro: o giras a la izquierda o vas al barranco. Porque en España ya hay derecha: una, grande y libre. Y la gente siempre prefiere votar al original y no a la copia. Por otra parte: si el voto se va por la izquierda,… blanco y en botella.

Pero el mensaje que captó González fue el de pactar con CiU y PNV. Dos partidos de derecha. Nunca se sabrá si lo del ninguneo a IU y al electorado de izquierda, además del odio PSOE-PCE y otras rencillas históricas, provino de la catastrófica política de Anguita, aliándose con lo más alcantarillado de la derecha ultramontana española. El caso es que el PSOE, hasta la revolución tranquila, cortita e incomprensible de Zapatero, no volvió a estar en disposición de recuperar el poder.

Pero quizá deberíamos recordar que sin las mentiras de los ultraderechistas aznarienses Zapatero no hubiera ganado las elecciones, incluso aunque la leyenda diga que había remontado en las encuestas de un -11% a casi el empate técnico. Desde luego, el PP no hubiera ganado por mayoría absoluta, pero el PSOE volvió a beneficiarse de un préstamo que, como se vio en la siguiente legislatura, jamás iba a devolver. Como era habitual.

De modo que ahora esas deudas (ironías de la historia) las está pagando por vía de desahucio. No puede ser más de derecha centrada y centrista con toques izquierdosos, porque la silla la ha ocupado UPyD y sus muchachas y muchachos de la OJE y la Sección Femenina, que guardan su mirada clara y lejos hacia las montañas nevadas en el armario del “ya vendrán los nuestros”. Por la izquierda, nasti de plasti: se cargaron a sus propias alas izquierdas y para los votantes que siempre esperaron más, ya no cuela. Están tan lejos, además, de los movimientos ciudadanos, como el PP, compañerito de recortes y esclavización de la clase media.

Ese es el precio que han pagado, no por gobernar para todos los españoles, sino por gobernar en nombre de los de siempre. Ese es el precio que han pagado por no haber entendido el mensaje.

Ahora, las políticas van por carriles del siglo XXI, y no por los caminos decimonónicos que entorpecen el análisis. Eso también acabará por afectar a IU-Los Veerdes (el partido de las tres mentiras). Pero eso es para otro post.

 

Gracias por esperar. Pero con la que está cayendo, cuesta elegir tema para el post y acabas por no escribir.

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Holocaustos


Estoy leyendo una enorme (en todos los sentidos: casi mil páginas) biografía de Heinrich Himmler elaborada por Peter Longerich, editada por RBA, 2009, y bastante mal traducida. Transcribo un parrafito curioso, acerca del diario que la mujer de la bestia nazi escribió sobre un viaje que llevó al matrimonio del Reichführer-SS y su señora a Italia y Libia:
 “El 4 de diciembre [de 1937, Himmler y su mujer, Margarete] volaron a Libia para ver, al día siguiente, los hallazgos arqueológicos de Septis Magna, una ciudad “construida por los romanos con inmensa grandeza, riqueza y excelsitud”, según Margarete se admiraba. “No paro de pensar en una cosa: ¿Por qué los pueblos actuales son tan pobres?”, se pregunta, y ofrece una respuesta: “¡¿Quizá porque ya no hay esclavos?!””

Sigo. En un documental medio francés titulado “Apocalipsis”, que consta de varios episodios, se ofrecían unas imágenes terribles en los que unos prisioneros –probablemente judíos—de la zona llamada por entonces el Gobierno General eran urgidos por sus captores alemanes a bajar de los camiones donde fueron transportados, con una pala en la mano para cavar sus propias fosas antes de la ejecución. En un momento de la espantosa filmación, uno de ellos mira a cámara, aterrado, inerme, mientras sigue corriendo hacia su destino. Ninguno de esos hombres, que corría hacia su final, utilizó su pala como arma contra sus captores. Ninguno de ellos aceleró el fin luchando, seguramente sin armas mentales ni anímicas que les permitieran siquiera pensar en lo que estaba ocurriendo. Quizá se hallaban en una especie de narcosis, de negación de lo que estaba ocurriendo, desprendidos de sí mismos y del gobierno de su yo.

Pero esa perplejidad por ver cómo un pelotón de soldados podía controlar a un montón de prisioneros que nada tenían ya que perder no sólo la tuvimos mi mujer y yo. Laurence Reese, en su imprescindible y desasosegante Auschwitz (Crítica, 2005) ya señalaba que agentes del Servicio Secreto israelí, soldados judíos integrados en unidades armadas aliadas, e incluso supervivientes de los campos de exterminio que escaparon o asesinaron a alguno de sus captores, no podían explicarse la práctica inexistencia de revueltas o protestas entre quienes eran internados en los campos o conducidos a la cima de fosas comunes para esperar su ejecución.

Es evidente que nadie tiene derecho a juzgar esa actitud pasiva de quienes fueron exterminados en masa: nadie puede valorar el estado anímico, emocional, físico, de quienes ya habían sido torturados, hacinados en trenes, condenados al hambre e incluso a las luchas despiadadas por la supervivencia en los guetos atestados de las ciudades ocupadas por los nazis.

Pero quizá hay materia para juzgar, por un lado, a la enorme cantidad de personas que piensan –es un decir—como la adorable matrona de clase media venida a más que era Margarete Himmler. O a nosotros mismos. ¿Por qué no a nosotros mismos?
Estamos siendo sacrificados en el altar de la avaricia con nuestra pala en la mano, mientras seguimos poniendo dinero para salvar a quienes han demostrado que el sistema no funciona, en un círculo vicioso de especulación y codicia que se está llevando físicamente por delante a gente. A personas.

Estamos asistiendo, con la pala en la mano, a la violación de cualquier regla aritmética y de sentido común –no ya económica—cuando se nos dice que para luchar contra el paro ha de ser más fácil y barato fabricar más paro.

Estamos asistiendo al baile de la justicia –y no daré detalles porque no está la cosa para darlos: sé en qué país vivo y quién manda aquí—con nuestra pala en la mano. Viendo cómo unos salen indemnes, otros entran, y una portavoz del CGPJ declara, en público, sin rubor, seguramente sacada de contexto y por culpa de la prensa, que “no todos los imputados son iguales” en referencia a un imputado relacionado con la Casa Real.

Ya tardaban, pero vamos a ver, con nuestra pala en la mano, cómo las mujeres que aborten y los médicos que las asistan volverán a la cárcel, doblando el drama de su decisión, doblando su exposición a la tortura pública, mientras seguimos pagando entre todos visitas –que dejan sus comisiones a quienes saben dónde doblar la rodilla y qué abogados contratar a la salida de misa—de un líder religioso que cree tanto en lo que dice sobre la otra vida que viaja en coche blindado.

Estamos viendo cómo hay colegios sin calefacción, sin medios, sin profesores preparados ni motivados, con nuestra pala en la mano. Ya han detenido a unos estudiantes de un Instituto valenciano por denunciar estas cosas. A otros se les ha castigado por hacer fotos de los alumnos ateridos con mantas y publicarlas en las redes sociales. Y quien dice educación dice sanidad, servicios sociales, ONG,…

Inermes, vemos desfilar soldados a guerras energéticas vendidas como guerras de democracia o religión –cosas que no han pegado nunca bien entre sí—y, pala en mano, nos preocupa la subida de la gasolina, mientras millares, cientos de millares de personas, mueren para que nosotros podamos derrochar luz y gas, especialmente en Navidad, claro está.
Con la pala en la mano vemos a una tertuliana enjoyada decir que “sindicatos y funcionarios defienden sus privilegios mientras los demás trabajamos (sic!!!) de sol a sol”. O a Registradores de la propiedad y personas con decenas de sueldos y cargos decir que “todos tenemos que hacer un esfuerzo”.

Pala en mano, estallamos de ira ante un penalti no pitado, ante una declaración de un entrenador, ante la injusticia de un fuera de juego, mientras miramos sin pestañear lo que ocurre todos los días aquí, a nuestro lado, a personas como nosotros. A veces a nosotros mismos.

Podría poner muchos más ejemplos. Pero de momento, sigamos viviendo en la ficción de que somos Margarete Himmler, que tanta admiración pequeñoburguesa sentía hacia las culturas ricas construidas sobre la esclavitud creyéndose ama, y no pensemos que somos, en realidad, aquellos seres humanos a los que su marido y sus camaradas y esbirros enviaban sin pestañear a la muerte. Pala en mano. Hasta que nos toque.

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Luna Nueva


Los medios de comunicación periodística –si es que estas palabras no esconden algún velado oxímoron—han dejado de ser sujetos de investigación, divulgación y análisis de lo que ocurre para convertirse en un corrillo de gente que habla de lo que otros publican. Especialmente en España cuesta ver a un así llamado profesional de la información, que no trabaje en sucesos, acudir a las fuentes, investigar datos, contrastar declaraciones… Es decir, hacer su trabajo.
Debe ser bastante más cómodo que Francino comente lo que dice El País que ha dicho Rubalcaba. O que Pedro J. decida lo que Rajoy quiso decir en una rueda de prensa sin preguntas, que viene a ser como un partido de fútbol sin balón. Luego reúnen a cinco tertulianos –que ahora que son ministrables se emplearán más a fondo—y sanseacabó.
Estas y otras razones deben estar en el fundamento de lo que ha ocurrido con la información sobre el PSOE y su XXXVIII Congreso (armado a base de congresillos), en el que se ha santificado al superviviente más recalcitrante de los dos grandes fracasos históricos del así llamado PSOE.
En este caso, toda la prensa y, en especial, la más afecta han vendido un pulso por la toma del poder interno entre dos siameses del último gobierno de la derecha vestida de ex socialdemocracia. Y lo han vendido como una carrera por el liderazgo sin tener en cuenta lo que a mí me parece que estaba ocurriendo: que todo el mundo ha estado pendiente de saber quién era el capitán de un barco embarrancado.
Es como si nada hubiera pasado. Como si Zapatero no hubiera dedicado sus últimos tres años y pico de así llamado gobierno a desmontar, hacer astillas y desintegrar cuanto de conquistas sociales, ideología y cosmovisión de izquierda quedaba en este país en el que se recorta a la ciencia para dárselo a los toros.
Zapatero/Rubalcaba (pobre Zapatero/Chacón: cuando Tomás Gómez anunció su apoyo ya debió saber que todo había terminado para ella) y su PSOE tendrían que ser conscientes de que habrán de pasar a la historia como los enterradores finales de la izquierda española. Entiéndase: como los enterradores finales y los “vaciadores” de la izquierda española.
Porque lo que han hecho estos chicos de las generaciones postfelipistas es vaciar de contenido el discurso de la defensa de lo público; vaciar de contenido la apuesta por el estado laico; vaciar de contenido los valores de la solidaridad y la equidad como fundamento de la defensa de la ciudadanía frente a la avaricia sin fin de la lógica del beneficio eterno; vaciar de contenido significa vaciar de discurso y, por lo tanto, la rendición social, cultural, comunicativa, hablada, frente a la ola de la avaricia que nos ha arrastrado en el tsunami económico en el que todavía estamos ahogándonos.
Esa vaciedad, esa ausencia de discurso, ha dejado inermes a los votantes de izquierda que no confían aún en la alternativa medioambiental y eco-social de Equo y que aún confían menos en la izquierda rancia y decimonónica que representa IU. Pero, más importante aún, deja a la izquierda como si tuviera que elaborar un “nuevo discurso”, lo que es una falacia intolerable. Lo que la izquierda debe tener son los arrestos para defender su discurso de toda la vida: equidad, respeto por el planeta y quienes lo habitan, solidaridad y justicia en igualdad. Es decir: tener los arrestos para ejercer el poder desde la izquierda, no convirtiéndose en la cara compasiva del capitalismo, en palabras del gabinete de G.W. Bush. Porque enfrente hay un PP que sabe ejercer el poder. Que ocupa los medios de comunicación, que deroga leyes de conquista social e igualdad, que coloca estratégicamente a sus cuadros en todas las esferas de influencia, que es capaz de desmontar en un mes lo que se ha construido en treinta años, que desvirtúa la historia, que estrangula a los que menos tienen, cuyo único objetivo es perpetuarse en un poder, precisamente, que considera naturalmente suyo.
Que el PSOE y la prensa no analicen quién es quién y dónde está cada cual es un problema añadido. Que se hable de que no hay ideologías sino técnicas en la solución a la crisis, que se subvierta la democracia y su memoria, que se acabe con los derechos más esenciales en nombre del beceuro de oro y que todo eso se transmita una y otra vez de manera acrítica en los medios hasta convertirse en la verdad de la desaparición de la izquierda es nuestro problema ahora mismo. No la elección de líderes, ni la reconstrucción de un aparato interno. Gato negro o gato blanco… ¿quién defenderá a los ratones?

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