Archivos para 28 julio 2011

Lo Verde empieza en los Pirineos


A menudo se ve a la ecología y al ecologismo como un incordio. Desde los años 70, en el mundo en general se advertía de que nuestro papel como parásitos externos al medio del que nos alimentamos y no como animales adaptados a los recursos de dicho medio nos llevaba a una catástrofe de consecuencias más devastadoras, imprevisibles y apocalípticas que la propia carrera armamentística nuclear. A quienes sostenían esta opinión, se les presentaba en España como el rescoldo de la cultura hippy, que pretendía volver a las cavernas y apartarnos de nuestras queridas y recién estrenadas hamburgueserías, de nuestros nuevos y rutilantes hipermercados, de nuestros –por fin, coches europeos de marcas antes desconocidas…

No importaba nada que los informes que avalaban estas opiniones procediesen de cátedras y departamentos de las mejores universidades del mundo. Tampoco que quienes hacían estas advertencias no fueran –o no se destacaran por ser—drogadictos, melenudos o gentes de mal vivir, sino investigadores e investigadoras reputadas y que ya empezaban a construir y verificar hipótesis muy pesimistas si nuestro grado de consumo de materias primas y elaboradas seguía sin freno alguno.

Esa imagen quedó abolida en la Europa esa que veíamos con ojos de Alfredo Landa, mientras en Europa, mucho más acostumbrada a escuchar a personas procedentes de la ciencia y el pensamiento, empezaron a darse cuenta de que aquello era más serio que la espiritualidad de Pangea y el proteccionismo de especies animales y vegetales. En España, mientras tanto, acabamos hartas y hartos de que todos los documentales sobre animalillos o plantas terminasen diciendo que ésta o aquélla especie estaban en peligro de extinción. Nos enervaba que ninguna historia contada en los documentales tuviera un futuro feliz. Apagábamos la tele o los oídos y a otra cosa. Como con el hambre en el mundo: como no podemos hacer nada, ¿para qué me dan la barrila?

Después, con las reconversiones de los 80 (hechas por ese obediente PSOE que aún se está limpiando la ropa interior después de aflojar el esfínter el 23-F), los ecologistas incordiaban la creación de puestos de trabajo impidiendo explotaciones mineras a cielo abierto –mucho más baratas—o haciendo que una autovía o una línea férrea tuviera veinte kilómetros más de recorrido para permitir que el jabalí, el oso, o cualquier bicho menos importante que el ser humano, tuviera una última oportunidad de sobrevivir en un medio restringido, escaso, agonizante.

Ocurrió Chernóbil. En Europa, los últimos reductos de personas que consideraban el “no, gracias” como una cantinela repelente y obsoleta, supieron que era probable más de la mitad de la población centroeuropea estuviese condenada a morir de cáncer durante al menos un par de generaciones. La maldita nube hizo visible, no sólo el peligro nuclear, sino que hizo de las y los políticos verdes personas a quienes había que escuchar. Sus advertencias ya no eran hipótesis indemostrables, ni se manifestaban desde un estúpido y obsoleto inmovilismo. Afortunadamente para las y los habitantes de España (excepto en parte de Catalunya y Baleares), desgraciadamente para nuestra conciencia ecologista, la nube se detuvo en los Pirineos. Y con ella la comprensión y la conciencia de que había que, al menos, escuchar a esos bichos raros e incordiantes que nos amargaban los documentales, las reconversiones y hasta las vacaciones en lugares remotos donde aún se podían tirar basuras sin que nadie te dijera nada.

Ahora estamos en que lo ecológico es un barniz. La guinda de un programa electoral, de un discurso neoliberal (que, por definición es depredador, carroñero, parasitario, vírico), de cualquier acción u obra pública,… o el obstáculo a una urbanización, a un centro de recreo para depredadores, a un aeropuerto donde sólo aterrizan las caspas del bigotillo fino y las gafas de sol pinochetianas. La ecología, como la astrofísica a largo plazo –que viene a ser lo mismo—en España es una mezcla de chica guapa y aguafiestas (cámbiese el género cuando proceda).

Por eso no se entiende, ni desde las derechas cavernícolas ni desde las izquierdas decimonónicas, que eQuo exista ni deba existir. No se entiende que la gente que busca una manera nueva, creativa y sostenible de acomodarnos a lo que tenemos, de vivir con equidad, templanza y solidaridad, venga a eQuo –o piense votar a eQuo—sin pedir primero el carné de si eQuo es de izquierda o de derecha, si somos chicha o limoná. Desde nuestros parientes más cercanos no sólo somos un incordio, sino que hemos venido a dividir a la familia (que, como todo el mundo sabe, estaba muy bien avenida antes de nuestra llegada). Desde las alturas de los partidos mayoritarios se nos ve como una garrapatilla que algo podrá rascar, pero a ignorar mediática y políticamente.

Lo bueno es que, desde dentro, ese incordio, esas personas que queremos tener un futuro a la medida del ser vivo, nos vemos fuertes y nuevos. Puede que todavía no tengamos un índice de notoriedad muy alto. Pero tenemos un arma política muy potente: somos lo que parecemos. Y creemos que es posible cambiar el juego. Todas, todos, estáis invitados.

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Umberto Eco y la Sociedad del Trabajo


En este mundo de asnos (y asnas) que nos ha tocado vivir o malvivir saltan noticias que, en apariencia triviales, son síntoma de lo grave que está nuestra sociedad enferma, como esas pequeñas décimas y ese cansancio que esconde un cáncer o una hepatitis.

Umberto Eco ha decidido “reescribir” El Nombre de la Rosa. Y es que, claro, hay muchas personas a las que les cuestan trabajo leerlo. Algunos latines, una profundo desconocimiento de una de las épocas más fascinantes y complejas de la historia occidental, una trama política superpuesta a una trama detectivesca, referencias a libros y autores olvidados o irrelevantes… todo ello hace de esa novela algo más que una novela. Es un tratado también de semiología –a pesar de Eco, que hubiera preferido que fuese un tratado de semiótica—y un libro que abre a preguntas y problemas que son lo suficientemente actuales como para causar un repentino y nada pasajero de ponerse a pensar. Actividad que en nuestros tiempos no deja de ser un problema.

Ya me había quedado perplejo cuando ví que mi hijo, en la ESO (nombre adecuado, puesto que nadie sabe lo que “eso” es respecto de la educación de nuestros hijos e hijas) no se ha enfrentado al Poema de Mío Cid, ni al Lazarillo de Tormes, ni a otras obras fundamentales, sino a unas “adaptaciones” ridículas, ilustradas y brevísimas. No se engañen: esto no es solo una manera de “facilitar” el trabajo de las y los alumnos de nuestros Institutos, que ya estudian en libros de texto que son el resumen del esquema de los subrayados que hacíamos en nuestros libros de texto allá por los 60 y 70. No. Lo que facilitan es el trabajo de los y las docentes, que no se tienen que molestar en preparar una clase que ponga en contexto la figura de Rodrigo Díaz; que sepan orientar y guiar la lectura del castellano arcaico; que ayuden a analizar la sociedad del Lazarillo y situarla en ese Imperio que muchos aún añoran y cuyos coletazos inquisitoriales y negros aún nos corre por las venas del exabrupto político y la sumisión religiosa. Demasiado trabajo.

También ocurre con la vida de pareja. Lo que da trabajo es mantener la vida en pareja, estar con las hijas y los hijos cuando ven la tele o cuando juegan, acompañar a la otra persona para que su vida sea suya pero formando equipo. Después del “Y comieron perdices” nadie sabe lo duro que es compatibilizarlas con el pescado, la pasta o el Special K, profundizar en el compromiso de convivencia en las malas, en las manías, en las discusiones, en el sexo diferido o inmediato, aguantar el cuesco del príncipe o el olor del aliento de la Cenincienta. Demasiado trabajo.

Y con la política: ese afán por dar –y demandar, ojo– píldoras y no mensajes que ayuden a tener criterio, a sumar dos y dos, a analizar la realidad con espíritu crítico. Ese montar mensajes monolíticos, al dictado de los redactores de idearios, argumentarios y consignas. Ese llenarnos de basura los contenidos de los medios sin probar alternativas educativas, análisis y opiniones fundados por personas que saben (y no por “expertos”). Demasiado trabajo.

Porque ahorrar trabajo y “facilitar” es lo más sencillo del mundo. Me despido con dos ejemplos. Primero: La Ilíada. “Uno que es como el Cristiano Ronaldo de los Griegos que se enfada con su jefe porque le ha levantado una churri y no quiere pelear. El jefe además les ha liao para rescatar a otra churri que le ha levantao un troyano que debe ser muy guapo. Luego el Cristiano pelea, porque como el tipo es bi, le matan al medio novio, mata al hermano del que se trincó a la rubia y luego ese mismo (el Álex) le pega un flechazo en el talón y se muere”.

Segundo ejemplo: Volverán las  Oscuras Golondrinas, de Bécquer. “En cuanto los pájaros te aniden en el adosao, lávate, que vengo. Que te ví arrear un viaje en los meaderos que vas a necesitar otro colchón. Que no veas cómo me pone a mí la primavera”.

Y ya está. Luego, todos a rebuznar.

Stat asinino pristino nomine, nomina nuda tenemus.

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Gila y la así llamada izquierda española.


El otro día, con un amigo que es un gran analista electoral, comentábamos que lo de Zapatero empezó en el mundo de Disney, siguió por Harold Lloyd y terminó por derroteros de Gila.
Recordábamos que fue a Catalunya y les dijo que fueran haciendo un Estatut, que el Constitucional lo aprobaría sin problemas. Esto no causó el asombro suficiente. Yo me lo imaginaba, cuando el Constitucional puso aquellos reparos conocidos, llamando al Tribunal: “¿Está el Constitucional?… ¡Que se ponga!… Estos me van a oír”. Y en ese plan. Ahora ha tenido una de esas salidas tan suyas: “Hola, ¿es Alemania?… Que se ponga Angelita. No, señor, Angelita Merkel, la que manda… Sí, espero… Hola Angelita:oye, ¿qué es eso de la deuda de Grecia, que nos vamos a quedar con el Partenón? ¿Ah, no?… etc.”
El gobierno socialista, que empezó retirando las tropas de la absurda guerra de Irak; el que hizo bandera de la igualdad de derechos entre géneros; que la hizo también de los derechos del colectivo LGTB; el que decidió repartir beneficios en nombre del estado del bienestar… con la marea económica se convirtió en un Harold Lloyd que no paraba de dispararse en el pie, entre medidas rectificadas al día siguiente, entre declaraciones inoportunas, primarias mal construidas y mal gestionadas… hasta llegar al culmen de retirar la única medida sensata, que funcionaba y que ya no estaba ni siquiera en la agenda de los doberman más furibundos: la limitación de los 110 por hora.

“¿Está el de las pegatinas? Que se ponga…”

Y mientras tanto, nos acercamos a un otoño electoral en la trinchera de los mercados. Me pregunto si habrá balas para todos o nos darán las que tienen y ya nos las repartiremos nosotros. ¡Qué grande Gila! El original, claro…

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