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Madrid no es Lavapiés.


Cuando se piensan políticas de movilidad y ambientales (aspectos  que en la época en la que estamos y para lo que viene son inseparables) para Madrid se corre el riesgo de ser y pensar como un madrileño. Y pensar como un madrileño es terrible porque para un Madrileño no existe nada más que Madrid. Para ser exactos, el centro de Madrid.

Londres, París y otras capitales entendieron que el desplazamiento de la vivienda respecto de los centros laborales y financieros requería de una red de transporte público rápida, eficaz y disuasoria. Vivir en el centro de París o de Londres, fuera de los barrios degradados que tienen repuntes cíclicos, los precios y las condiciones de calidad de vida para, por ejemplo, niños y ancianos, hacen casi imposible que se pueda vivir y trabajar en el centro si no se pertenece al cuerpo de funcionarios, si no se tiene acceso a un alquiler de renta antigua o si no se ha heredado la vivienda familiar –en condiciones de pagar comunidades y contribuciones que no suelen ser baratas.

Vivir en Madrid es algo raro. Especialmente en el centro histórico y de negocio. Edificios enteros vacíos, inmuebles dedicados a la hostelería en todos los grados de capital, comercios grandes y pequeños, oferta hostelera  y –cada vez menos—sucursales bancarias ocupan un enorme porcentaje del Madrid comprendido dentro del límite de la M-30. Aunque hay habitantes y barrios jóvenes –habitualmente a precios prohibitivos–, lo normal es que las periferias-dormitorio y las localidades que cada vez se acercan más a Madrid sean las que acogen las viviendas de los madrileños.  Es más, se da la circunstancia de que quienes viven fuera trabajan dentro y muchos de los que viven dentro trabajan fuera.

Otras empresas y personas decidieron irse a la periferia por muchas razones. Las empresas, por la cercanía al aeropuerto, a las estaciones de AVE y a las conexiones por carretera “que no tocan Madrid”. Pero también por el precio del metro cuadrado en polígonos y edificios separados del centro de Madrid a veces por menos de seis o siete kilómetros.

Las personas se fueron porque podían optar a mejores viviendas, a más metros cuadrados y a espacios seguros y servicios asequibles para niños, ancianos y su propio ocio. Efectivamente, uno de los pecados capitales de la economía y de la mentalidad española es que pagar un alquiler en el centro de Madrid (entre Lavapiés y Bilbao, por ejemplo) por una vivienda de 70 metros cuadrados no solo representa casi la misma cantidad que se pagaría por la vivienda en propiedad, sino que es múltiplo en un factor de hasta 5 de lo que cuesta un chalet de 200 metros cuadrados con jardín a unos 35 kilómetros de la capital.

Estos y otros factores (por ejemplo factores relacionados con el ocio: locales para artes escénicas, cines, bares y restaurantes de alta gama, museos, galerías de arte, etc.) provocan que el tráfico y el medioambiente madrileño sea víctima del hecho de que la gente entra y sale constantemente de Madrid. Con ello las entradas y salidas se colapsan, los tiempos dedicados al desplazamiento suben en detrimento de la productividad, aumenta el riesgo de accidentes y empobrece la calidad del aire.

Algunas de las medidas más celebradas para paliar las consecuencias de estas locuras sistémicas son el estacionamiento regulado (o SER), los límites de velocidad en las vías de circunvalación y la penalización por entrar en la ciudad a los vehículos más contaminantes (por cierto, recordemos que fueron las autoridades públicas, siempre cómplic… digo… cercanas al criterio de las empresas automovilísticas, las que nos hicieron comprar coches diésel y ahora nos castigan por tenerlos).

Hace poco se declaró la intención, por parte del Ayuntamiento de Madrid, de ampliar el SER, el pagar por aparcar, vaya, a todas las horas del día y todos los días de la semana. Lo cual sería estupendo si viviéramos en Londres o si todos los madrileños y todas las madrileñas viviésemos en Lavapiés, o en Bilbao, o en Sol o, incluso, en el Paseo de Extremadura. Si fuera lo segundo, tendríamos a tiro de sano paseo prácticamente todos los oficios y servicios. En todo caso, dispondríamos de una estupenda red de autobuses, metros, taxis, etc. Que garantizaría nuestra proximidad temporal a nuestros destinos.

Si fuera en Londres, tendríamos una estupenda red de trenes metropolitanos, de Metro y autobuses que, desde el siglo XIX han ido en crecimiento paralelo (y a veces anticipado, cosas de los guiris que van y planifican) de la ciudad. Además, el alcalde y los ediles de distrito saben que Londres no es solo el Pall Mall. Saben que londinenses, por desplazamiento familiar, trabajo u ocio, son todos los que viven en el radio que comprenden las líneas de cercanías que permiten acceder a la City en menos de dos horas. El transporte público londinense es bastante caro, pero tiene algunas ventajas sobre el madrileño: los que trabajan por allí cobran bastante más, por lo que el precio del transporte les es oneroso pero no tanto; el alcance del transporte público es ubicuo, y los tiempos laborales, vitales y hasta de horario de luz están adaptados para una vida laboral hasta cierto punto ordenada, racional y sostenible.

En Madrid tenemos otro criterio, al parecer, porque consideramos que los que vienen de fuera no son realmente madrileños, ya que no viven en Lavapiés o, como mucho, en Moratalaz. No importa que en Madrid vivan los abuelos o los padres. No importa que en Madrid estén los lugares de trabajo. No importa que los cines, los teatros, los restaurantes, los museos y las salas de concierto estén aquí, en Madrid. Vamos a hacer una cosa: que no vengan. Que vayan a los centros comerciales de la periferia. Que en Madrid solo vayan a los lugares de interés o de trabajo los guiris y los madrileños de verdad.

Porque aunque la periferia Este-Sur-Oeste tiene una excelente red de transporte público, esa red cierra a las once si son autobuses y a la una si es metro. Si es tren de cercanías nadie lo sabe, pero acaba pronto. Si son autobuses periféricos… bueno, es casi más barato compartir un helicóptero. Si vives en el eje de la A-1 a lo mejor tienes un autobús cada seis horas. Ninguno más allá de las once de la noche. Y el billete puede costar entre  3,80€ y 5€. Claro que la gente de la sierra pobre, de la Sierra Norte, es poca. Hay poco votante. Y son rarillos.

Nada hablemos de las personas que por motivos laborales o académicos se trasladan a Madrid, a diario, desde Toledo, Guadalajara, Segovia e incluso Ávila o Cuenca. Si quieren cine, que se compren un DVD. Si quieren música, un loro. Y si quieren un teatro, que lo monten en su Casa de la Cultura.

Sé perfectamente que muchos de estos factores no son competencia del Ayuntamiento de Madrid. Pero no son factores que se puedan despejar por las buenas de la planificación y la gestión: al contrario, son factores que hay que tener muy en cuenta y que pueden condicionar el futuro de la ciudad en todos los  aspectos. Hay que tener mucho cuidado a la hora de prohibir entrar o aparcar a las personas que no tienen transporte público acompasado con sus necesidades laborales, vitales ni de ocio. Hay que tener mucho cuidado a la hora de cerrar una ciudad creyendo que la ciudad solo la habitan, la sostienen y la viven los que viven en su centro.

Ya comprendo que para un madrileño es difícil pensar, no ya que existe gente más allá de la M-30, sino que haya vida (inteligente o no) más allá de Las Rozas. Pero creo que la gestión política debe ser equitativa, debe planificar, debe tratar con igualdad a toda la ciudadanía.

Pero por encima de todo, la gestión política de una ciudad como Madrid tiene que ser consciente de que hay madrileños que duermen en Segovia. Y que Madrid no es Lavapiés.

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